Ana Finel Honigman
La escritora Susan Sontag (1933-2004) definió la depresión como “una melancolía carente de sus encantos”. Estos encantos son obvios en la imagen que de la melancolía personificada en una hermosa e introspectiva joven nos presenta Constance Marie Charpentier (1767-1849). Se sabe muy poco de la vida de Charpentier, salvo que era discípula del neoclásico François Gérard y del gran pintor político Jacques-Louis David. La artista ganó la medalla de oro del Salón de París, en el que expuso entre 1795 y 1819. No se tiene constancia de que sufriera melancolía, pero sus cuadros siguen presentes en el imaginario del espectador como la representación que de la enfermedad hacía la época. El vestido y el perfil de la mujer son romanos, y reflejan la formación de Charpentier en el neoclasicismo y la noción romántica de que la melancolía era una emoción noble, artística y filosófica. A pesar de ello, la espalda encorvada, la flacidez de las manos y la expresión de la modelo evidencian los síntomas físicos de la depresión. Los críticos de su época (y buena parte de los actuales) demostraron un gran interés por definir a la artista en función de su sexo, dado que su elección de géneros solía decantarse por temas tradicionalmente femeninos, como escenas rurales y retratos de mujeres y niños. Sin embargo, encasillar la obra de Charpentier sólo en función del sexo de la pintora demuestra un conocimiento limitado de su producción, pues trabajó el género del retrato y realizó obras impresionantes de una gran originalidad, como la que plasma el rostro plagado de cicatrices del revolucionario Georges Danton.
1801|Óleo sobre lienzo|130 x 165 cms|Musée de Picardie, Amiens









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