Maritza Flores Hernández
Muchas cosas despiertan la curiosidad del hombre: un movimiento, un brillo, un color. O la necesidad de descubrir algo que es desconocido. Lo interesante, ¿se está dispuesto a compartir el reto de lograrlo? ¿Se puede soportar el ridículo?
Wilson, el protagonista de “El centinela”, cuento de Arthur C. Clarke, junto con otros expertos, trabaja en la Luna por largas temporadas. En realidad, recolecta minerales y explora el sitio conocido como Mare Crisium (Mar de las Crisis).
Como geólogo (selenólogo), después de una semana ya ha recorrido más de ciento cincuenta kilómetros de las faldas de las cordilleras que dejó el mencionado mar.
Se habituó, igual que sus colegas, a la falta de gravedad y a la rutina del trabajo. También se convenció de que se encontraban en un lugar seguro, contaban con todo lo necesario para sobrevivir durante meses; incluso, con la posibilidad de ser rescatados de manera rápida.
El selenólogo narra:
… dejé que mi mirada errase ociosa por las paredes de la montaña que cubrían todo el horizonte sur y se extendían, hasta perderse de vista, hacia el Este y el Oeste, por debajo de la curva de la Luna. Parecían estar a sólo unos tres kilómetros del tractor; sin embargo, yo sabía que la más cercana se hallaba a treinta kilómetros. Naturalmente, en la Luna no se pierden los detalles con la distancia, pues no existe ninguna de las casi imperceptibles neblinas que, en la Tierra, tamizan y a veces desfiguran las cosas lejanas…
En su calidad de explorador, el personaje recorre con la mirada el paisaje en busca de algo nuevo o diferente. Se encontraba en esa tarea cuando advierte:
…Alcé los ojos hacia los picos a los que no había ascendido jamás ningún hombre, unas cumbres que, antes del principio de la vida terrestre, habían contemplado los océanos en retirada hundiéndose sombríamente en sus tumbas y llevándose consigo la esperanza y la promesa del mañana de un mundo. La luz solar se estrellaba contra las cumbres con un resplandor que hacía daño a la vista; aunque, sólo un poco por encima de ellas, las estrellas alumbraban con firmeza en un cielo más negro que en cualquier noche invernal de la Tierra.
Es decir, para Wilson, apasionado de la conformación de los estratos terrícolas e investigador de los lunares, era natural que reflexionara, antes de que hubiere vida en la Tierra, ¿cómo eran las aguas del Mar de las Crisis? ¿las crestas serían testigos de la probable vida en la Luna?
El protagonista siente una tremenda curiosidad por el mundo lunar que le rodea, pues, aunque pequeño, presentaba algunos enigmas. Continuó:
…cuando mi ojo captó un reflejo metálico en lo alto de la arista de un gran promontorio que se proyectaba hacia el mar, unos cincuenta kilómetros hacia el Oeste. Se trataba de un punto de luz impreciso, como si una estrella hubiese sido arrancada del cielo por uno de aquellos crueles picos, y me imaginé que alguna pulida superficie rocosa captaba la luz solar y hacía las veces de un heliógrafo directamente hacia mis ojos…
Esa luz es una señal que, a modo de telégrafo, transmite el aviso de que alguien o algo ha dejado un atento recado, precisamente en ese espacio.
La idea podría ser de un enajenado, pero Wilson —antiguo conquistador de otras cúspides—, se deja guiar por su intuición. Entonces, propone inspeccionar el terreno y rastrear y ubicar el origen de la luz.
Tal extravagancia provoca las risas de sus compañeros, quienes argumentaron: no hay vida inteligente en la Luna; apenas hay pequeños rastros de plantas primitivas. Si vamos y no hay nada, se reirán de nosotros.
Wilson jugándose el todo por el todo, decreta que él lo hará, porque “hay ocasiones en las que un científico no debe tener miedo a hacer un poco el ridículo.”
Con esta frase queda confirmado, la necesidad de desvelar lo desconocido, supera el miedo a las críticas o a las burlas, especialmente cuando se trata de ciencia o de arte.
Prosiguiendo con el cuento, Wilson y Garret escalaron el macizo, mientras el conductor los espera en la planicie. Al llegar, descubren un artefacto. Lo describe como: “una estructura reluciente y más o menos piramidal, que doblaba en altura a un hombre, y que se hallaba empotrada en la roca como una joya gigantesca y de múltiples facetas.”
Tardaron 20 años en allanar la máquina. Entonces comprendieron lo ocurrido y de lo que realmente se trataba (lo que aquí no se dirá). Wilson admitió que ya había intuido la respuesta desde que la miró por primera vez (la que tampoco se dirá).
Los personajes fueron más allá de lo permitido, exploraron otros territorios y abrieron la puerta a un conocimiento inédito e inesperado. Toda una odisea.









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