Jesús Bonilla Fernández
Roger Caillois nació el 3 de marzo de 1913 y murió en París en 1978. Estudió letras en la Escuela Normal Superior y en la Escuela Práctica de Altos Estudios cursó lingüística e historia de las religiones.
Viajero empedernido —físico y metafísico—, sus viajes lo llevaron de Islandia a Laponia y Capadoce, hasta la Patagonia, Tierra del Fuego y la cordillera de los Andes.
En los primeros años de la década de los treinta del siglo XX participó en el movimiento surrealista y en 1938 creó la Escuela de Sociología, junto con Georges Bataille (1897-1962), otro personaje de la cultura vigesímica francesa la mar de versátil. Mario Vargas Llosa menciona, respecto a la teoría económica de éste: “Brillante, osada, la teoría del excedente convence más en sus demostraciones particulares que en su tesis central. Sistema eficaz para leer ciertos hechos históricos o determinados comportamientos individuales (los sacrificios humanos, el erotismo), inspira cierto desasosiego cuando quiere develar el secreto, ser la clave de la existencia universal.”
Roger Caillois ha comprendido y expresado a su manera, en su propia versatilidad, exudándola, por decirlo así, el juego de lo lúdico en la construcción y conservación de las sociedades históricas y las que se desenvuelven en nuestro tiempo, como lo hicieron en el mismo siglo pasado Johan Huitzinga (1870-1945) en su Homo ludens y Jean Duvignaud en Espectáculo y sociedad, así como Bruno Bettelheim (1903-1990) y muchos otros intelectuales.
Las piedras se perpetúan en su propia memoria y el hombre envidia su duración y su dureza, su intransigencia y resplandor, su llanura e impenetrabilidad, su serenidad y pureza. Son ésos los motivos por los que Roger Caillois escribe de las piedras desnudas, las que incluso no se prestan para la escritura de una estela, las piedras “donde se disimula y al mismo tiempo se confía un misterio más lento, más vasto y más grave que el destino de una especie planetaria”.
Sin embargo, su fuerza impele a rememorar la fascinación de estas estelas, expuestas por Victor Segalen (1878-1919), otro viajero compulsivo galo, descubridor e inventor de exotismos. No persiste la duda, al menos inteligible, entre la “cursiva de hierba” y esa estela de Segalen dirigida al centro, es decir a la tierra, como se expresan los decretos de “otro imperio, muy singular”, que se aceptan o rechazan, sin comprobar nunca el texto veraz:
“Bajo mis dedos, que acarician la piedra amante, fiel al Mediodía, conservo el sentido de la luz.”
Tampoco existe mayor diferencia entre la “piedra fugitiva” que se conservaba en la pritánea (edificio público en la Grecia, en donde también se realizaban ejercicios religiosos) de lo que ahora “conocemos” como Frigia, la cual sirvió como ancla a los argonautas y escapaba tan seguido que tuvieron que sellarla con plomo, y aquellas que suscitaban (¿suscitan?) admiración entre los chinos, que “conservan el paso sobre la paciencia de la historia y las revoluciones de la política”.
El mundo hispano está presente en la obra de Roger Caillois y viceversa. Es célebre su presencia entre los creadores cercanos a Silvina Ocampo y la revista Sur, pues en Argentina fundó el Instituto Francés de Buenos Aires, además de traducir a Gabriela Mistral (Poems), Pablo Neruda (Hauteurs de Macchu Picchu), Jorge Luis Borges (L’auteur et autres textes) y de Octavio Paz (Mise au net) al francés. En su antología sobre el cuento de misterio, incluye dos relatos de Juan Rulfo.
Su prolífica obra conoce pocas traducciones al español. El Fondo de Cultura Económica tiene en su catálogo Los juegos y los hombres, El hombre y lo sagrado, El mito del hombre y La cuesta de la guerra. En España Seix Barral publicó hace casi medio siglo Instinto y sociedad y en Argentina Sudamericana puso a la venta Poncio Pilatos: el dilema del poder.
José de la Colina escribió alguna vez sobre la emoción del autor francés por sus traducciones de Pierres en la Plural de Octavio Paz. Lo menciono no en demérito de la versión de Daniel Gutiérrez Martínez (Piedras, Nueva Imagen, México, 2001), que incluye fragmentos de La escritura de las piedras y la parte llamada “Minerales”, de Casillas de un ajedrez), sino porque no pasa desapercibida la descuidada edición, valga la redundancia, de los editores, la cual viene a empobrecer la de por sí pobre presencia de traducciones respetables por parte de los empresarios mexicanos del rubro.
Pero ésa es harina de otro costal, así que como lectores debemos insistir en la lectura de Roger Caillois, sugerente como espuma.
Las piedras contienen su física, pero como objetos también desprenden moral; si no tienen independencia, poseen sensibilidad, aunque para conmoverlas sea necesario el espasmo del volcán, la violencia de los movimientos tectónicos o el vértigo del tiempo.
“Los siglos han pasado. Los descendientes lejanos de los desprovistos constructores disponen de un poder cuasi ilimitado; pueden leer en las piedras que su ciencia desconcertada designa con un término griego, el primer testimonio de una ambición oscura, la de ellos, tan desmedida, tan mal desbastada y tan solitaria como ellas.”
En esa dimensión, reelaborada por Roger Caillois, debemos comprender el desconsuelo de Mi Fou —quien descuidara por completo la administración de la provincia de Genchouei por contemplar todo el día y acariciar sus piedras— cuando el censor Yang Ts’en Kong hurtó su piedra “celeste por su dibujo, divina por su cinceladura”.
—¿Se puede no amar una piedra como ésta? —justifica Mi Fou su descuidado gobierno.
—¡Usted no es el único, señor, en sentir tal amor por ella, yo también la amo! —respondió Yang, mientras arrebataba la singular piedra.
ALCOHOLES
La vida es un viaje, no un destino. Emerson
Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos del hombre: el derecho al desorden y el derecho a marcharse. Baudelaire









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