Maritza Flores Hernández
El 30 de septiembre de 2020, a las 09.21 a.m., Jorge Daniel Divinsky tuiteó: “Se murió Quino. Toda la gente buena en el país y en el mundo, lo llorarán.” Su mensaje fue profético. La gente, a través de las redes y de los medios, compartió la noticia y, también, un sentimiento de pérdida y compasión.
Sin embargo, no es fácil entenderlo. Como diría la poetisa argentina, Alejandra Pizark:
…explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome…
(Árbol de Diana)
Probablemente, porque con la partida de Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, se va una buena parte de la biografía de muchas generaciones. Las que durante las décadas de los setenta, ochenta y noventa del siglo pasado crecieron junto con la icónica Mafalda, su hija predilecta.
El humorista gráfico, argentino de nacimiento, hijo de españoles, y ganador de una multitud de premios, se destacó por haber animado a Mafalda y a sus amigos con la bondad propia de un niño, sin privarlos de las otras cualidades y defectos que, como todo humano, tendrían necesariamente que padecer.
A pesar de que, en Italia, en su primera versión, apareció bajo el título de Mafalda la contestataria, Humberto Eco, escritor, periodista y experto en semiótica, reconoció de manera expresa:
…Mafalda es un héroe de nuestro tiempo… Y como nuestros hijos están a punto de convertirse, por elección nuestra, en muchas Mafaldas, no es imprudente tratar a ésta con el respeto que merece un personaje real….
Es decir, para el autor de la famosa novela El nombre de la rosa, el humorista, Quino, originario de Mendoza, habría insuflado de vida a Mafalda de un modo que era imposible negarle personalidad a la pequeña, quien con su claridosa forma de hablar (como diríamos en México), exponía —al mismo tiempo, con la gentileza de un infante y la profundidad de un sabio—, sin ánimo de herir ni de molestar, lo que ella pensaba de la humanidad.
Su afición por The Beatles y su franca enemistad con la sopa no son más que un reflejo de la naturalidad del personaje, que acreditan su empatía con el resto de los niños de todos los tiempos.
En efecto, Mafalda, como lo dio a entender Eco, era una nena como cualquier otra, y representaba a las nuevas generaciones.
Niños y niñas de aquel tiempo devinieron adultos, sin dejar de lado las aspiraciones de Mafalda y de la humanidad:
DESDE ESTA
HUMILDE SILLITA FORMULO
UN EMOTIVO LLAMADO A
LA PAZ MUNDIAL
Porque Mafalda es defensora de la paz, como también del medio ambiente; está contra el armamentismo y en favor de la tolerancia. Aspira a ser intérprete de las Naciones Unidas, lugar propicio para convocar a la armonía y, por qué no, lograrla.
Su universo está habitado por sus padres y hermano menor, Guille, y por sus amigos: Felipe, Manolito, Susana, Miguelito, Libertad, con quienes juega a las cosas que divierten a los pequeños. Con asombro, observa la actitud de los adultos, ya como padres, vecinos, funcionarios, políticos o maestros; reflexiona y saca conclusiones. No duda en exteriorizar —con desilusión, perplejidad o molestia— sus pensamientos, ya sea en forma de declaraciones o de preguntas, especialmente después de escuchar las noticias:
¿Y NO SERÁ QUE EN ESTE MUNDO
HAY CADA VEZ MÁS GENTE Y MENOS PERSONAS?
Es una niña íntegra, que actúa con rectitud, igual que cualquier hombre justo; por lo que encuentra la felicidad en las cosas corrientes e ingenuas —leer, jugar, andar de piyama, aprender, dibujar, ver a dos vecinos platicar y tomando café.
Algo muy parecido, nos diría el poeta Jorge Luis Borges, en su poema “Los justos”:
Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
Porque Mafalda quiere salvar al planeta y a sus seres, igual que lo desean millones de personas de todas las generaciones. Además, porque la bondad es lo que la define a ella y a su creador, Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, a quien su amigo y editor, Jorge Daniel Divinsky, llamaría, un pacifista y un filósofo que se expresaba a través de pinceladas. Las que el lector entiende perfectamente, porque se siente representado por ellas.
De algún modo, Mafalda es el alter ego de una generación que está presente, que se alarga en el tiempo, heredando los mismos dones y ambiciones. Y, aunque Quino se ha lanzado a navegar nuevos cielos, llevándose parte de nuestra historia, la verdad es que La niña contestataria aquí se queda.








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