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Luis Buñuel, un combate con la realidad

· agosto 4, 2017

Antonio Bello Quiroz

 

Los olvidados la vida no tuvo tiempo de acariciarlos… Jacques Prévert

 

El 29 de julio de 1983 en la Ciudad de México fallece el cineasta Luis Buñuel, autor de la rebeldía y la poesía cinematográfica. Desde sus primeras incursiones en la realización se revela como un apóstata, va en contra de su formación religiosa y las costumbres y convenciones sociales en las que fue educado en su infancia y juventud pasada entre hermanos corazonistas y jesuitas.

Muchos son los cambios que la filmografía de Buñuel va experimentando en sus diferentes etapas (en Francia, España, Nueva York y México), pero hay, sin embargo, imágenes que se recurren en prácticamente todas sus películas: su obsesión por las piernas y zapatos como ocurre en Tristana, a quien le cortan una pierna, o en Ensayos de un crimen donde el maniquí de la hermosa Miroslava Stern pierde una pierna al ser llevada al horno, o el zapato de Gloria en Él durante el lavatorio de pies. Realizador de sus fantasmas obsesivos llevados a la imagen, el cineasta utiliza con frecuencia un extraordinario recurso para hacer “ver” la realización de los deseos más oscuros y escondidos de sus personajes: el sueño, incluso basta cerrar los ojos para que toda la potencia del deseo se realice. Así lo podemos ver con el personaje de Pedro en Los olvidados; también ocurre en Bella de día, donde en los sueños y las ensoñaciones ella se muestra en las formas más indecibles de humillación: en sueños es “otra” mujer.

El cineasta nacido en 1900 (mismo año en que Freud publica La interpretación de los sueños) en Calanda, España, hace que la realidad hable más allá de los convencionalismos o máscaras que se le quieran imponer. Establece una batalla cuerpo a cuerpo con la realidad, como señala Octavio Paz en El poeta Buñuel. Lo mismo hace hablar a la alta burguesía, mostrando sus falsedades y más oscuras pasiones (como en El discreto encanto de la burguesía o en Ese oscuro objeto del deseo), que hace hablar a la miseria y su crueldad sin límites en Los olvidados. Otra realidad que se revela en el cineasta por encima de la realidad convencional es el erotismo. Aunque Buñuel en reiteradas ocasiones señala que no le agrada la pornografía, en su filmografía no deja de estar presente la sexualidad, el amor y el erotismo, siempre sugerido, velado, dejado a la imaginación del espectador. Quizá el ejemplo más claro lo podemos ver en la secuencia de escenas de El fantasma de la libertad, donde un desconocido, en un parque, les muestra y da una serie de fotografías a dos niñas que pasean con su niñera. El desconocido les hace la advertencia de que no pueden mostrarlas a los adultos; deberán guardar el secreto. Se supone algo placentero y gozoso por la sonrisa pícara de las niñas. Ellas no cumplen con el acuerdo y se las muestran a los padres; ellos, escandalizados por las imágenes, despiden a la niñera. El rostro de los padres ante las imágenes sugiere lo prohibido; sin embargo, cuando se revelan al espectador resultan ser imágenes de arquitectura turística. Lo prohibido y perturbado está en la mente del espectador.

Perturbadora y cruda resulta la forma en que Buñuel nos muestra la realidad en Los olvidados. ¿Quiénes son los olvidados, los niños, la sociedad marginal, el país todo? El argumento no fue sacado de una novela, como ocurre con muchas de las películas del realizador naturalizado mexicano. No, el argumento es parte de los archivos penales, los recursos son tomados de casos reales, como señala la introducción de la película. La película es una secuencia de violencia, crueldad e indiferencia sin pausa y salida, hasta volverse insoportable, angustiante. Pedro, el personaje central, es perseguido sin salida por la fatalidad representada por el Jaibo. El problema no es la pobreza, es la imposibilidad de salir de ella. Es, en una palabra, un film de una realidad desoladora, la esperanza que representa la niñez en los discursos edulcorados muere en un ambiente de la más terrible desolación. Los olvidados nacen juntos y a la vez lejos de poder incorporarse a esa ciudad que al fondo se refleja moderna, pujante, en construcción. Los olvidados son los huérfanos de una sociedad que se levanta ante ellos indiferente. Son los marginados de la modernidad. El abandono de la niñez se da en cualquier parte, una favela de Brasil, por ejemplo; sin embargo, el abandono, el olvido a lo “mexicano” se juega en la indiferencia de la madre. En México, la madre es la única que no abandona, que protege a sus hijos a pesar de lo que sean, pero en el film no, en Los olvidados las madres abandonan, corren a sus hijos, los olvidan. Ante tal abandono, los huérfanos de la película buscan la solidaridad, el lugar en el Otro, en la pandilla, en la “comunidad” y complicidad que ellos conforman.

La cinta fue realizada en 1950, pero no pierde vigencia. La niñez, la adolescencia se vive en la actualidad con el mismo sentimiento de desolación e indiferencia. Ahora no sólo en los barrios marginales sino en todos los estratos sociales, el olvido de la niñez es más severo que nunca.

En Buñuel con mucha frecuencia la verdad se encuentra de lado de los locos, los desadaptados, los parias, aquellos que son indeseados en la sociedad justamente porque portan el siempre sospechoso estandarte de la autenticidad. Así ocurre con Nazarín (basada en la novela de Pérez Galdós), un cura quijotesco cuya mayor virtud es tomada como su mayor defecto, su concepción auténtica de vivir el cristianismo contrasta con la perversidad con que los “cristianos” se comportan. Se trata de un hombre puro, dice Buñuel. Vive entre los pobres, los delincuentes, las prostitutas, como mandan los Evangelios: la humildad y la obediencia son su signo y fuente de sus castigos. Es un cura que se ve hostigado por la misma Iglesia, por la sociedad, por la policía. Le acompañan dos mujeres como sus apóstoles. Nazarín ve el rostro divino, la obra de Dios, en todos los abyectos personajes: la prostituta, el enano, la histérica. Sólo cuando se encuentra en el mayor extremo de la desolación, su fe en lo divino se va desdibujando para poner en su lugar al hombre y sus poderes de oculta solidaridad. Sólo al abandonar lo divino hace lazo social y puede aceptar lo que antes era indigno, la ayuda de los otros.

Buñuel, amigo de infancia de Dalí y García Lorca, amigo de Picasso, también de Octavio Paz, Cocteau, André Bretón y los surrealistas, fue reconocido y también detestado en su época, como lo es todo realizador original. Muestra en muchos de sus filmes lo más insoportable e indecible de la realidad, siempre realiza un combate con la realidad para poder mostrar sus desgarraduras, sus partes ocultas, íntimas. Realizó su última película Ese oscuro objeto del deseo en 1977. Película basada en una novela de Pierre Louys La mujer y el pelele. Durante un viaje en tren, Mathieu cuenta sus infortunios amorosos con Conchita (interpretada por dos actrices, Ángela Molina y Carole Bouquet) quien una y otra vez juega con él, lo trata justamente como un pelele. ¿Cuál es ese oscuro objeto del deseo? En el libro Prohibido asomarse al interior le pregunta el crítico de cine Tomás Pérez Turrent: ¿Cuál es el oscuro objeto del deseo? ¿La mujer? ¿Su sexo? ¿Su espíritu?”. Buñuel no sabe, pueden ser los tres. Nosotros aquí podemos ensayar una respuesta desde el psicoanálisis a partir de la pregunta freudiana: ¿qué desea una mujer? Gozar. Lo que Conchita quiere, y hace, es gozar, gozar de Mathieu, lo que provoca su angustia. Buñuel nos muestra en sus películas, una y otra vez, lo oscuro y profundo de su mirada de la realidad y nos deja una pregunta: ¿Cuál es tu oscuro objeto del deseo?

 

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