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Margarita Michelena: A veinte años de su muerte

· febrero 8, 2018

Roberto Martínez Garcilazo

 

Sé lo que no sabía.

Lo largamente preguntado.

Que Dios me da estas palabras

Para que en ellas junte lo perdido,

Lo que se fue, lo dispersado. M. M.

 

“Cada poeta que haya pensado en el origen, la naturaleza y las causas de su materia tiene su propia definición de la poesía. Yo encontré la mía propia en Novalis: la poesía es la realidad última de los seres y las cosas. También me atengo a lo que dice Heidegger acerca de la índole ontológica del quehacer poético: la poesía es la fundamentación del ser por la palabra.”

Lo anterior fue escrito por Margarita Michelena (1917-1998) en la “Nota introductoria” a la antología de su poesía, preparada por ella misma, publicada por la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM en la colección Material de Lectura, serie Poesía Moderna.

Leemos en las tres últimas líneas de la Nota: “También me atengo a lo que dice Heidegger acerca de la índole ontológica del quehacer poético: la poesía es la fundamentación del ser por la palabra.” Efectivamente, Margarita Michelena sobrevive en sus palabras, veinte años después de su muerte. Dos décadas son, hasta este día, su pequeña eternidad.

“El poeta, a la vez, anticipa y recuerda”, escribe Margarita Michelena, y de manera perturbadora implica que el presente (el momento que dura siempre) sólo es escritura. La poesía, dice, es una forma de recordar y de profetizar.

La “Nota” es una breve y concentrada arte poética. Finaliza con estas cuatro proposiciones: 1) La palabra crea las cosas al nombrarlas. 2) Nada existe antes de su nombre. 3) La tarea del poeta es nombrar y revelar lo que antes del orden del poema era oscuridad, caos. 4) El trabajo del poeta es cosmizador: funda realidades, reduce la nada y aumenta el ser.

Margarita Michelena es una poeta extraordinaria. Sus fuentes castalias son la Antigüedad y el Siglo de Oro; su repertorio temático es el clásico de la filosofía; su léxico es culto, lúcido y exacto; su sentido musical del ritmo y la melodía son románticos —nos recuerda las obras para piano de Chopin y Schumann— y el centro solar de su poética es la meditación teológica. Margarita Michelena es una pensadora que escribe poesía. Llama la atención el hecho de que su obra sólo sea leída y estudiada por poetas. La poesía de Margarita Michelena nunca será popular, no podría serlo.

Publicó cuatro libros: Paraíso y nostalgia (1945), Laurel del ángel (1948), La tristeza terrestre (1954) y El país más allá de la niebla (1968). Tradujo los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire (El spleen de París: Papeles Privados, 1990 y Fondo de Cultura Económica, Col. Tezontle, 2000). Hoy, veinte años después de su muerte, se echa de menos la reedición de sus títulos y la publicación de su poesía completa.

El establishment cultural le negó el “Villaurrutia” y el Premio Nacional de Literatura, pero realmente ese acto de misoginia y mezquindad carece de importancia porque el  prodigio de la poesía de Margarita Michelena es un fruto áureo imperecedero.

*

En Reencuentros (UNAM, 1990), Dionisio Morales escribe: “La poesía de Michelena, breve y rigurosa pero vasta y múltiple, nos conduce a un mundo único —así es el mundo de los grandes poetas— en el que las imágenes reunidas nos orillan a descubrir una nostalgia que viene de tiempos remotísimos, a vivir en una incertidumbre perpetua que mantiene despiertos los sentidos para avizorar mejor el horizonte, y a fraternizar con una tristeza terrestre irremediable, más desgarradora que si pagáramos el diezmo por pecados no cometidos; nos lleva, también, a una búsqueda incesante de Dios —elevación mística la llama Manuel Mejía Valera— para llegar a la glorificación del hombre. […] Sapientísima, sigilosa, siente que alguien guía su mano y ella va sembrando granos en la tierra fértil, reconociendo caras, recordando nombres, contando historias, sacando su rostro de las tinieblas, inventariando datos y hechos que a su sólo nombramiento aclaran la memoria y como al principio, con la paciencia propia de un iniciado, vuelve a unir los fragmentos de un ciclópeo cristal roto a la hora de buscarse, que ahora le devuelve, nítida y exacta, su verdadera imagen. Y aunque —ilusa— dice que no canta para sobrevivirse en las palabras, ellas eternizaran su canto.”

*

En Señales congregadas (UNAM, 1993), Dionicio Morales publicó “Recado a Margarita Michelena”. Reproduzco dos estrofas:

Cierto día, lejano, oscurecida de soledad,

Invicta de alcatraces, creaste

Al lirio de una flor blanca, tuberculosa,

Pequeña, como un Dios diminuto

Al alcance de los reos del alma.

 

Tu mano milagrosa sembró

Una rama moribunda de azafrán

En tierra de nadie, árida, seca,

Y del polvo sediento de jazmines

Brotó el corazón diamantísimo del alba.

*

Por su parte, Efrén Hernández, en Bosquejos (1995), escribe: “El tema de la poesía de Margarita es la nostalgia de su complementación. Aspira a su integridad. Siente que no se realiza, que sus anhelos esenciales se frustran. La poeta busca su otra parte, en consonancia con el texto platónico de la escisión del andrógino.”

*

En Conjuros y divagaciones (UNAM, 2000), Dionicio Morales escribe: “No es nada arriesgado reconocer que desde Sor Juana Inés de la Cruz, en la poesía mexicana escrita por mujeres, no había aparecido una obra relevante, diferente, original, lejos de maniqueos sentimentales propios de la época, apartada de falsos flagelos religiosos, heredera del más puro linaje clásico, entre otras características, que la sitúan en un lugar privilegiado de nuestra literatura, como la de Margarita Michelena. Su aparición vino a inyectar, a trastocar, a cambiar los viejos y rudimentarios cánones de la poesía para abrirla hacia otros caminos bañados de luz y agua nuevas que iluminaron y refrescaron, respectivamente, su rostro que ha llegado hasta nuestros días en la velada presencia —velo centelleante, escribiría Michelena— ambiciosa y formal de ciertas obras posteriores. La irrupción de Margarita Michelena en nuestra poesía, aparte de ser reconfortante y saludable, la puebla de alados misticismos que nada tiene que ver con lo escrito, en este sentido, por sus contemporáneas: Concha Urquiza, Emma Godoy y Pita Amor.”

*

Víctor Manuel Mendiola, en Sin cera (UNAM, 2001): “Desde el primer momento sus poemas nos enfrentan con una sensación de distancia y ante el dato de que no podemos acceder a ellos a pesar de su tono emotivo o quizá precisamente por ese gesto controlado de sentimiento abundante. En sus poemas siempre hay un requerimiento de belleza pero con una sustancia inaccesible que nos expulsa. Hay una ornamentación y una música pero no hay una anécdota o algo como un punto de apoyo. Estamos ante una voz indudable pero rodeada de imágenes refractarias que nos dificultan el acceso.”

*

Pero sin duda la opinión más valiosa es la de Octavio Paz. Las siguientes son sus palabras en el homenaje a Margarita Michelena en Bellas Artes, el 21 de julio de 1996. Fueron publicadas originalmente en Vuelta, No. 237, en agosto del 1996: “Cuando Alicia Zendejas me anunció que se preparaba un homenaje de los poetas mexicanos a Margarita Michelena me alegré. Es hermoso que los poetas mismos rindan homenaje a uno de los suyos; y más lo es que los aquí reunidos vengan de los cuatro puntos cardinales y pertenezcan a varias generaciones. Conocí a Margarita Michelena en la universidad, hace muchos, muchos años. Los dos padecíamos una enfermedad frecuente en la juventud pero que sólo en pocas ocasiones se vuelve crónica: la afición a escribir y a leer poemas. En el caso de Margarita la poesía, la escrita y la leída, ha sido su alimento terrestre y espiritual, la ventana por la que ha contemplado al mundo y por la que, no pocas veces, ha dado un salto para descender al fondo de sí misma. La poesía es conocimiento: nos hace visible la presencia escondida, secreta, de las cosas y los seres; también nos revela nuestra intimidad, nuestra vida interior. Además de ser conocimiento, revelación de la otra cara de la realidad, la poesía es creación. El poeta no sólo expresa lo que piensa y siente sino que, al decirlo, construye arquitecturas ingrávidas: poemas hechos de palabras leves como el aire y que, no obstante, resisten a los años que liman montañas y perforan rocas. El instante se salva en el poema. Margarita Michelena pertenece a esa rara estirpe de poetas que en formas diáfanas alían el pensamiento al sentimiento, lo que pensamos con los sentidos a lo que sentimos con la cabeza. Sus poemas son cristalizaciones transparentes. Desde su primer libro me impresionaron, por igual, la maestría de la hechura, la profundidad del concepto y la autenticidad de la emoción. Equidistantes del grito y del frío conceptismo, de la confesión sentimental y del ‘preciosismo’, sus poemas brotan del suelo del lenguaje como chopos, pinos o álamos; también como torres de reflejos y esbeltos obeliscos de claridades. Poemas bien plantados en la tierra pero movidos por una misteriosa voluntad de vuelo. Gravitación y levitación.”

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