Fabiola Morales Gasca
Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos. Apuleyo
Los violentos acontecimientos de las semanas anteriores en varios países latinoamericanos han llevado a todos cuestionar los gobiernos y los gobernantes que nos rigen ¿Qué está bien en ellos? ¿Qué es erróneo? Bajo el neoliberalismo aplastante que vivimos, vale la pena preguntarnos: ¿Acaso existen otras formas de organizarnos socialmente?
En la obra Filosofía social de Remy C. Kwant se señala que cuando el hombre empieza a tener uso de razón frente a la vida surgen dos modos de emprenderla: “Puede mirar a cada uno y a cada cosa a la luz de su propio interés individual y no mostrar apertura hacia los otros como personas. Pero puede también el hombre mostrar su apertura al semejante en su pensamiento-en-acción, puede tomar en cuenta el interés del otro y de esta manera hacerse a sí mismo ‘relativo’.”
Es decir, somos individualistas o sociales en el momento en que existimos en libertad.
La “ideología del individualismo” surgió históricamente como un proceso de desarrollo que se dio en Occidente. La vida económica política, religiosa y artística giró en lo individual, e incluso se hacía énfasis en ello: el individuo era ideal absoluto y norma fija. Ejemplo de este pensamiento lo podemos apreciar en el filósofo René Descartes con su Discurso del método. “Pienso, luego existo” es una manifestación clara de la ideología del individualismo. Otros pensadores, como Francis Bacon y John Locke muestran la misma actitud extendida entre los filósofos de su tiempo
Pero la concepción de lo individual llevado a la economía resulta ser la forma más peligrosa del individualismo. Puesto que todos los hombres desarrollan actividades para adaptar el mundo de acuerdo a sus necesidades, nadie escapa de la economía. Eso que llamamos “trabajo” es de carácter social porque nos permite intercambiar bienes y servicios que satisfacen nuestras necesidades. Así, todos los hombres nos necesitamos unos a los otros para procurar nuestras propias necesidades individuales.
El filósofo y economista Adam Smith sostenía que “cada uno está centrado en su propio interés; busca contactos con otros, movidos por el amor propio, y sus acciones también están determinadas por su amor propio”. Smith menciona que existe otra tendencia en el hombre, que es “el deseo de mejorar nuestra condición, un deseo que, si bien generalmente calmo y desapasionado, nos viene desde la cuna, y no lo deja hasta que bajamos a la tumba”. Cada hombre es un autoproyecto, como él lo denominó, que consiste en situarse a sí mismo como una mejora de la propia condición económica, busca acrecentar el propio capital y contiene el deseo innato de automejoramiento.
En su obra La riqueza de las naciones Smith señala como tesis central que la clave del bienestar social está en el crecimiento económico potenciado a través de la división del trabajo y la libre competencia, la cual es el medio más idóneo de la economía. El Estado no debe de intervenir en el flujo dinámico de la economía. La labor del Estado debe ser únicamente la de crear las condiciones para que se produzca de manera adecuada; su papel consiste en legislar y resolver conflictos judiciales, garantizar el orden interno y externo, proteger a los ciudadanos de agresiones y crear infraestructuras para que el intercambio comercial siga fluyendo.
El interés propio de cada individuo o “la mano invisible” que conduce al bienestar general fue interpretado y conducido de forma errónea al egoísmo. En su obra Los sentimientos morales, Smith dejó claro que en un sistema económico el interés personal no es la única motivación. El ser humano es capaz también de comprender el interés personal de su compañero y de llegar a un intercambio mutuamente beneficioso. La empatía hacia el otro y el reconocimiento de sus necesidades es la mejor forma de satisfacer las necesidades propias.
Pero el neoliberalismo, llevando al extremo las ideas de Adam Smith y practicando el laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar), ha traído como consecuencias en estos tiempos varias catástrofes, entre ellas: limitaciones en el desarrollo de la inteligencia e imaginación en los individuos, así como su alineación y condenándolos a la pobreza extrema en un contexto de desigualdad económica. En muchos países donde se ha practicado este neoliberalismo, el Estado no ha garantizado la igualdad de condiciones de los individuos, ni ha permitido un marco de competencia o ha protegido de abusos y manipulaciones de las empresas trasnacionales.
Defensores de este sistema argumentan que hay una mejor calidad de vida de todos los ciudadanos; para ellos el libre mercado favorece la aparición de economías de escala y una especialización creciente, incrementando la eficiencia y la productividad; con ello los precios bajan y los productos son accesibles para todo público. En cambio los críticos argumentan que en el neoliberalismo más extremo, se dejan de lado consideraciones sociales, se desentiende de aquellos que se encuentran en una situación desventajosa y por ende les es muy difícil progresar.
Ejemplo de esto es Chile, cuyo modelo económico fue una pauta a seguir en América Latina. Nosotros, en días pasados seguimos por las noticias y redes sociales las protestas del pueblo chileno de todas las clases sociales que salieron a las calles para manifestarse contra la desigualdad. Se escucharon los golpes de cazuelas, evidencia clara de su rechazo a la clase política y a las medidas que ha adoptado el gobierno. El llamado “milagro de Chile” se pone en el centro del debate y anuncia el fracaso del modelo económico propuesto desde la llegada del dictador Augusto Pinochet, cuando el país se convirtió en una especie de laboratorio de neoliberalismo. Polémica e innovadora en su momento, la llegada de los Chicago Boys trajo una liberación financiera que llamó a la inversión extranjera y relajó el control estatal en la economía. Tomando como pilar la privatización de los servicios de agua, luz, educación y salud, todo parecía funcionar, o al menos así señalaban las estadísticas, en donde el producto interno bruto (PIB) despegaba y era superior a la media de América Latina, pero que contrastaba con el dramático incremento en la desigualdad de ingresos y que llevó finalmente a una devastadora crisis económica en 1982. Con el retorno de la democracia en el año de 1990, el modelo neoliberal continuó y se aplicaron reformas en beneficio de la población, al menos en teoría, porque el pueblo chileno, sintiéndose en medio de una empresa privada más que en un país libre, se rebeló ante el aumento de la tarifa del metro.
Lo que los indicadores mostraban como una riqueza, no era real. Los chilenos “se sintieron ‘abandonados’ por el Estado, acusaron de ‘abusos’ del sistema y aseguran que hoy su país es tremendamente desigual”. Los ingresos salariales son pocos, los costos de salud y educación son altos; hay poca movilidad social y hay un deficiente sistema de pensiones. El estallido social muestra la gran grieta del modelo económico neoliberal.
Lo mismo aplica para los años de protestas en Haití contra el gobierno del presidente Jovenel Moïse; las protestas en Ecuador de organizaciones sindicales, colectivos indígenas, universitarios y población en general contra los ajustes económicos del gobierno de Lenín Moreno ante las medidas de ajustes económicos dadas por el FMI para otorgarle crédito. O las recientes movilizaciones de trabajadores, estudiantes y profesores, así como el anuncio de un paro nacional para el próximo 21 de noviembre contra el “paquetazo de Duque”, nombre que le pusieron a la reforma de pensiones que prepara el presidente Iván Duque Márquez.
Queda claro que nadie sale a la calle a exponer su vida por el aumento de gasolina o pasaje, existe algo más grande que está detrás de estas protestas. Hay un enorme descontento social por la explotación humana y la pérdida gradual de los derechos. Estamos ante el fracaso de la derecha, que difícilmente tiene algo nuevo que ofrecer a Latinoamérica. Con estos movimientos se muestra un modelo económico que no ha cumplido con los estándares de una sociedad justa en la mayoría de nuestros países, incluyendo a México. Precariedad e incertidumbre son el resultado de esta opresión. Hemos observado que: “En Chile y Ecuador los gobiernos han reaccionado a las protestas declarando toques de queda, sacando los militares a las calles, censurando la prensa y reprimiendo a la población.” Estos enfrentamientos recuerdan a los años oscuros de las dictaduras latinoamericanas de las décadas de los setentas y ochentas, pero a diferencia de ellos, hoy la movilización ciudadana ha sido más fuerte y gracias a los medios digitales se ha mostrado el abuso que antes se ocultaba. Frente a esta nueva realidad y al parecer, ganancia del pueblo, el siguiente paso es una transformación de raíz del modelo económico. Para asegurar que las victorias no sean temporales se requiere de unidad.
La ideología del individualismo prevaleció siglos atrás pero su fantasma nos persigue. Sólo huyendo de él podemos sobrevivir. Cada hombre en esta época debe estar consciente de su pertenencia social. Es imposible separar el bienestar personal de la sociedad en su conjunto. Por ello el Estado debe facilitar que las estructuras económicas y sociales se transformen para que el mayor número de personas gocen de los mismos beneficios. Se debe, como dice Remy C. Kwant, “vincular entre si la vida de todos y hacer posible la prosperidad solamente como prosperidad común”. El marxismo, mucho antes que otras corrientes de pensamiento occidentales, tuvo la conciencia de vincular la felicidad de la vida y el servir a otros. En Crítica de la razón dialéctica, obra del filósofo francés Jean-Paul Sartre, señala que el interés es una parte del mundo humanizado, que determina el ser social de una persona particular. “Cada parte del mundo existe para el hombre; pero lo opuesto también es cierto, pues cada uno quiere seguir siendo el mismo. Si quiere seguir siendo él mismo, debe de preservar su interés, debe hacer lo que su interés exige.” Por ejemplo, el interés del granjero exige que comience su día temprano y lo termine tarde, el interés del industrial exige que esté al tanto de nuevos métodos y técnicas en su ramo, así para cada uno de los miembros de la sociedad. La individualidad debe ser vivida en una comunidad de sentido. Pero si se arrebata el sentido de dignidad humana, si se arrancan los valores mínimos del existir humano no hay razón de ser.
El neoliberalismo y el individualismo que nos han señalado desde hace décadas, como tal es insostenible. Hacer una relectura de la filosofía social y su relación con la economía y la política no está de más en estos difíciles tiempos. El descubrimiento de la existencia común del hombre con sus semejantes nos muestra dimensiones superiores a la individual. Ecuador y Chile lo han demostrado, como en aquel poema de Benedetti, los ojos serán un conjuro contra la mala jornada para ser cómplices y en la calle codo a codo entender que “somos mucho más que dos.









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