Antonio Bello Quiroz
Yo sigo jugando a no ser ciego, sigo
llenando mi casa de libros.
J. Luis Borges
Pocos instrumentos han traído tantos beneficios y a la vez han sido tan peligrosos para la humanidad como los libros. Los libros pueden exaltar o envilecer, seducir o asquear; magnificar la sensibilidad o banalizarla. Los libros han sido los mensajeros y contienen las crónicas de los encuentros del hombre con Dios, han sido los correos del amor, lazos comunicantes entre los hombres de todas las épocas.
El 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro y es motivo para observar de cerca ese objeto que ha acompañado a la humanidad, que es para Borges el más asombroso de los instrumentos que el hombre ha inventado, extensión de su espíritu y no de su cuerpo.
Más allá de la que ya va siendo vieja sentencia de muerte del libro, con independencia de su formato, el libro es una de las encarnaciones del triunfo sobre la muerte; los autores deberán morir, algunos libros nunca.
Georges Steiner afirma que “los que queman libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen”. Saben lo que hacen porque al echarlos a la hoguera reconocen que el poder de los libros es incalculable. La historia de la humanidad está plagada de momentos en que los totalitarismos de más diverso cuño han tenido la peregrina idea de que eliminando los libros se elimina el peligro que encarnan, se elimina al otro, el diferente, y así se mantiene la pureza.
Quizá el momento que está más presente en la memoria moderna es la tarde del 10 de mayo de 1933, cuando en la Opernplatz de Berlín, 70 mil estudiantes habían llevado más 20 mil libros para echarlos a la hoguera bajo el discurso cargado de odio de su líder Herbert Gutjahr: “Hemos dirigido nuestro actuar contra el espíritu no alemán. Entrego todo lo que representa al fuego”, vociferó este joven de 23 años. Los libros se habían vuelto peligrosos y fueron retirados de los estantes de las librerías públicas. Las obras de Marx, Freud, Henrie Heinch conocieron el fuego en ese evento que presidía el lugarteniente de Hitler, Joseph Goebbels, y en su discurso literalmente incendiario sostenía que “la época extremista del intelectualismo judío ha llegado a su fin y la revolución de Alemania ha abierto las puertas nuevamente para un modo de vida que permita llegar a la verdadera esencia del ser alemán”.
Pero no han sido los nazis los únicos ni los primeros que han mandado a los peligrosos libros a la hoguera. En la China imperial de 212 a.C., en la provincia de Qin Shi Huang no sólo quemaron libros sino a sus autores que se opusieron a entregarlos. Otra célebre quema de libros es la de la Biblioteca de Alejandría en el año de 292 a.C., ordenada por el emperador Diocleciano. En Europa conocemos la que se dio en llamar “la hoguera de las vanidades” en Florencia, donde fueron quemados libros y obras de arte promovida por el religioso dominico Girolamo Savonarola. En nuestra América también la barbarie religiosa ha hecho de las suyas: el sacerdote Diego de Landa, el 12 de julio de 1562, en la localidad de Maní (Yucatán), instruye la quema de códices mayas con el argumento de que contenían “superstición y falsedades del demonio”.
Con los libros se busca eliminar todo aquello que sea contrario a los regímenes totalitarios: quemando libros se busca eliminar la palabra del otro, del disidente; se busca eliminar la diferencia, por tanto no puede ser sino un acto de auténtico odio. A comienzos del siglo XVI los andaluces en la península ibérica tenían que entregar los libros escritos en árabe; sin embargo, y por fortuna, por convenir a sus intereses se salvaron los de medicina, filosofía o historia.
Los militares de toda latitud han sido de los principales incitadores a la quema de libros, tal como ocurrió en Chile bajo las órdenes del dictador Augusto Pinochet: después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 requisaron los libros de los disidentes políticos. Lo mismo ocurrió en Argentina, donde la dictadura quemó un millón de libros. El general Luciano Benjamín Menéndez se justificó: “De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán los enemigos del alma argentina.”
Los que queman libros saben lo que hacen, saben que el encuentro con el libro cambia la vida: el libro nos convertirá, nos abrirá a ser algo más de lo que somos, nos enseñará ideologías desconocidas, mundos ajenos, nos mostrará la otredad, y por eso son peligrosos estos portadores de la lengua. El libro está ahí, esperándonos, en una vuelta de la mirada, en el lugar y momento menos pensado. En un polvoriento estante, olvidado, está el libro que nos dará nueva vida. De esto Borges sabía algo e hizo su mitología: un libro auténtico nunca es impaciente, escribía.
Del otro lado de los que queman libros se encuentran quienes los acumulan, para quienes los libros son joyas, no tanto por su contenido sino por el objeto mismo que son. El psicoanalista Néstor Braunstein nos regala la historia de Antoine-Marie Henry Boulard, un amante de los libros. Un hombre ordinario, un infame como decía Foucault, que coleccionaba libros. Se nos dibuja como un hombre cuyo mayor escándalo en su vida lo protagonizó con su mujer una noche que no llegó a dormir a su casa por haberse quedado en otra casa acomodando los libros que cargaba en tres carros y que había comprado la víspera. La mujer lo perdonó bajo la consigna de no comprar un libro más.
Este personaje, descrito por el psicoanalista como un viejo digno y canoso que recorría las librerías de usado y se embriagaba del olor del papel, pero, vaya sufrimiento, no podía ya adquirir lo que husmeaba. Cayó enfermo de una grave melancolía, sólo así pudo obtener permiso de comprar los libros que quisiera. Su pasión no apuntaba a la lectura sino al libro mismo como objeto. Se trataba más de un bibliómano que de un bibliófilo. Se trataba de un bendito maniaco del libro.
Bibliófilos sí los hay y muy grandes, verdaderos amantes empedernidos de los libros, no tanto como objetos (sin dejar de apreciar las ediciones, las formas) sino por su contenido. Tanto ha sido su amor por los libros que consagraron su vida a exaltar su relación con ellos, a vivir con ellos. Es el caso de Jorge Luis Borges, “El bibliotecario valiente”, como le llamaba Roberto Bolaño. Borges imaginaba al paraíso como una gran biblioteca, y su vida no le era concebible sin los libros.
Otro excelente bibliófilo fue el escritor Georges Bataille, el autor de Erotismo, El Ojo, golosina caníbal o Las lágrimas de Eros. Pasó buena parte de su vida entre la biblioteca y el burdel, fue bibliotecario y medievalista de la Biblioteca Nacional de París de 1924 a 1942, y director de la Biblioteca Municipal de Orleáns de 1951 a 1962.
Frente a los que queman libros, los bibliómanos que los acumulan y los bibliófilos que los aman, lamentablemente tenemos que padecer, muy en nuestros días, a los despreciadores de los libros, los que recomiendan no leer y los que no pueden recordar tres libros que les hayan marcado y pretenden así gobernar una nación que reconoce en los códices (en latín codex significa “libro manuscrito”) y en los tlacuilos (“los que escriben pintando”) un valor fundamental.








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