Miraceti Jiménez
Caminó durante varias horas hasta que sus pies protestaron. Entre más quería olvidar, más recordaba. Recordaba las sombras y las voces que veía y escuchaba de niño mientras recorría las calles de su infancia en la ciudad de Puebla, atraído por sus antiguas casonas.
Abel niño salía del colegio y se dedicaba a vagar, entraba y salía con agilidad de las vecindades y edificios antiguos, algunos convertidos en oficinas públicas, hasta que un día empezó a ver sombras y poco después escuchó voces. La única que entendió su terror fue la tía Lupita.
Lupita era hermana de su madre y lo cuidaba mientras su mamá trabajaba. Su padre era ferrocarrilero y los rieles lo llamaron a otro lado, en donde encontró casa y mujer. Por eso su mamá, maestra, tenía que trabajar doble turno y la tía Tita, como la llamaban de cariño, hacía las veces de consejera y supervisora de tareas.
Tita pasaba las tardes tejiendo, y Abel algunas veces dejaba el juego para platicar con ella. La tía Lupita tenía un don, decía de sí misma, que consistía en predecir quién iría a visitarlos. También veía sombras y era una especie de maga que lo sabía todo, hasta podía adivinar los pensamientos de Abel, o al menos eso creía él.
Tú tienes misión, le decía al niño, no te dejes llevar por todo lo que te pase. Debes ser fuerte, aléjate de lo oscuro. A lo mejor ni lo reconoces, pero lo negro siempre te va a buscar.
“Linchan a presunto violador…”, recordaba.
Eso no lo entendió hasta que las sombras se le presentaron en los corredores de su escuela. Estudiaba la primaria en una casona antigua, donde los salones eran oscuros, con altos techos de bóveda y vigas de madera.
Le gustaba dibujar en clase en lugar de poner atención, por lo que el profesor un día lo mandó castigado con la directora. Abel niño estaba acostumbrado a las sombras que lo perseguían de lejos, por eso caminaba por los pasillos volteando para todos lados, pero esa mañana un sudor frío empezó a recorrer su piel; en otras ocasiones las sombras deambulaban cerca sin molestarlo, pero ese día una de ellas se acercó más de lo debido. Abel pudo verla de frente, tenía facciones nítidas, ojos sombreados y sin vida, y una gran boca que parecía hablarle y en lugar de eso emitía un apestoso olor a trapo podrido.
Así conoció el terror. Pensó en correr y las piernas no le respondieron; se quedó paralizado ante la imagen que parecía aplastarlo. De inmediato vio cómo dos espectros más grandes se interpusieron entre él y la terrible sombra, que salió huyendo cual perro al que le hubieran aventado piedras.
De inmediato regresó al salón, y así fue que mandaron llamar a su mamá por desobediente. A Tita le tocó defender al niño y a su persona, porque al entrar en el edificio tuvo que detener con un gesto de la mano al ejército de sombras que se le vino encima. Su madre quiso llevarlo a un psicólogo pero Tita no la dejó. Mira Dolores, le dijo, acuérdate de Marcial, esto lo tenemos de familia. Lo que debemos hacer es cerrarle la mente al chiquillo, porque está asustado y no sabe controlar lo que ve. Ya llegará el momento en que pueda manejarlo.
Lo llevaron con su tío Marcial, el brujo, quien lo rodeó con un círculo de fuego, mientras le sacudían un manojo de hierbas por todo el cuerpo. También le pasaron unos huevos de gallina sobre la cabeza, por el torso y hacia abajo, hasta las rodillas. El rito concluyó con un baño oloroso a hierbas, cuyos restos de hojas le quedaron enredados en el cabello durante varios días. Esa misma sensación de calor en todo el cuerpo, y el miedo a morir quemado, se hicieron presentes la tarde anterior, en Tláhuac. Por eso se mareó, por eso quiso vomitar.
Como Tita le decía: lo había encontrado.
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Reproducimos el capítulo segundo de la novela Más allá de las sombras, publicada recientemente en Puebla por El Errante editor. Será presentada el 25 de junio a las 19:00 horas en Profética, 3 Sur y 7 Poniente.









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