Thorton Wilder
(fragmento)
LXXII. De Calpurnia a su hermana Lucía
(15 de marzo)
Cada día previo a su marcha adquiere nuevo y acrecentado valor. Me avergüenza no haber comprendido antes con más claridad toda la entereza que exige ser esposa de un soldado.
Ayer por la noche comimos con Lépido y Sextilia. Estaba también Cicerón, y la reunión resultó muy alegre. Mi esposo me dijo después que nunca había sentido tanta amistad hacia Cicerón ni de su parte, y eso que discutieron tan agriamente que Lépido no sabía adónde mirar. César hizo un relato de la revolución de Catilina como si se hubiese tratado de una conspiración de ratones contra un gatazo receloso llamado Cicerón, y para ilustrarlo se levantó de la mesa y empezó a pasearse por la estancia registrando los rincones. Sextilia se rió tanto, que le dio un calambre en el costado.
Cada día descubro en mi marido a un hombre diferente.
Nos retiramos temprano, antes de oscurecer, y me pidió que le permitiese mostrarme ciertos lugares de la ciudad particularmente amados. Yo estaba ansiosa por hallarme bajo techo, como te podrás imaginar, pero he aprendido a no suplicarle que sea prudente. Sé que tiene absoluta conciencia del peligro y que corre esos riesgos con toda lucidez. Caminaba junto a mi litera seguido por unos pocos guardias. Le llamé la atención sobre un enorme etíope que también parecía seguirnos, y me explicó que en cierta oportunidad había prometido a la Reina de Egipto que nunca pondría objeciones a la presencia de este servidor y que desde entonces el negro había aparecido y desaparecido misteriosamente infinidad de veces, permaneciendo en algunas ocasiones parado frente a nuestra casa toda la noche, y otras siguiéndolo tres días seguidos. Es una figura siniestra, pero mi esposo parece haberse encariñado con él y en varias oportunidades le dirigió la palabra.
Se estaba levantando un poco de viento, anunciador de una tormenta próxima. Bajamos la colina y recorrimos el foro, deteniéndonos aquí y allá para que él recordara un momento de la historia o de su propia vida.
¡Cómo posa su mano sobre lo que ama y cómo inquiere en mis ojos para asegurarse de que comparto su evocación!
Caminamos por las callejas oscuras y me señaló la casa donde había vivido diez años en su juventud. Después nos paramos al pie del Capitolio, y ni siquiera cuando estalló la tempestad y los paseantes se dispersaron como hojas barridas por el viento apresuró su paso. Me hizo beber de la fuente de Rea (que tenía fama de conceder fecundidad).
¿Cómo es posible que me sienta la más feliz de las mujeres y esté al mismo tiempo tan embargada de presentimientos sombríos?
Nuestra pequeña excursión fue una cabal imprudencia y ambos pasamos la más agitada de las noches. Yo soñé que el tímpano del edificio se desplomaba por la tormenta y caía hecho pedazos sobre el piso, y cuando desperté le oí murmurar a mi lado. Él despertó también, me arrojó los brazos al cuello, y pude sentir entonces el palpitar furioso de su corazón.
¡Oh, que los Dioses Inmortales nos protejan!
Esta mañana parece no estar bien. Se había vestido ya del todo y estaba completamente listo para ir al Senado cuando cambió de propósito. Volvió un momento a su despacho, y allí se quedó dormido, cosa que, según me dicen sus secretarios, no le había ocurrido jamás.
Ahora se ha despertado y acaba de salir. Debo apresurarme a prepararlo todo para los huéspedes de esta noche.
Estoy avergonzada de esta carta tan femenina.
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Reproducido de Los idus de marzo (Emecé, 1967) este fragmento narra ficticiamente los acontecimientos anteriores al asesinato de Julio César en los idus de marzo (15 de marzo) del año 44 a. C.









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