Agustín Aldama
Durante los años cincuenta, los aparatos de televisión eran pocos y no contaban con los recursos que el cine brindaba. Aún no significaban la gran distracción de los mexicanos, sino que lo comenzaron a ser hasta fines de esa década y principios de los años sesenta.
El esplendor de las salas cinematográficas se encontraba en pleno apogeo. Por eso se construían como verdaderos palacios para atraer la atención del público. A mi hermano mayor y a mí, nuestros padres, nos llevaban desde muy pequeños. Tal vez tendríamos cuatro o cinco años cuando comenzamos a ir al cine. Desde entonces, y hasta la fecha, la emoción de conocer otras latitudes, otras culturas e incluso otras dimensiones, me ha cautivado. Sería difícil determinar en qué medida el cine me ha influido en la forma de percibir la realidad, pues ha sido y será siempre un referente en mi vida.
Creo que en aquellos días infantiles, la capacidad de asombro era mayor que en la actualidad. Por ejemplo, el hecho de enfrentar al enorme King Kong en la gran pantalla y, desde luego sin saber nada de trucos cinematográficos, significaba un verdadero terror que nos hacía gritar; porque no distinguíamos fácilmente la fantasía de la realidad.
Además, la vida de los niños era sencilla, pero muy activa. A nuestra edad el juego era muy importante, por eso durante los intermedios, en las salas de cine, jugábamos y corríamos por los pasillos hasta que nuestro padres o los guardias nos lo impedían.
No es mi intención hacer una reseña de la historia del cine en la Ciudad de México, sólo me interesa hablar de los que yo conocí y frecuenté durante esa década. Especialmente los de mi barrio y de mi entorno, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, pues en los años subsecuentes, las salas y las películas han ido cambiando según se van modificando los intereses y las circunstancias.
De entre los que recuerdo de esa época, por su elegancia, son el Real Cinema, el Variedades, el Ópera con escaleras y esculturas de mármol, candiles, grandes cuadros y espejos. El cine Metropolitan, ejemplo de ellos, afortunadamente aún se conserva como ejmplo de cómo fueron muchos más.
Los había especiales por sus características, como el Alameda y el Colonial que, a los lados de la pantalla, simulaban pueblos. Al oscurecer la sala, se apreciaban las luces en las ventanas de las casas con sus faroles y, en el techo, cielos estrellados. Yo me imaginaba que estaba en Penjamillo, Michoacán, el pueblo donde nació mi madre y al que nos enviaban durante las vacaciones de la escuela. Las casitas que simulaban en el cine eran muy parecidas a las de Penjamillo: sencillas, de un solo piso, techadas con tejas y, muy en especial, en las noches, con tan poca luz que se perdían entre enormes corrales, huertas, zonas arboladas y, por encima de ellas, el firmamento enorme plagado de estrellas como el techo del cine. En el Palacio Chino se simulaban pagodas y dragones, y una serie de pasillos con un misterio oriental que me producía cierta desconfianza, como si algún hombre de ojos rasgados se escondiera entre los recovecos.
No debemos olvidar los que, por su programación y tamaño, resultaron muy importantes como el Roble, con enormes esculturas que flanqueaban la pantalla. El cine Chapultepec tenía acabados Art decó. También fueron famosos el cine Teresa, el París, el Paseo, el Arcadia, el Orfeón, el Olimpia. En fin, muchísimos más, todos con características, ambientes y programación únicos que los diferenciaban.
Dada la competencia que existía entre los propietarios de las salas cinematográficas, en los diferentes barrios, y con el objeto de llamar la atención del público, se lucían con originales construcciones y procuraban dar el mayor confort en el interior de sus salas.
Habrá que recordar que en los cines había permanencia voluntaria. En muchos de ellos, entre función y función o a mitad de la película, más o menos en un momento de gran interés, se encendían las luces y comenzaba el rumor de desaprobación del público; pero al mismo tiempo se aprovechaba para ir rápidamente a los sanitarios y a la dulcería. Además, entraban los vendedores ofreciendo, con una cantaleta especial, papas, muéganos, gaznates, tortas y refrescos. Inclusive se encontraban a la venta cigarros –en esa época estaba permitido fumar en cualquier lugar, dentro de la sala o fuera de ella.
Los viernes significaban todo un evento para mi hermano y para mí. Era el día en que nuestros padres nos llevaban al cine. Como a mi mamá no le gustaba la producción de cine mexicano de entonces, que era casi de puras rumberas, con frecuencia asistíamos, en la calle de Luis Moya, al cine Pathe, ya que su programación incluía tres maravillosas películas extranjeras.
Ahora me sorprendo al darme cuenta de los nombres de los protagonistas, famosos actores de moda que entonces no me importaban para nada. Se trataba ni más ni menos que de Elizabeth Thaylor, en Lassie; Stewart Granger en Scaramouche; Charlton Heston y Eleonor Parker en The Naked Jungle ó Marabunta; Richard Burton, Victor Mature y Jean Simmons en The Robe o El Manto Sagrado; o Judy Garland en El Mago de Oz.
A la salida, ya de noche, nos llevaban a cenar deliciosos tacos al pastor a la vuelta del cine, en la calle de Ayuntamiento, a un lado de la XEW. La mayoría de las veces me recuerdo semidormido, cargado por mi papá, balanceando mis piernas al ritmo de sus pasos y con mi cabeza descansando sobre su hombro.
Los domingos por la mañana se daban funciones de cine a las que se les llamaba matiné, con programación especial para niños. Esos días íbamos con nuestro primo Jaime, siete años mayor y, en ocasiones, con mi prima Anís, cinco años más grande. La condición para poder ir era que debíamos desayunar y asistir a misa de 8 en el templo de Nuestra Señora de Loreto. No podíamos exponernos a cometer un pecado mortal. Lo hacíamos casi siempre corriendo, pues la misa terminaba a las 8.30 y los cines Nacional, Atlas, Colonial y otros en los que se daban esas funciones, estaban lejos y la entrada era a las 9 de la mañana.
Varias veces, al llegar, había cola, se habían agotado las localidades o era demasiado tarde. Pero valía la pena, ahí disfrutamos de cintas como El Monstruo de la Laguna Negra, con Julie Adams; Drácula, con Béla Lugosi; Robin Hood, con Errol Flynn y Olivia de Havilland; o algunas mexicanas como la saga de la Momia Azteca, con Rosita Arenas y Abel Salazar.
Existían dos salas en las que se proyectaban exclusivamente caricaturas animadas: el Cineac y el Avenida, que se ubicaba precisamente en la Avenida San Juan de Letrán, actualmente Lázaro Cárdenas, casi esquina con la Avenida Juárez.
Debo dar especial atención al cine Acapulco. Era la sala cinematográfica de nuestro barrio, en el Centro Histórico. Actualmente es casi imposible ubicar el lugar donde estaba debido al caos de vendedores ambulantes que han invadido esa zona, creando un sinfín de veredas con sus puestos que invaden las calles, donde además, es posible, sufrir un atraco.
Sin embargo, gracias a un ejercicio de memoria, al despejar la actual realidad, es posible ubicarme en ese lugar que intentaba crear un ambiente parecido al famoso puerto guerrerense. El edificio se encontraba en la esquina de la calle de José Joaquín de Herrera, que cruzaba con la de Leona Vicario. Tenía una gran torre que parecía un faro con todo y su luz que giraba como para prevenir que un barco encallara. A la entrada se encontraban, sobre unos pedestales, enormes guacamayas vivas que, con sus cantos y gritos, producían gran escándalo haciendo piruetas al subir y bajar de los aros de metal. Apoyadas con sus poderosos picos y patas, tal vez enfadadas, retaban al público curioso.
Ya dentro de la sala, se intentaba que la gente continuara percibiendo el ambiente tropical. En las paredes de los lados se simulaban, en alto relieve, frondosas palmeras de las que descendían, al ritmo de los escalones, supuestas olas en diferentes azules que reventaban en blanca espuma al terminar el desnivel propio de una sala de cine. Entonces, al iniciar la función, sucedía lo increíble: se escuchaba el rumor de las olas al romper y conforme se oscurecía, iba apareciendo, de nuevo, el brillo de las estrellas en el supuesto firmamento. Para entonces nosotros ya conocíamos Acapulco. El tío Esteban y su familia nos habían invitado a conocer la playa y, por supuesto, no había ni la más mínima relación entre la decoración del cine y las playas auténticas.
Recuerdo especialmente el día en que se proyectó la película Terror en el Museo de Cera, con el actor Vincent Price. A cada persona se le entregaban unos lentes especiales de cartón, con una mica roja de un lado y del otro una azul, la razón fue que el filme se proyectó en tercera dimensión. Al inicio de la película, a la entrada del museo de cera, un vendedor de pelotas atadas a una raqueta, las aventaba hacia el público, lo que hacía que la gente gritando se echara hacia atrás. No se diga el efecto producido cuando la cera ardiente iba a caer sobre la protagonista, Carolyn Jones. La cual, atada y desnuda, estaba por recibir la cera derretida para ser convertida en un nuevo personaje para el museo.
En esa sala, en ocasiones, se presentaban en vivo los actores de moda en México. Recuerdo haber visto, muy emocionado, a Viruta y Capulina, importantes en ese tiempo para nosotros. No así a Pedro Infante que, según comentaba mi mamá, nos había llevado a conocerlo. Ella lo recordaba como a una persona muy chaparrita, pero yo, la verdad, no lo recuerdo.
Unas cuadras más adelante, hacia el norte de la ciudad, se construyó el cine Florida, con capacidad para 7,500 butacas, considerado el más grande de Latinoamérica. Se inauguró el 6 de enero de 1953, Día de los Santos Reyes. Tuvimos la oportunidad de asistir mi hermano, mi prima y yo. Había una cola enorme de niños, pues se nos regalaría una bolsa de dulces y boletos para una rifa de juguetes al terminar la función. No ganamos ningún premio, pero no importaba: a la salida continuaba siendo el día del niño y habría muchas cosas que festejar.
Ese día se estrenaba ni más ni menos que Peter Pan, de Walt Disney. Fue inolvidable. No sé en que medida esa película me marcó para siempre. La fantasía, los colores, los efectos y el tema me impactaron profundamente. Yo quería pertenecer al mundo de Wendy y de Peter, hasta quise tocarlos y estar con ellos.
Todo ese esplendor se fue perdiendo a través del tiempo debido a distintas razones y circunstancias. En primer lugar, creo yo, por la gran popularidad de la televisión. La gente comenzó a tener diversión en casa a bajo costo y la programación fue captando gran interés gracias al impulso de sus patrocinadores, utilizando para ello la mercadotecnia. Con el patrocinio de la fábrica de chocolates La Azteca, recuerdo el gran interés que causó el actor Enrique Alonso y su personaje llamado “Cachirulo”, con el famoso Teatro Fantástico. Proyectaba cuentos clásicos e inventados. Para mí, como para mucha gente, significó el inicio del interés en la televisión. Las hadas, príncipes y brujas y demás personajes se representaban de manera ingenua pero maravillosa.
La calidad del cine mexicano comenzó a disminuir, el público también. Las grandes salas cinematográficas se vieron obligados a no aumentar los precios, haciendo descuentos como el pase del dos por uno, lo que ocasionó que disminuyeran las utilidades y con ello el lujo. Las salas se fueron haciendo populares, bajó su nivel y varias decayeron al nivel del llamado “piojito”. Buen ejemplo de esta situación lo es el cine Teresa, de ser uno de los más lujosos, de popular pasó a proyectar películas para adultos y actualmente se transformó en plaza con venta de artículos electrónicos.
Durante los años ochenta fue posible llevar el cine a los hogares gracias a los formatos Beta y VHS, que abarataron la opción cinematográfica. Aunado a esto, es importante señalar otro hecho: la aparición de la modalidad de los multicinemas incrementó que las salas de antaño fueran caras e inoperantes.
Es así como ese mundo maravilloso se fue quedando atrás. Las grandes obras arquitectónicas Art decó, las enormes construcciones o elegantes palacios han sido demolidos. Ahora son bodegas, centros comerciales, estacionamientos o están abandonados.
El llamado séptimo arte es, para mí, un instrumento social y cultural que ha abarcado casi toda mi vida. Su lenguaje audiovisual crea una dinámica vertiginosa que probablemente no me permite un espacio adecuado para la reflexión como puede ser la palabra escrita. Sin embargo, al estar consciente de ello, siempre he tratado de encontrar la convergencia que puede existir entre las dos artes. Creo que no hay nada tan rico como leer un libro y contrastarlo con su versión cinematográfica. Pueden surgir interminables temas de conversación. Lo malo es que el tema de las salas, su decoración y la experiencia que suscitaba en los espectadores cada vez que uno se aproximaba a esos grandes cines, ya no entra en la discusión. Ahora las salas se han convertido en espacios cuadrados sin nada más que las hileras de butacas. El orden entró en los cines para matenernos lejos de las guacamayas que chillaban en la entrada, de las olas del mar que invitaban a cultivar sueños de distancia y de los vendedores que le daban color y calidez a las funciones.







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