No hay relación sexual, salvo en fantasmas.
Jacques Lacan
Cualquier idea que se tenga de “una vida intensa” puede ser encarnada por la escritora Marguerite Duras. Le resultaba posible pasar con toda naturalidad de la escritura de artículos periodísticos a piezas de teatro y novelas, y de ahí a la actividad política como militante y animadora del Partido Comunista.
Nació en 1914, tan sólo unas semanas antes de que iniciara la Primera Guerra Mundial, en Indochina, en la comunidad de Gia Dinh. Las condiciones económicas en que vivió su infancia, junto con su madre y sus dos hermanos, fueron sumamente precarias después de la muerte del padre, cuando la futura escritora contaba con tan sólo cuatro años. Después de estudiar derecho, matemáticas y ciencias políticas en París, en 1943 publica su primera novela: Hiroshima mon amor; más tarde le seguirán La vida tranquila (1944) y muchas otras novelas y piezas teatrales.
Sin la intención, siempre errada y poco fundada, de hacer psicoanálisis del arte, quizá en concordancia con lo que Jacques Lacan señala justamente en el texto dedicado en homenaje a Duras, “un psicoanalista sólo tiene derecho a sacar una ventaja de su posición, aunque ésta por tanto le sea reconocida como tal: la de recordar con Freud, que en su materia, el artista siempre le lleva la delantera, y que no tiene por qué hacer de psicólogo donde el artista le desbroza el camino”. Desde la enseñanza de Freud podemos ver que, como ocurre con muchos otros escritores, Marguerite utilizaba la escritura para enfrentar a sus demonios; uno de ellos, quizá el más recurrente, era el miedo. Con frecuencia solía expresar que siempre tenía mucho miedo, fundamentalmente de ella. Este miedo lo intentaba acallar de manera infructuosa mediante la ingesta excesiva de alcohol, sin embargo, sólo la escritura lograba sofocarlo. Tanta devoción le tenía a esta especie de tabla de salvación que para ella constituía la escritura, el acto de escribir, al que dedicó uno de sus más bellos trabajos: Escribir. En el año de 1982 es ingresada a una clínica para iniciar un tratamiento contra el alcoholismo. Tomaba desde la mañana hasta la noche. Duras no conoce límites en cuanto a exigencias de trabajo o del cuerpo. Trabajaba con la misma obsesión y rebasaba los sesenta años cuando ingresó a la clínica. Su estado físico resultaba deplorable, no obstante, o quizá por ello, por esas fechas publica uno de sus libros más intensos: El mal de la muerte. Ahí narra la vida de un hombre que sufre de impotencia al amar.
Las crisis de alcoholismo son recurrentes, pero pronto descubre que sólo la escritura lograba darle sentido a sus temores. En esta época escribe sus obras más importantes, destacándose El amante, novela escrita en 1984 y por la cual obtiene el premio Goncourt, el más importante premio literario francés. Sobre esta importante novela de Duras el cineasta Jean-Jacques Annaud realizó una película. En El amante, como quizá en ninguna otra de sus obras, podemos encontrar el vaso comunicante entre el miedo y la escritura. La escritura es tomada como fetiche que le permite cruzar lo inasible de su ser, de su ser-en cuerpo, su sexualidad. Se trata fundamentalmente de la narración de su infancia. Una infancia, por cierto, muy complicada pero también muy rica en imágenes para la futura escritora. Con una madre completamente desquiciada que era constantemente burlada por sus coterráneos pero que nunca dejaba de luchar, un hermano mayor convertido en un ladronzuelo cruel que era amado de manera excesiva por la madre, y un hermano menor, amado en demasía por Marguerite hasta ser, de alguna manera, su espejo. Él era débil, temeroso, enfermizo; ella debió de hacerse fuerte. En esta novela y posterior película, habla de su infancia, pero fundamentalmente de su relación con un hombre mayor, un amante chino que conoció cuando ella era una adolescente de quince años. En la contratapa de la película se puede leer “Indochina, final de los años veinte. Sobre la barcaza que atraviesa el Mekong, una joven francesa encuentra al Chino, hombre bello, joven y rico, que le propone terminar el viaje en su limusina. Ella le sigue al piso de soltero, donde conocerán, ella su primer placer; él, su primer verdadero momento de amor.” Es una novela del encuentro, del encuentro con lo desconocido. Pero podemos preguntar, si atendemos a las abismales diferencias culturales y económicas de los protagonistas: ¿qué llama a la joven a la limusina? El amor, el atractivo del hombre, el interés, la comodidad del viaje… La lista sería infinita. Desde el psicoanálisis podríamos decir que en el encuentro se revela, materializado en la limusina, el fantasma organizando, el deseo y el goce. A la pregunta que no deja de interrogar a la mujer (¿cómo goza una mujer?), a la protagonista se le presenta un encuentro que le permite relanzar la pregunta que determina la verdad de su sexualidad y su vida, más allá de las diversidades culturales que aprecia. “¡Chino por añadidura!”, piensa mientras viaja en la limusina. Se queda a formular la pregunta porque hay en él un rasgo: “Le digo que me gusta la idea de que haya tenido muchas mujeres, la de estar entre esas mujeres confundidas. Tiene el hábito, es lo que hace en su vida, el amor, solamente eso.”
Mucho más tarde escribirá otra obra, al enterarse que el amante chino había muerto. Se trata de El amante de la China del norte, novela donde vuelve a sus recuerdos para mostrar con mayor nitidez la relación que existió entre los personajes, la forma en que sus fantasmas se amaron.
Si algún signo quisiéramos encontrar en la literatura de Duras, como una constante, sin duda tendríamos que tomar a la destrucción como ícono. Siempre se la pasó enfrentando los estragos de la destrucción, quizá un tanto marcada por su fecha de nacimiento, el año de guerra. Esta sensación de destrucción permanente lo expresa de manera desgarradora cuando habla de su rostro, al que observa como brutalmente envejecido: “Entre los dieciocho y los veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto […] ese envejecimiento fue brutal. Vi cómo se apoderaba de mis rasgos uno a uno. Conservo ese rostro nuevo, ha envejecido más por supuesto […] tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho […] ha conservado los mismos contornos pero la materia destruida. Tengo un rostro destruido.”
Marguerite Duras es muchas cosas, pero ante todo es una escritora. Cuando habla sobre lo que para ella significa escribir lo hace de la misma manera intensa, incluso desgarradora, siempre con recurrencias enigmáticas e incluso con la cruda desesperación con que siempre usó la palabra. Veamos un ejemplo: “Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir es también no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Escribir a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación. Qué desesperación, no sé su nombre.”
Quizá Marguerite Duras escribió para acallar las voces de la desesperación (miedo) que le habitaban.
Duras murió el 3 de marzo de 1996 en París.









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