Mariela Arrazola Bonilla
No hay manera de entender la cultura en México sin tener al PRI de por medio. Desde sus comienzos la ha utilizado como estandarte, como vía para darse prestigio social y, por supuesto, como aparato de control de la subjetividad del mexicano.
Pienso, por ejemplo, en José Vasconcelos y su idea romántica de que la cultura hace mejores seres humanos. Afirmación que hace obligatorio subsidiarla desde lo público. Luego recuerdo el muralismo mexicano, también impulsado por Vasconcelos con el objetivo de dar al mexicano una nueva identidad. La imagen mural como vía para transmitir la historia oficial de la revolución mexicana. En épocas más recientes está la confabulación con la CIA para traer a México, a través de la compañía Esso, el abstraccionismo americano y emprender la guerra contra el realismo social soviético y de paso el socialismo. El arte sin contenido. Y ya en estos últimos años observamos un eurocentrismo exacerbado a través de exposiciones de réplicas de Miguel Ángel y Da Vinci. El otorgamiento de fondos públicos a galerías de arte privadas para llenar con algo el Pabellón de Venecia, con algo que no comprometa, que deje ver el México de hoy.
No podía faltar, por supuesto, que en este regreso del PRI al poder se promulgue una ley de cultura.
Al respecto, lo primero que tenemos que entender es que más que regular el acceso a la cultura, esta ley sirve para dar un marco operativo a la recién creada Secretaría de Cultura; de ahí su alcance. No obstante, la ley se anunció con bombo y platillo, como algo necesario para encaminar al país.
De entrada cabe decir que para la redacción de la ley se llevaron audiencias públicas; yo fui invitada a una de ellas con menos de 24 horas de antelación y, por ejemplo, no se me invitó para dar una opinión, sino para ser testigo de un debate entre personas que la menos en Puebla no son actores del medio cultural. Había, sí, expertos de derecho cultural mexicano quienes hicieron las mejores aportaciones y quienes observaron que el verdadero problema en México es que no hay leyes para proteger el patrimonio cultural. El resto eran gestores culturales independientes (a la única universidad a la que se dio voz fue a la pública), quienes por cierto no son conocidos expertos ni académicos en materia de políticas culturales.
Así, lejos de promover la participación ciudadana, del sector académico y del sector cultural privado en la redacción de la ley, los legisladores que organizaron el show nos dejaron fuera a la mayoría.
Destaca de esta ley la propuesta de dar vales de cultura a los sectores con menos acceso, otra prueba de la tendencia asistencialista de la mayoría del Congreso. Lo más cómico es ver cómo un gobierno que tiende a privatizar sectores, sigue queriendo acaparar para él mismo el sector cultural.
El aspecto más aberrante de dicha ley es, por supuesto, hacer constitucional el carácter de que el gobierno sea juez y parte, pues pretende establecer una reunión anual de burócratas culturales que se autoevalúen para decirnos, ¡evidentemente!, que están haciendo bien trabajo y ejerciendo bien nuestros impuestos.
En verdad que ya no estamos para estos “representantes”. Lo que queremos son reformas sustanciales. Así como la de la senadora demócrata estadunidense Nydia Velázquez, que acaba de proponer revitalizar las artes y la cultura en Estados Unidos condonando impuestos y deuda a los trabajadores del sector cultural, uno de los más profesionalizados y peor pagados. Pedir esto en México, es demasiado.
@MarielaArrazola









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