Antonio Bello Quiroz
La muerte aparente y la reanimación de los muertos se nos
dieron a conocer como unas representaciones harto ominosas. S. Freud.
En un documento de uso corriente entre psicoanalistas, conocido como La tercera, Jacques Lacan expresa: “¡Psicoanalistas no muertos, esperen el próximo correo!” Con esta sentencia nos advierte de la necesidad de ser no muertos para poder sostener la vigencia del psicoanálisis. Eso es justamente la posición necesaria de un psicoanalista: un “no-muerto”. También nos dice al final de este documento: “el porvenir del psicoanálisis es algo que depende de lo que advendrá de ese real, a saber, depende por ejemplo, de que los gadgets verdaderamente se nos impongan, de que verdaderamente lleguemos nosotros mismos a estar animados por los gadgets”. En otro lugar, Lacan nos va a decir que el analista ocupa el lugar del muerto. No-muerto, pero no autómata. Cuando el analista opere como un dispositivo automático, la religión habrá triunfado.
Dentro de esta serie de no muertos que hemos publicado en las dos entregas anteriores, nos encontramos con una categoría de muertos-vivientes que se muestra no solamente como una creación poética de la literatura o de la ficción sino de un fenómeno social actual. Se trata de los llamados zombis, que surgen también en el siglo XIX, como nuestros anteriores no muertos: Drácula, Frankenstein.
El origen del término zombi, o zombie, lo encontramos en la palabra jumbie, que en la India significa fantasma, según nos informa Wade Davis en un libro que ha sido traducido como El enigma zombi pero que en inglés se titula The serpent and the rainbow (La serpiente y el arcoíris). En muchas regiones africanas existen referencias a los zombi; en Nueva Guinea se refiere al dios Pitón; así también se le llama al espíritu vudú Damballah Wedo. El mito de los zombis es multicultural, aparece en diversas regiones, como la India, Nepal, África, Japón, China, América y el Caribe. No se trata de fantasmas o espectros como generalmente son concebidos los no muertos, se trata de seres encarnados y que han resucitado y con frecuencia regresan a cazar y comer vivos.
Si bien es cierto que en las últimas décadas el mundo de la literatura le ha abierto un enorme espacio en sus estanterías (se lo han ganado acaso) al género zombi, y los hemos visto como protagonistas de películas de terror desde los años ochenta, hasta ser ahora “encarnados” en manifestaciones de todo tipo y en diversas partes del mundo, sus orígenes son muy antiguos y controversiales.
Los zombis o muertos vivientes, cadáveres reanimados, tienen su origen más cierto en las religiones africanas que fueron llevadas a Haití con los esclavos. Pero, ¿por qué florecen en Haití fundamentalmente? La respuesta se aleja mucho de lo mágico-religioso, es social: porque Haití, en tanto que es el primer país de América en abolir la esclavitud, requería de nuevos esclavos: ahora esclavos mentales. La explicación de cómo se crean los zombis implica tres elementos: el cuerpo, la conciencia y la memoria. La idea central es que estas dos últimas pueden ser separadas del cuerpo humano y almacenadas por un bokor o hechicero o guardián espiritual. La zombificación se ejecuta siguiendo este proceso: el bokor o hechicero intoxica a la víctima, ésta entra en un estado de letargo parecido a la catalepsia, sus signos vitales se reducen de manera semejante a la muerte; más tarde el bokor mediante alguna droga despertará a la víctima y la hace su esclava.
Aunque se trata de una ficción, este fenómeno no deja de despertar interés en los estudiosos de la herbolaria, ya que es con uso de plantas medicinales y otras sustancias que logran “revivir” a los “muertos” y así dotarlos de una especie de orden que opera como “automatón” y son encaminados a ser esclavizados y, eventualmente, son utilizados para hacer daño a alguien designado por su “conciencia espiritual”, quien se ha convertido en su amo. Estos estados mentales son semejantes a los descritos por la psiquiatría clásica como “fenómenos elementales”, destacando el del automatismo mental. También se asemejan a quienes se encuentran esclavizados por las adicciones. Quizá por ello los zombis son utilizados con frecuencia como esclavos en las plantaciones de Haití y algunos otros países del Caribe.
En todo caso, podemos ver en el proceso de zombificación lo que desde la psiquiatría y el psicoanálisis se aborda como delirio a dos, es decir: hay un psicótico proyectado (el bokor) y un seguidor (por su voluntad o en contra de ella) que es el zombi.
El Vudú como religión, y en algunos casos la Santería, han propagado la creación de zombis como una especie de control social mediante el proceso de infundir miedo a quienes no creen en estas prácticas religiosas. Quizá esto despierte una de las mayores expresiones de lo siniestro freudiano, el temor a ser enterrado vivo.
Los acercamientos científicos a la zombificación han encontrado que tal estado de casi muerte y resurrección bien podría ser causado por una neurotoxina, llamada tetrodotoxina, que se extrae de algunas plantas e incluso de animales altamente venenosos como el pez globo. La leyenda Vudú da más a nuestros intereses: dice que el zombi eventualmente puede atacar a su creador y más tarde volver a la tumba o a la vida.
En la literatura han proliferado las historias de zombis, sin embargo, todas tienen una narrativa más o menos similar, aunque en los últimos tiempos vienen acompañadas de un ambiente apocalíptico. Si tomamos como ejemplo la novela El alzamiento de Brian Kenne, ganadora del premio Bram Stoker, donde los zombis vuelven a la vida y persiguen a los “vivientes”, haciendo de su vida una interminable pesadilla, una serie de adversidades debe enfrentar el hijo del protagonista Jim Thurmond, quien se encuentra lejos de su padre. Se trata de una novela épica donde Jim, un sacerdote y un científico debe atravesar el país para encontrarse con su hijo y en el camino tiene que enfrentarse por la sobrevivencia con vivos y “muertos”.
Pero, más allá de las especulaciones científicas y las admoniciones mágico-religiosas: ¿qué sostiene la fantasía de poder regresar de la muerte? Sin duda hay que buscar su constitución en los juegos infantiles donde es factible retornar de la muerte. También con la cuestión zombi se alimenta esa figura de lo ominoso que señala Freud ante la duda de si un ser animado sea en efecto viviente o viceversa.
Un asunto que llama la atención es la colectividad o masificación que se juega en las expresiones zombis. Se trata de no muertos que aparecen (en la literatura o el cine) en masa. Su fuerza y peligro se encuentra justamente en su número. Es decir, se trata de muertos vivientes que reivindican su deseo de hacer lazo social. Constituyen un ejército de autómatas que, ante las dificultades para hacer lazo, encuentran en la expresión zombi y desde el anonimato que da la masa un lugar al sinsentido de sus vidas.
¿Qué es lo que fascina de estos espectros de apariencia horrorosa, de aspecto informe, cuerpos desmembrados, ojos que miran desde fuera de su órbita?
¿No constituyen acaso una respuesta a la maquinización del hombre, al movimiento de objetivación que sufre hoy el sujeto? Quizá su masificación cultural esté vinculada, metafóricamente hablando como fenómeno social, con la proliferación de patologías como las adicciones, el espectro autista e incluso el suicidio.








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