José Alvarado
Suele suceder: la mañana tiene color rubio y todo objeto se ofrece a los ojos con alegría: el fragmento de un cartel sobre un muro, trémula cortina en el balcón, almena solitaria encima de casa vieja… Alguien camina y, de pronto, surge un tema en su mente. Un bello tema para hacer un ensayo, por ejemplo.
Durante unos momentos, el tema lo colma todo de claridad y de júbilo; después, suavemente, se repliega y comienza a mostrar algunas de sus aristas; brotan, incluso, las primeras frases.
Pocos días después, en tarde sobre la acera, aparece de nuevo; ofrece su rostro inicial, pero con otros rasgos: ha empezado a vivir y volverá en muchas ocasiones.
Es un tema joven y lleno de promesas, audaz y fulgurante. Alguna vez caminará en silencio y a obscuras, a través del insomnio; cierto día lanzará un relámpago en medio de la conversación y una noche será la compañía de pasos en calle negra.
El ensayo parece terminado y sólo falta el momento de llevarlo al papel. Danzan con impaciencia ideas y frases, tiemblan palabras y un pequeño mundo está a punto de nacer.
Pero el tema jamás llega a la tinta. Un día es más pequeño. Otro surge como un árbol de invierno con las hojas caídas. Las hojas son las palabras ya marchitas sin llegar a escribirse.
Acude noche de fatiga o madrugada con desesperación; el tema huye o muere; sólo deja su sombra. El ensayo acaso con innata armonía, queda para siempre inescrito.
¿Cuántos hay de estos? ¿Cuántos temas han quedado en imaginaciones de malogrados o de triunfadores?
Hay, en desconocida urbe, ciudadano sentimental: llora por los temas muertos. Algunos fueron suyos y los dejó morir.
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“Correo menor”, Diorama de la Cultura, Excélsior, México, 6 de diciembre de 1959. Reproducido de José Luis Martínez, El ensayo mexicano moderno II, FCE, México, 2002.









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