Miguel Samsa
Las historias de la filosofía canónicas nos han acostumbrado a ver su desarrollo como una secuencia lineal iniciada en Grecia, durante el siglo VI a.C. y desarrollada, de manera ininterrumpida, como un conjunto de líneas de pensamiento bien definidas, que se extienden y reformulan hasta nuestros días.
Esto ha dado lugar a una visión monolítica donde las problemáticas, los métodos, las influencias e incluso los debates, están rigurosamente enmarcados dentro de una tradición que pareciera seguir un desarrollo “natural” del pensamiento occidental. Y bajo tal perspectiva se han organizado no sólo los manuales de Historia de la Filosofía, sino incluso los mismos estudios profesionales de esta disciplina: el aspirante a filósofo profesional, en su formación, debe atender a este desarrollo secuencial, donde cada una de las problemáticas, teorías y doctrinas pareciera ser la consecuencia lógica de su antecesora.
Ello equivale a realizar un paseo por el bosque siguiendo siempre los senderos ya marcados para el circuito turístico bajo la consigna de que será vano —e incluso descabellado, si no es que peligroso— cualquier paso que intente aventurarse más allá de ese circuito, pues el paseante puede extraviarse en lo no filosófico.
A principios del siglo XX, Jacobo Rabinovich se atrevió a adentrarse en esos senderos. Sus exploraciones, iniciadas de una manera casi azarosa, dieron como resultado una obra breve (en comparación con los tratados históricos tradicionales) pero contundente. En su Breve relación de los filósofos olvidados (Barcelona, 1937) —que he tomado como referencia en notas anteriores—, explora las teorías planteadas por pensadores de los periodos clásico y helenístico que fueron dejadas fuera de la historia tradicional de la filosofía debido a la pérdida (voluntaria o fortuita) de las obras ahí mencionadas, pero también al descrédito que sus autores sufrieron por parte de sus contemporáneos.
Para Rabinovich la Historia es un relato con una función legitimadora, pues permite establecer un linaje y, en este sentido, reclamar o establecer derechos y privilegios para quien lo narra. Así, al centrar el desarrollo de la filosofía en un conjunto cerrado de teorías, escuelas y problemáticas, se privilegia, justamente, una modalidad de discurso filosófico, un conjunto de métodos de reflexión y, al mismo tiempo, se marca una clara distinción entre lo que es y no es lícito pensar dentro del ámbito filosófico.
Pero tal mirada, enfatiza Rabinovich, deja fuera otras posibilidades de desarrollo que efectivamente ocurrieron pero que fueron descartadas, al no encajar dentro de la tradición establecida. Para el caso de la filosofía, señala, las teorías o escuelas excluidas pasaron a ser “los parientes locos, enfermos o viciosos de una familia aristocrática empeñada en defender a toda costa su buen nombre”.
Líneas arriba me refería a que la obra más conocida de Rabinovich fue resultado en buena medida del azar. Según lo cuenta él mismo en sus Diarios medio orientales, publicados de manera póstuma, durante un paseo por Estambul a principios de los años veinte, Rabinovich —quien al finalizar la Primera Guerra se había iniciado como vendedor de libros antiguos, adquiridos a coleccionistas arruinados o sustraídos de bibliotecas dañadas o abandonadas durante la guerra— adquirió en un bazar un lote de antiguos libros griegos, a un precio que él calificó como “irrisorio”. Su interés inmediato había sido venderlos a algún coleccionista londinense.
Sin embargo, al hojearlos se encontró con un conjunto de obras y autores de quienes se carecía de noticia alguna. Rabinovich consideró la posibilidad, dada la extravagancia de las ideas contenidas en esos textos, de que se tratase de una elaborada y compleja falsificación. Intrigado, abandonó por completo el proyecto de venta y pasó los siguientes diez años empeñado en probar la autenticidad del lote adquirido en Estambul.
Dicha investigación no sólo dio como resultado su Breve relación de los filósofos olvidados sino también una nueva perspectiva de la historia de la filosofía. Para nuestro autor, la riqueza cultural de la Grecia antigua, así como su activo comercio y los intercambios amistosos y bélicos con los pueblos vecinos dieron como resultado la floración de una amplia diversidad de doctrinas en toda la región, muchas de ellas de manera simultánea, cuyos derroteros no siempre coincidieron. Dicha multiplicidad de escuelas continuó incluso durante el periodo helénico, favorecida por los aportes latinos, así como de los pueblos bárbaros que se romanizaron de manera paulatina en los siglos posteriores.
La historia de la filosofía desde esta perspectiva e incluyendo a toda la diversidad de las escuelas, lejos de mostrarse como un arroyo que fluye de manera continua hasta convertirse en un ancho y caudaloso río, sería más semejante a los caprichosos derroteros ocasionados por una lluvia torrencial, que abre una cantidad infinita de cauces, algunos más abundantes que otros y donde cada uno sigue una dirección diversa de duración variable.
Pero tal diversidad, asegura Rabinovich, fue ocultada por el predominio, primero de las escuelas platónica y aristotélica, que establecieron una línea discursiva al definir cada una a sus respectivos rivales teóricos —lo cual dejó fuera de la “tradición filosófica” a todas aquellas escuelas ajenas al interés de los dos filósofos predominantes—. Y tal olvido se acentuó con la consolidación del Cristianismo, que convirtió al platonismo primero y al aristotelismo después en las piedras angulares de sus postulados. Todas las demás teorías filosóficas ajenas a estas escuelas fueron negadas por los filósofos cristianos o, en el mejor de los casos, reducidas a herejías y perseguidas.
Así, la historia de la Filosofía, “al igual que esos árboles enanos tan apreciados por los japoneses, fue podada, mutilada y obligada a crecer en un espacio minúsculo, donde sólo podía prosperar lo que el jardinero, diestro en tal arte, decide que es digno de mostrar al público”.









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