Marginalia XII
Edgar Allan Poe
Un francés —probablemente Montaigne— dice: “La gente habla mucho de pensar, pero por mi parte no pienso nunca, salvo cuando me siento a escribir.” Este nunca pensar, salvo cuando nos sentamos a escribir, es la causa de tanta mediocre producción. Pero quizá en la observación del escritor francés haya algo más de lo que los ojos alcanzan. Resulta evidente que el mero acto de redactar tiende en gran medida a la racionalización del pensamiento. Toda vez que me siento insatisfecho a causa de lo vago de alguna concepción mental, apelo inmediatamente a la pluma, para que me ayude a lograr la forma, importancia y precisión necesarias.
¡Con cuánta frecuencia oímos decir que tales y cuales pensamientos están más allá del alcance de las palabras! No creo que ningún pensamiento, que merezca este nombre, se halle fuera del alcance del lenguaje. Pienso más bien que allí donde se advierte dificultad de expresión, el intelecto que la advierte carece de suficiente reflexión y método. Por mi parte, jamás pensé nada que no pudiera expresar con palabras y en forma todavía más clara que mi primera concepción; como ya he observado, el pensamiento se racionaliza por el esfuerzo que exige la expresión escrita. Hay, empero, cierto tipo de fantasías, exquisitamente delicadas, que no son pensamientos, y a las cuales, hasta ahora, me ha sido imposible adaptar el lenguaje. Uso al azar la palabra fantasía, y sólo porque debo usar alguna palabra, pero la idea que este término connota por lo general no se aplica ni remotamente a las sombras de las sombras en cuestión. Creo que éstas son más psíquicas que intelectuales. Nacen en el alma (¡ay, cuán rara vez!) cuando ésta pasa por un momento de intensa tranquilidad, cuando la salud física y mental es perfecta, y en esos instantes del tiempo en que los confines del mundo de la vigilia se mezclan con los del mundo de los sueños. Tengo conciencia de esas “fantasías” tan sólo cuando estoy a punto de dormirme, y sé que voy a dormirme. Me he asegurado de que esta presencia se da sólo en ese reducidísimo punto del tiempo, que sin embargo está colmado de “sombras de sombras”; en cambio, el pensamiento exige una duración de tiempo. Estas “fantasías” producen un arrobo placentero, más intenso que el más agradable de los arrobo s que puedan darse en el mundo de la vigilia o de los sueños, así como el cielo de la teología escandinava está situado más allá del infierno. Contemplo esas visiones, aun mientras surgen, con un temor reverente que en cierta medida modera o serena el arrobo; las contemplo con la convicción (que parece parte del arrobo mismo) de que éste es de carácter sobrenatural para la naturaleza humana, que es una entrevisión del mundo exterior del espíritu; y llego a esta conclusión —si puede aplicarse el término a una intuición instantánea— al percibir que el deleite que experimento nace de su absoluta novedad. Digo absoluta, pues en esas fantasías —que se me permitirá llamar ahora impresiones psíquicas— nada hay que se aproxime siquiera a las impresiones que recibimos ordinariamente. Es como si los cinco sentidos fueran sustituidos por cinco miriadas de otros sentidos, ajenos a la mortalidad.
Pues bien, tan completa es mi fe en el poder de las palabras, que he creído a veces posible encarnar las vaporosas fantasías que me esfuerzo por describir. En mis experiencias para ello llegué lo bastante lejos como para dirigir (cuando la salud física y mental era buena) la existencia de la condición; vale decir, que a menos de sentirme enfermo puedo tener la seguridad de que el estado, la condición, habrán de darse si lo deseo en el punto del tiempo ya descrito, mientras que, hasta hace muy poco, jamás podía tener seguridad de ello aun en las condiciones más favorables. Quiero decir solamente que ahora dispongo de la seguridad, si las condiciones son favorables, de que el estado habrá de producirse, y que me siento capaz de inducirlo o forzarlo. Empero, las condiciones favorables son muy poco frecuentes; de no ser así, ya habría trasladado el cielo a la tierra.
En segundo término, he llegado lo bastante lejos como para mantener en suspenso el lapso que va desde el punto mencionado —el punto donde se funden la vigilia y el sueño—, y mantener dicho lapso alejado del dominio del sueño. No quiero decir que pueda mantener el estado, es decir, que el punto llegue a ser más que un punto en el tiempo; pero sí que me es posible saltar del punto a la plena vigilia, y transferir así el punto mismo al reino de la memoria; puedo desplazar sus impresiones, o más justamente sus recuerdos, a un estado en que (si bien por muy breve plazo) puedo examinarlos con el ojo del análisis. Por estas razones —vale decir, por ser capaz de tanto— no desespero completamente de corporizar en palabras al menos una parte de las fantasías en cuestión, que lleven así a ciertos tipos de mentalidad una vaga concepción de su carácter. Al decir esto no deberá entenderse que me creo único depositario de estas fantasías o impresiones psíquicas, o que dudo, en una palabra, de que sean comunes a la humanidad; no puedo formarme una idea a este respecto, pero nada es más seguro que una crónica, aun parcial, de estas impresiones sobresaltaría al intelecto universal por la suprema novedad de los materiales allí empleados y sus consiguientes sugestiones. En una palabra: si alguna vez llego a escribir un artículo sobre este tópico, el mundo se verá obligado a reconocer que, por fin, he hecho algo original.
——
Reproducido de Edgar Allan Poe, Ensayos y críticas, Alianza Editorial, España, 1973.









No Comments