Ivonne Vira
Para el chico de los ojos sin color
A la hora de la entrada los niños se confunden. Los del turno matutino salen despeinados y sucios, mientras que los del turno vespertino entran peinados y con cara de pocos amigos. Unos miran a los otros con desprecio. Los enemigos se unen para dejar claro quién es quién y cuál es el lugar que les corresponde a cada uno. En la primaria las mochilas son enormes, abultadas y casi siempre imposibles de cargar.
Catalina llega con sus hermanas. Un par de gemelas a las que todo, hasta los mocos, les sale perfecto. Al cruzar la puerta de entrada intenta alejarse lo más pronto posible, pero ellas la detienen.
―Te vemos a la hora de la salida.
―Y no te vamos a estar esperando.
No hablan a coro, pero se turnan como si fuera una sola persona la que habla.
Cata camina hasta el salón Segundo “C”. Arrastra los pies. Nunca le ha gustado llegar temprano, pero lo agradecerá. Nunca encuentra nada interesante para hacer. Espera impaciente a que llegue alguien, que algo se mueva y haga un poco de ruido. Deja la mochila en la banca y se acerca al escritorio. Encuentra unos gises y se pone a dibujar. Uno de sus compañeros entra, lleva una tabla llena de animales hechos de masa; son igualitos a los de la lectura que dejaron de tarea, que Cata, ¡por supuesto!, no ha pasado de la primera página.
Gusanos y mariposas con colores ridículos, piensa. No le da importancia y sigue dibujando en el pizarrón. Pinta nubes y un sol. Quiere escribir la palabra infierno con mayúsculas y letras rojas. Mira los gises, pero sólo tiene azules, amarillos y blancos. Piensa que con esos colores la palabra ya no dará miedo, entonces decide dibujar una cara enseñando la lengua. Sonríe mientras contempla su obra.
Otros niños entran, ellos también traen maquetas con animales de masa. Cata se llena de miedo, sabe que un castigo aquí, y otro en su casa, la esperan. Mira las bestias de colores. Sonríe. Todo lo que necesita es una cómplice. Alguien en quien se pueda confiar. Necesita una boca donde las palabras sean sólo verdad. Una boca de la cual nadie pueda dudar.
Sale del salón, huye de esa invasión de animales, atraviesa el patio y se detiene cerca de la entrada para ver quiénes han hecho la dichosa tarea. ¿La castigarán por no hacerla? ¿La llevarán a la dirección? ¿La suspenderán? ¿La regañarán mucho en casa?
Cata sonríe, su mejor amiga, la más lista de la clase, la que nunca rompería ni un plato, tampoco ha llevado la maqueta. Lo imposible ha sucedido. Corre hacia su amiga, intercambia un par de palabras. Cata está emocionada, habla rápido. Lulú sólo escucha.
Todas las piezas se acomodan.
Lulú, la niña del diez y la conducta perfecta. Lulú, la salvadora del día.
***
Todos lo miran, pero no lo ven a los ojos. Todos le temen. Le ceden el paso, se van del patio o abandonan la cancha. El miedo lo precede, le abre camino. Cata comenzó a llamarlo para sí misma “El Lobo”.
Sus ojos, la cicatriz partiéndole la cara, la mueca de enfado, pero sobre todo han sido los ojos los que la han hechizado. Cata no lo quiere, lo admira. Quiere ser él, quiere infundir miedo, quiere caminar y que todos le abran paso. ¿Qué pasará cuando sea él quien se haga a un lado para dejarla pasar?
***
Las niñas corren hacia la cancha de futbol. Miran a los niños correr detrás de la pelota. Cata busca con la mirada, está muy concentrada; la otra niña parece intranquila.
―¡Ya!
―¿Ya? ¿Quién?
―El de la cicatriz.
―¿El de cuarto? ―dice Lulú sorprendida.
―Sí, ése.
―Mmm… pero.
Cata guarda silencio, su amiga la mira.
―Entonces yo quiero a su amigo.
El timbre suena. Todos corren a sus salones, pero ellas no. Ellas van a esconderse atrás de la biblioteca. Esperan a que ya no haya nadie en el patio. Se sientan en el piso y en un par de segundos todo es silencio.
―¿Ya?
―No, todavía no.
Cata sabe que deben esperar, llegar tarde para que la historia sea creíble.
***
Un par de ojos claros. No color miel, no color verde. Sin color, eso fue lo que le dijo su tío el día que Cata le preguntó acerca del color de los ojos. Su tío le explicó acerca de la pigmentación y la luz, pero Cata dejó de escuchar en cuanto él dijo: sin color.
―Ojos sin color. Ojos sin color. Sin color ―repitió Cata.
***
Cata se asoma, puede ver a la maestra parada afuera del salón.
―Ya tenemos que salir.
―¿Si nos van a creer? Nos van a castigar ―dice Lulú.
―¡Ya cállate!
Lulú tiembla, y se le llenan los ojos de lágrimas. Cata la jala del brazo y la hace tropezar.
—Ven, antes de que se te pasen. ¡No te sacudas!
Cata toma a Lulú de la mano y salen del escondite. La maestra hace un gesto de alivio cuando ve acercarse a las niñas. Todos sus compañeros miran desde la ventana.
—¿Qué hacían atrás de la biblioteca?
Las niñas no dicen nada, miran el piso. La maestra las mira preocupada.
—Es que…
—No, nos van a volver a pegar ―dice Cata y comienza a llorar.
Lulú guarda silencio y la mira con miedo.
—¿Qué pasó? ¿Cómo que les van a volver a pegar?
Cata comienza a llorar y la maestra la abraza.
—Empujaron a Lulú, y rompieron nuestras maquetas —dice Cata en voz baja.
Lulú no puede decir nada. Mira a Cata llorar y no puede creer que la maestra les esté creyendo toda la historia.
Cata no dice nada, se suena la nariz con la manga del suéter. La maestra le revisa las rodillas a Lulú.
—¿Quién fue?
—Los de cuarto —susurra Lulú.
***
La primera vez que Cata lo vio, no sintió miedo. Nadie sabe qué le pasó, se cuentan muchas historias acerca de la cicatriz que tiene en la cara: “Si lo ves a los ojos se mete a tus sueños y tienes pesadillas”. “Si lo ves a los ojos puedes volverte loco”. “Mi tío dice que sólo los que son hijos de las brujas tiene los ojos así”. “A mí me dijeron que no tiene alma”.
Unos ojos sin color que siguen a todos, que nadie se atreve a mirar.
***
—¿Los de cuarto? ―pregunta la maestra.
—Sí ―dice Lulú.
—¿Pero quiénes?
—No nos sabemos sus nombres ―contesta Cata.
—¿Cómo son?
—Fue el de la cicatriz y su amigo ―dice Lulú.
—No se muevan de aquí.
La maestra sube las escaleras. No pasa mucho tiempo para que se escuchen muchos pasos bajando por las escaleras.
La maestra de las niñas y la de cuarto vienen acompañadas por los agresores.
***
Un niño sin querer pasa y empuja al Lobo. El Lobo lo mira. Rubén no dice nada. Sabe que no debe hacerlo. Mira al Lobo una vez. Tira al niño y lo patea tres veces. Todos afuera de la escuela contemplan la escena. El Lobo mira a Rubén, le sonríe. Los de cuarto regresan a lo suyo. El niño se queda tirado, llora suavemente. Nadie lo ayuda. Cata no ha dejado de mirar ni un solo instante al Lobo.
***
Lulú toma de la mano a Cata. La aprieta.
—Sí, fueron ellos los que rompieron nuestra tarea ―grita Cata mientras se acercan.
—No es cierto, nosotros nos les hicimos nada ―dice Rubén.
Los ojos de Cata están sobre los ojos del Lobo. Él se sorprende. Se miran fijamente. Cata no baja la mirada, ni siquiera parpadea. Lo reta. El Lobo sonríe, Cata lo imita.
***
Los niños van y vienen en el patio, se mezclan. La cancha se convierte en un campo de batalla. Todos persiguen una pelota y el sueño de anotar un gol, pero el caos también ofrece tranquilidad. De entre la multitud brillaron un par de ojos. Todos le advirtieron: con ése note metas, está loco.
Unos ojos sin color que no la miran, unos ojos sin color que sólo sigue. Nadie la mira.
***
―Sí, maestra, ellos fueron ―dice Lulú.
—Yo le dije a Rubén. Es mi culpa, maestra ―dijo el Lobo.
Nadie dice nada. Lulú y Rubén se sorprenden. Las maestras intercambian miradas y el asunto se resuelve en un jalón de patillas para los chicos y la promesa de un castigo grande.
***
Nadie lo mira a los ojos. Las gemelas salen de la escuela. Cata espera a que el Lobo aparezca. Sus hermanas la miran. Cata corre para pasar enfrente del Lobo. Nadie lo mira a los ojos. El Lobo la deja pasar. Intercambian miradas. Ambos sonríen, sólo ella puede mirarlo.









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