Daniel Bernal Moreno
La añoranza de su patria hizo que su padre lo llevara a un espectáculo de tango. Matías no había visto nunca a una pareja bailar así. La pubertad grabó en su mente un hermoso par de piernas cubiertas por unas medias de red, negras. Un vestido rojo ceñido a la cadera que sensual se contoneaba. Sus ojos bailaron al compás de Manzi. Y odió, como se odia en la pampa, no ser él quien estaba en el escenario. Ignoraba el nombre de la mujer, pero desde ese día decidió que la llamaría Malena. Con el galopante fluir de su sangre, Matías subió al escenario, apartó al hombre que, displicente, cedió su lugar. “Enséñame a bailar”, suplicó Matías.
Las luces rojas acompañan al bandoneón. Los aplausos retumban al ver la espalda delicada que muestra el escote del vestido grana, la cabellera negra recogida deja ver su cuello largo. Los hombres se impacientan al ver la pierna emerger de la abertura del vestido. Las medias negras de red cubren las piernas torneadas de Matías, aunque el público lo conoce como Malena.









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