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Ensayo, Opinión 0

Luna de Ariosto

· febrero 19, 2015

Pablo Manuel Rojas Aguilar

Ludovico di Piero guardaba en su memoria una imagen: el roce secreto de una amada, entre sus manos taciturnas de poeta. Cuando cumplió cuarenta y cinco años, la soledad humana había cargado sus ojos de antiguo llanto, de sueños perdidos, ahogados entre las oscuras aguas de la luna.

El recuerdo inexistente de su amada era motivo suficiente para prolongar su vida. Después de saber que Ariosto encontró en la luna todo lo que perdió en la tierra, se dio a la tarea de cifrar planos espaciales para llegar al gran astro… Estaba seguro de que llegaría a la luna; nadie le creyó.

Pensó, como Antonioni de Luca, en atarse veintitrés palomas a los brazos y aletear hacia el cielo; pero recordó que ningún ave ha llegado a la luna. Pensó en emular las alas del aéreo Ícaro, y diseñó unas propias, hechas para su robusto cuerpo; pero el calor de su carne desprendió la cera y las plumas fueron desbaratadas por el viento, al tiempo que la mar roía los pilares de la peña donde se posaba. Pensó en diseñar cohetes impulsados por agua, en sandalias elevadas por águilas y buitres, e incluso se dio a la búsqueda del Hipogrifo de Ariosto… todo fue en vano.

Soñando en su amada, Ludovico di Piero miraba largamente la luna, la misma luna que miró Ulises mientras soñaba (preso en la isla de Calipso) en su amada Penélope; la misma luna escarlata que miró Quevedo; la negra luna trágica de Apolodoro.

Después de todos sus fracasos, se sentó en la arena y el mar comenzó a lamer sus sandalias. En ese momento, la luna se “enterró” en el océano… Arrojado a la impaciencia, construyó una torpe escalera con leños roídos que encontró en la playa, y subió a su embarcación dirigiéndose a la luna. Se acercó lo suficiente, y colocó la escalera sobre la lunecida piel a fin de ascender al encuentro con su amada. Y ya había alcanzado la mitad de los peldaños, cuando el manso oleaje se tornó en encrespadas olas frenéticas. A pesar de sus fatídicos intentos, la brusca corriente marina absorbió, cual Caribdis, la escalera, y el despedazado corazón del infeliz Di Piero…

Con la embarcación perdida, nadó hacia la playa, henchido de dolor (hubiera sido mejor ahogarse); sin embargo, los dioses no olvidaron a su lunático hijo, pues mientras se arrastraba sin esperanza sobre la arena, halló la voz de su amada en una caracola.

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