Edgar Allan Poe
Me he entretenido a veces tratando de imaginar cuál sería el destino de un individuo dueño (o más bien víctima) de un intelecto muy superior a los de su raza. Naturalmente tendría conciencia de su superioridad, y no podría impedirse (si estuviera constituido en todo lo demás como un hombre) de manifestar esa conciencia. Así se haría de enemigos en todas partes. Y como sus opiniones y especulaciones diferirían ampliamente de las de toda la humanidad, no cabe duda de que lo considerarían loco. ¡Cuán horrible resultaría semejante condición! El infierno es incapaz de inventar una tortura peor que la de ser acusado de debilidad anormal por el hecho de ser anormalmente fuerte.
De la misma manera es evidente que un espíritu muy generoso —que sintiera de verdad lo que todos fingen sentir— debería ser mal juzgado en todas partes, y mal interpretados sus motivos. Así como el colmo de la inteligencia sería considerado fatuidad, así el exceso de caballerosidad no dejaría de ser entendido como bajeza en último grado; y lo mismo todas las virtudes restantes. Que ciertos hombres hayan sobrepasado el nivel de su raza es cosa de la que apenas cabe dudar; pero al buscar en la historia las huellas de su existencia deberíamos dejar de lado las biografías de los “buenos y los grandes”, mientras examinamos cuidadosamente los escasos datos sobre ciertos miserables que murieron en la cárcel, el manicomio o el patíbulo.









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