ESPUMA DE LOS DÍAS
Jesús Bonilla Fernández
La pregunta la hizo Denis de Rougemont al comienzo de su clásica obra El amor en Occidente: ¿queremos la pasión y la desgracia a condición de no reconocer jamás que las queremos en cuanto tales? Para él, sólo el amor mortal es novelesco; es decir, el amor amenazado y condenado por la propia vida.
En Occidente se exalta hasta el hastío la pasión de amor —el escritor ve en ello “algo así como una definición de la conciencia occidental”— sobre el amor satisfecho: el amor sin historia, el amor feliz.
Para Eugenio de Andrade, el poeta portugués, el amor es mortal, sí, pero navegable. Para otros, por ejemplo Stevenson —y habría que considerar en serio sus argumentos en Virginibus puerisque—, el amor es apenas algo menos o algo más que un accidente.
Pero no todo es amor en esta vida, las aproximaciones se difuminan por bastantes rumbos. Recuerdo que hace más de tres décadas Ikram Antaki no quería —como autora, escribió— a Marguerite Duras. No se explicaba cómo su novela El amante (1984) se convirtió en el bestseller con el cual esa escritora obtuvo el premio Goncourt.
Despectiva (“¡bendito mundo tan chaparro!”, exclamó refiriéndose a la estatura física de la Duras y a la preferencia de más de un millón de lectores), se preguntaba cuál era el interés por su lectura, cuál la atracción de su literatura, sobre todo cuando existía la obra de aquella monstruo de la literatura francesa, la otra Marguerite.
“Hay personas a las que usted no les gusta, la encuentran demasiado narcisista”, espetaron a Marguerite Duras durante una entrevista realizada apenas después de pasar por un largo estado de coma. Ella respondió: “Usted tiene aire de ser de esa opinión. Hay algo de cierto en ello. Nada hay más valiente que un escritor. Darse a conocer, a leer, a ser juzgado. El reflejarse en un libro. Todos los escritores, los pintores o los músicos son narcisistas. Pero no lo dicen. Oiga… No soy hermosa. Ni elegante, ni todo eso. Pero en cambio soy una escritora. ¿Cree usted que es por mi narcisismo que mis libros se han vendido en el mundo entero?”
Al probar por donde sea la literatura de nuestra escritora alcohólica, saboreamos la mezcla exacta de amor y odio para tener la certeza de que ella, en el grueso de su obra, se dedicó a aproximarse a la pasión y la desgracia, a los amores con historia. En su discurso exhibe al amor —y lo mismo puede decirse de la novela— como un elemento de salvación humano en un mundo de penas y glorias anegado de la malsana moral —ideológica, económica, social, como sea— siempre práctica, cómoda, contingente.
La amante francesa de Hiroshima, mon amour (1958), la película de Alain Resnais, personificada por Emmanuelle Riva, “sabe que de amor no se muere”, aunque su vida esté marcada por el fracaso: “su supervivencia a la muerte del amor, en Nevers”. Asimismo, en uno de los momentos de la separación, el amante chino de El amante de la China del Norte (1991) le pregunta a la amante niña: “¡Y si hay dolor?” Y Marguerite Duras, la niña, quien posteriormente reflexionó mucho sobre ese sentimiento, responde: “Entonces todo quedará olvidado.”
¿Qué hacer si el amor mortal es de múltiples maneras inaprehensible, olvidable? Nada como el alcohol, dice Duras. “El alcohol es perfecto aunque es la muerte.”
La escritora, curiosamente, murió por “problemas de salud propios de su edad” y no por derivación del alcoholismo, ante el cual se comportó lúcida siempre.
De cualquier manera, la muerte es siempre la muerte y la obsesión de Marguerite por ésta es comparable a la que tuvo por el amor. Precisamente en una pequeña e intensa novela titulada El amor, ella deja la sensación en el corazón, con su escritura, de una playa vacía próxima al mar, inmóvil, el calor sofocante y la indiferencia helada.
ALCOHOLES
El amor no es una sensación. No pertenece a esa categoría de experiencias físicas que incluiría, por ejemplo, al dolor. El amor y el dolor no son lo mismo en absoluto. El amor se pone a prueba, el dolor no. Uno no dice del dolor, como dice del amor, “no era un verdadero dolor, o no habría desaparecido tan rápidamente.
William Boyd, La tarde azul
Sólo un amor permanece toda la vida: el no correspondido.
Woody Allen









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