Maritza Flores Hernández
El silencio, ¡cuántas cosas encierra! Cuando mi jefe calla, todo se paraliza: desde el aire acondicionado hasta la copiadora; caemos en el terreno de lo incierto (a Usted también le ha pasado, no lo niegue). En cambio, si se trata de mi marido, casi todo es previsible: estallará, asemajando al dios huracán, destructor y fiero, o se aguantará las ganas de decirme de qué me voy a morir. En cambio, si yo soy la que enmudece, puede ser de asombro, de emoción o de regocijo. ¿Para Usted, qué significa el silencio?
El silencio vale tanto como la propia palabra, es el signo supremo de la inteligencia. Decía mi padre: “interpreta mi silencio”. Era un juego esperanzador; al fin y al cabo, después de reflexionar, alguien salía ganando.
Pienso en los silencios de Ludwing Van Beethoven: forzados, pero no ahogados ni mudos, tampoco inútiles.
El Sordo de Bonn, como se le conoce, llevaba en la cabeza armonías. Las ordenó y tradujo en la maravillosa música que nos legó. Aprovechó el distanciamiento con el ruido y frases del mundo, para escribir más sinfonías, óperas, misas, sonatas.
Una de sus obras más populares, Himno a la Alegría u Oda a la Alegría (Novena sinfonía), presenta una innovación, consistente en la inclusión, al inicio y al final de la obra, de una parte coral.
Basada en el poema “Oda a la Alegría”, de Schiller, versión de 1808, recoge el milagro que las pausas silentes pueden dar. Es decir que Beethoven construyó con notas musicales lo que para él constituía el utópico anhelo de la fraternidad.
Unos versos del famoso poema de Schiller servirán para comprender su importancia.
¡Alegría, hermoso destello de los dioses,
hija del Elíseo!
Ebrios de entusiasmo entramos,
diosa celestial, en tu santuario.
Tu hechizo une de nuevo
lo que la acerba costumbre había separado;
todos los hombres vuelven a ser hermanos
allí donde tu suave ala se posa…
…Gozosos como vuelan sus soles
a través del formidable espacio celeste,
corred así, hermanos, por vuestro camino alegres
como el héroe hacia la victoria.
¡Abrazaos millones de criaturas!
¡Que un beso una al mundo entero!…
Los largos mutismos de Beethoven no eran grosería, como mucha gente lo creyó; sino puentes entre el clasicismo alemán y el romanticismo. Esto es, la posibilidad de que los imposibles fueran ciertos:
…¡Abrazaos millones de criaturas!
¡Que un beso una al mundo entero!…
Es tal la exaltación de esta idea, que él mismo escribió las frases introductorias a la parte coral de la sinfonía:
…¡Oh amigos, dejemos esos tonos!
¡Entonemos cantos más agradables y llenos de alegría!
¡Alegría! Alegría!…
Aunque la mayoría carece de la genialidad de Beethoven, sí puede explicar el sentido de algunos silencios; también los cortos, los que estan entre las letras.
El poeta argentino Roberto Juarroz, en su poema “El silencio queda entre dos palabras”, comparte lo siguiente:
…Así como cada voz tiene un timbre y una altura,
cada silencio tiene un registro y una profundidad.
El silencio de un hombre es distinto del silencio de otro
y no es lo mismo callar un nombre que callar otro nombre.
Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado a deletrearlo.
Sin embargo, la lectura del silencio es la única durable,
tal vez más que el lector.
Efectivamente, si se descubre lo que evidencia la ausencia de sonidos o gestos, en cada persona, evento o en una fracción del universo, seguramente se estaría frente al tesoro más valioso. Imagine la cantidad de preguntas desveladas. El sinúmero de dudas, reproches, respuestas, amores, etcétera, revelados.
Sin embargo, como lo advierte el porteño Roberto Juarroz, esta supresión de voces y señales suele ser persistente, difícil de desentrañar, por eso durable; y a veces, eterna.
Qué bueno que, al menos, ya sabemos en parte lo que significaron los silencios de Beethoven: música y hermandad.
Entonces, no debería soprenderle que la afonía de su pareja, en realidad, sea una sincera promesa de encontrase en su silencio (en el de Usted, con Usted).








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