Mariela Arrazola Bonilla
Últimamente hemos escuchado que se han abierto varios espacios museísticos en la ciudad; todos espacios de pequeño o mediano tamaño. La Casa de la Música de Viena en Puebla, que es una licencia de la Haus der Musik de Viena dedicada a promover el aprendizaje y la apreciación de la música; el Museo del Ejército y Fuerza Área Mexicanos y el Museo Tesoros de la Catedral son algunos de los espacios con mejor recibimiento por parte del público.
Sin embargo, de no ser por el número de visitantes que reciben es difícil medir el impacto que la apertura de dichos sitios tiene en el público. Efectivamente suman a la oferta cultural de la ciudad y contribuyen también, sin duda, al resguardo del patrimonio de la comunidad; pero esto no cataliza el potencial e los museos como espacios generadores de comunidad, de conciencia, es decir, como los espacios de encuentro social que deben ser.
Según la definición del ICOM, actualizada en el año 2007, un museo “adquiere, conserva, estudia, expone y difunde el patrimonio… con fines de estudio, educación y recreo”. Esta definición, que es ampliamente aceptada en el hemisferio occidental, tiende a ser olvidada. En muchos casos, dentro de política cultural gubernamental el museo se reduce a un simple espacio recreativo, y como consecuencia la inversión en la creación de este tipo de espacios se vuelve objetable en un país con altos índices de pobreza extrema.
En los últimos años uno de los mejores ejemplos de un museo que sí tiene un alto impacto social y cultural lo encontramos fuera de las manos del Estado, en la iniciativa privada. Es decir, resulta del esfuerzo de personas con un fin común: difundir la importancia de la tolerancia, la no violencia y los derechos humanos. Me refiero al Museo de la Memoria y Tolerancia en la ciudad de México, ubicado a un costado de la Secretaría de Relaciones Exteriores. La misión de este museo consiste en crear conciencia a través de la memoria histórica y los derechos humanos; sus objetivos: fomentar valores, confrontar al visitante, fomentar la reflexión, educar y crear conciencia.
Museo Memoria y Tolerancia. Foto: MYT.
En sus cinco pisos uno puede recorrer la historia del genocidio: el Holocausto, Camboya, Ex Yugoslavia, Darfur, Ruanda y Guatemala, son las principales exposiciones permanentes. Se trata de un excelente trabajo museográfico que logra conmover, no sin antes confrontar al visitante con momentos de la historia donde la humanidad se vio puesta en jaque. Todo en el museo tiene una razón de ser, cada elemento se vuelve parte de una historia hábilmente relatada a través de imágenes, textos, audios, videos y objetos.
Destaca, por ejemplo, un vagón de origen polaco que transportaba judíos a los campos de concentración y al que se lleva al visitante para que al entrar logre ponerse en los zapatos del otro y se genere empatía. Es decir, a través de todos los sentidos se logra recordar al público como a fin de cuentas todos debemos ser iguales, como todos debemos fomentar una cultura de los derechos humanos, de la memoria histórica y de la tolerancia.
Exposición Genocidios, Holocausto. Foto: Mariela Arrazola, Cortesía del MYT
Foto: Mariela Arrazola, Cortesía del MYT
El recorrido no es sencillo, y es para mayores de 15 años, pero bien vale la pena visitarlo para recordar para qué sirven los museos y qué debemos exigir cuando nuestros gobernantes nos quieran recetar nuevos espacios expositivos.
Sala de exposición. Vagón de origen polaco utilizado durante el Holocausto. Foto: CNN.
——
Facebook: https://www.facebook.com/mariel.arraz
Twitter: @MarielaArrazola










No Comments