Jordi doce
Auster ha descrito alguna vez ese momento de transición de la poesía a la prosa como “una revelación, una epifanía”. No es extraño: lo que hasta el momento se juzgaba lejanía o espejismo se convierte al fin en destino real palpable. Ese instante en que la escritura halla un lugar entre las cosas es un final y un principio y tiene el sello de lo memorable: el escritor cruza una frontera que es él mismo, y al cruzarla vislumbra un nuevo territorio, un dominio inexplorado. Pero no sin problemas ni incertidumbres: antes es necesario tomar impulso y dar un paso atrás, hacer recuento. Como ha recordado él mismo en líneas que evocan hechos narrados más tarde en Leviatán:
“No escribí prácticamente nada en un año. Mi esposa y yo hacíamos traducciones para llevarnos el pan a la mesa y el resto del tiempo me dedicaba a continuar con mis alocados proyectos financieros. Por momentos pensaba que estaba acabado, que nunca escribiría otra palabra. Entonces, en diciembre de 1978, asistí a un espectáculo de danza cuya coreografía había compuesto el amigo de un amigo y allí me ocurrió algo. Una revelación, una epifanía —no sabría cómo llamarlo—. De repente se abrió ante mí un mundo lleno de posibilidades. Creo que tuvo que ver con la absoluta fluidez del espectáculo, el movimiento continuo de los bailarines que giraban sobre el escenario. El simple hecho de contemplar a hombres y mujeres moviéndose en el espacio me llenaba de una sensación cercana a la euforia. Al día siguiente, me senté y comencé a escribir White Spaces [“Espacios blancos”], una pequeña obra de género impreciso, un intento de traducir en palabras la experiencia de aquel espectáculo de danza. Fue una liberación, un tremendo desahogo, y ahora recuerdo aquel incidente como un puente entre el acto de escribir poesía y el de escribir prosa. Aquella obra me convenció de que aún había un escritor dentro de mí.”
Poco cabe añadir a estas líneas. Con lucidez característica, su autor desgrana el rostro súbito de esa “revelación”: el baile, a sus ojos, es un baile de palabras; las evoluciones de los bailarines sobre la escena se le antojan un equivalente de ese otro movimiento de las palabras en el mundo; la euforia del escritor al contemplar a “hombres y mujeres moviéndose en el espacio” es la misma que, a la mañana siguiente, le anima a mover palabras sobre el papel y explorar los espacios blancos de la página. La identidad entre estos dos ámbitos de la escena y la página es, al fin, prueba suficiente de que en Auster escritura y mundo han logrado encontrarse.
Dos conceptos fundamentales articulan estas líneas: fluidez, espacio. Conceptos que sugieren otros semejantes: amplitud, aliento, desarrollo… y que parecen aplicarse mejor a la prosa de ficción que a un poema breve. Esa euforia sostenida con la que Auster aborda la escritura de Espacios blancos, “como un puente entre el acto de escribir poesía y el de escribir prosa”, es la euforia de quien, atrapado por el relato, dispone una tras otra las palabras como eslabones de una misma cadena incesante. Frente a la intensidad de un poema, la extensión y el aliento de la novela; frente a la contracción y densidad del poema, la palma expuesta de la prosa. No es un cambio súbito: todavía en La invención de la soledad, la prosa se muestra al lector como un conjunto de fragmentos unidos por los eslabones resonantes del silencio y el espacio en blanco.
La imagen utilizada por el escritor, no obstante, es mucho más gráfica y sorprende por lo que tiene de anticipo o adelanto:
“Aún siento gran apego por la poesía que escribí, todavía la defiendo. En un análisis global, es probable que sea lo mejor que he escrito; pero hay una diferencia fundamental entre estas dos formas de escribir, al menos en mi enfoque personal. En cierto sentido, la poesía es como tomar fotografías, mientras que la prosa es como filmar con una cámara cinematográfica. La película es el instrumento de las dos artes, pero los resultados son totalmente diferentes [….] Mis poemas eran la búsqueda de lo que llamaría una expresión unívoca. Expresaban lo que sentía en un momento determinado, como si nunca hubiera sentido nada antes ni fuera a sentirlo después.”
Abríamos esta lectura con una referencia a la película Smoke y a su protagonista Auggie Wren, y parece apropiado cerrarla con esta cita, donde tanto el cine como la fotografía hacen acto de presencia. Wren es, en más de un sentido, el alter ego de su autor: si Smoke puede considerarse una consecuencia natural de la práctica novelística de Paul Auster, Wren surge como un homenaje del autor a su pasado como poeta y a esos poemas-fotografías tomados “como si nunca hubiera sentido nada antes ni fuera a sentido después”. Wren no es más, quizá, que una representación del Auster poeta, como Paul Benjamin le es del Auster novelista. Y ambas representaciones se cierran y entrecruzan de modo admirable en el guión original cuando Wren decide narrarle a Benjamin un cuento de Navidad: es decir, cuando Wren deja la poesía para convertirse en narrador. No existe, tal vez, metáfora más limpia ni más hermosa de las relaciones que poesía y prosa establecen en esta obra como ese preciso instante en que Wren comienza su relato y la voz en off se superpone a las imágenes que Benjamin anotará más tarde, con lento esfuerzo, dando rostro y forma a lo que en el estanquero era sólo espacio, palabra: puro azar hecho aliento.
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Fragmento de la introducción a Poesía completa de Paul Auster (Seix Barral, España, 2012).









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