Maritza Flores Hernández
El pasado del hombre está tan lejos de él como la piel que lo envuelve. No obstante, se voltea poco a verlo. ¿De qué sirve mirarse en el espejo del pasado? ¿Se tiene el valor para hacerlo? ¿Se está dispuesto a conocer los “oscuros” secretos de la familia, sus “inconfesables” pasiones? ¿O se prefiere ver sólo lo agradable o lo menos molesto?
Aunque se cree que la genealogía es propia de los reyes, la realidad es que cada hombre es un árbol genealógico y a su vez es rama y raíz de otros; por eso, dibujarlo, describirlo, reflexionarlo, es reconocer no sólo la herencia propia, sino también la del universo.
Si consideramos que el hombre es una sustancia que cambia todo el tiempo, que se mueve y avanza desde su interior, variando su pensamiento conforme a las nuevas necesidades, pasando del invento y la creación a la reinvención y recreación, resulta natural que poco se pregunte por su pasado, pues lo suyo es caminar todo el tiempo hacia el futuro; sin embargo, es necesario hacerlo.
La herencia del hombre no se limita a la trasmisión de los genes con todo y sus modificaciones físicas y psicológicas, sino que incluye las evoluciones y revoluciones topográficas, ecológicas, históricas: nacimiento y muerte de naciones, costumbres y lenguas.
El espejo de suyo es una ficción, pues habla de una dimensión donde se percibe una imagen que, sabemos, no existe realmente; no obstante, el pasado contiene hechos, actos, no sólo imágenes.
Si mirásemos a nuestros antepasados, no al homo sapiens, quien habitó hace trescientos mil años, sino a uno más reciente, por ejemplo, a alguien de hace mil o quinientos años, ¿se estaría en la aptitud de asimilar las imágenes que nos llegarían del tatarabuelo de nuestro heptabuelo? ¿Qué tanto comprenderíamos su conducta?
Cuando se cree que las cosas no nos afectan, es fácil decir: “en su tiempo eso era natural”, “era lo normal”. Al respecto, ilustra el conocido caso del príncipe Guillermo, duque de Cambridge, segundo en la línea de sucesión al trono inglés.
El príncipe Guillermo es hijo de Carlos, príncipe de Gales, y de lady Diana. Nieto de Isabel II, reina del Reino Unido de Gran Bretaña y de Irlanda del Norte y soberana de la Comunidad Británica de Naciones (Commonwealth), que incluye a 53 países, y de Felipe, duque de Edimburgo.
Por lo tanto Guillermo, después de su padre, el príncipe de Gales, heredará todos esos títulos, prerrogativas, privilegios, responsabilidades y deberes. Y deberá llevar con dignidad toda la carga de su pasado, lo cual puede resultar no tan fácil. Entre sus parientes y antecesores se cuentan:
El rey Eduardo VIII, quien abdicó al trono por amor, en un momento en el que la nación británica y toda Europa se enfrentaban a conflictos nunca antes vistos —creados por la Alemania nazi—, que a la postre detonarían la Segunda Guerra Mundial.
La reina Victoria, quien logró casar a todas sus hijas e hijos con las coronas del mundo; fomentó las artes y las ciencias; creó la costumbre del té y proveyó a la lengua inglesa —hablada en Inglaterra — del acento británico que ahora conocemos, distinguiéndola de este modo del acento australiano y norteamericano.
El legendario rey Enrique VIII, quien decapitó a tres de sus esposas —no existía el divorcio—. La reina Isabel I, de quien se ha dicho alentó la piratería, dominaba los mares, mientras ordenaba la ejecución de su media hermana María Estuardo, reina de Escocia.
No cabe duda, cada uno de estos reyes se vio inmerso en acontecimientos que cambiaron el curso de la historia. Hechos y actos en los que todas las personas de su época participaron, aunque no sean famosas.
¿Cuántas de esas personas “no famosas” son ascendientes más o menos remotos de cada uno de los individuos que habitan las viviendas, los barrios, las ciudades, los países de este mundo? ¿Cuál es la lectura actual de aquellos sucesos? ¿Cómo el conocimiento y educación del siglo XXI influyen en esa interpretación?
Así como el príncipe Guillermo, duque de Cambridge, lleva consigo el bagaje cultural e histórico de todos sus predecesores y ancestros —trascendiendo generaciones—, lo mismo ocurre con cada hombre.
En efecto, mirar hacia atrás, implica dejar al espejo —débil reflejo de cualquier mortal—, para reconocer las tribulaciones vividas por los que nos han precedido; los porqués de sus buenas o malas decisiones y de la actitud tomada ante los indefectibles de la vida.
También, se asume el origen de algunas creencias, prejuicios y valores heredados de familia en familia, de generación en generación. Entonces, es posible apropiarse del pasado y con libertad decidir el presente, con la certeza de la importancia que cada ser humano tiene en el devenir histórico.
Conocer la propia genealogía significa entender el porqué de las comunidades, la formación de naciones, el desarrollo de los países, e incluso encontrar el origen de los temores o la necesidad de las precauciones.
Tal vez por eso la mayoría de los pueblos antiguos tienen un “árbol de la vida”, una especie de mapa que traza los vínculos entre todos los seres. Hasta las religiones antiguas o no, persa, egipcia, judía, católica, musulmana, budista, etcétera, creen que existe un origen común y fuerte que enlaza la vida de todos.
Aceptar que existen hechos ordinarios o extraordinarios, que cambiaron el rumbo de la vida en la tierra, debería fortalecer el sentido de supervivencia, y la conciencia de que, finalmente, cada persona es un fragmento del gran árbol de la vida humana.









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