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01 Celos, de Edvard Munch.
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Los fracasos del amor: los celos

· agosto 9, 2019

Antonio Bello Quiroz

 

En 1930 Sigmund Freud escribe un texto trascendente sobre la condición humana, El malestar en la cultura, un trabajo que no se agota en sus resonancias y que no dejará de dar luz a cada aspecto de lo humano más humano que se quiera abordar. Ahí plantea que los seres humanos tenemos tres fuentes de sufrimiento: las fuerzas del exterior (terremotos, sunamis, erupciones, el frío, el calor, etc.), la relación con el cuerpo (en dos dimensiones, la biológica con sus dolores y la imaginaria y sus frustraciones) y los vínculos con los demás. Señala que las civilizaciones o culturas se han gestado a partir de las defensas que han diseñado para paliar la intensidad de estas potencias sufrientes y destructivas. La cultura, dirá, es una defensa contra la pulsión de muerte. Los edificios, diques, radares, ropaje, etcétera, son inventos que se realizan con la finalidad de hacer más tolerables las intensidades de las fuerzas externas. Medicinas, fundamentalmente analgésicos, opiáceos y ortopedia, son las respuestas de la cultura para paliar los dolores del cuerpo en su dimensión biológica. Pero también algunas drogas (las religiones incluidas) se han inventado para hacer más soportables los sufrimientos de la segunda dimensión del cuerpo, la imagen y sus vínculos con el Ideal. Si ambas fuentes de sufrimiento (las fuerzas naturales y lo corporal) se mantienen activas es porque las respuestas fracasan. Pese a todo, la mayor fuente de sufrimiento de las tres, a nivel subjetivo, es la tercera, la que se produce, inevitablemente, a partir de la relación con los demás. Ésta, dice Freud, merece tratamiento especial, detenido, quizá puntual.

Lo que la cultura inventó para hacer menos doloroso el vínculo con los otros es nada más y nada menos que el amor. Y, sin embargo, es aquí, en el amor, más que en ningún otro vínculo, donde se ve la potencia de la pulsión de muerte, el dolor, el sufrimiento de existir, en una palabra, su falla. Como señala Freud en el texto de marras: “Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas (dolores, sufrimientos, padeceres) como cuando amamos; nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o su amor.”

Los celos son signo de que esa pérdida se asoma, se teme. Los celos son una pasión humana de lo más ambigua. Cuando se experimentan lo mismo son tomados como signo de amor —tal como nos lo hace saber San Agustín, quien señala que “el que no tiene celos no está enamorado”— y como la causa de las mayores acciones de odio: “Nueve años seguidos quisiera estarla matando”, dice Otelo, el moro, en la obra homónima de Shakespeare cuando se cree burlado por Desdémona, su esposa.

La pasión de los celos es tan antigua como la historia de la humanidad, y también toman su lugar en el principio de la historia de cada sujeto. Acontecen en el cachorro humano en su constitución misma, justamente al devenir humano, con la aparición del tercero, en principio los pares, hermanos, etcétera, y más tarde el padre. Más aún, los celos constituyen un elemento en la entrada del deseo para cada sujeto. Por eso no hay sujeto sin celos. Sin celos no hay otro, en tanto que “el deseo es deseo del Otro”, sin celos no hay deseo.

En el Diccionario de psicoanálisis de R. Chemama y B. Vandsermaersch, se señala que los celos son un “conjunto de sentimientos dolorosos y de ideas en un sujeto que teme, sospecha o tiene la certeza de que su objeto de amor le es infiel”.

En la mitología griega encontramos que por celos Hera, una diosa mayor, esposa y hermana de Zeus, a quien se presenta como mujer vengativa y violenta, mataba a los hijos que eran producto de las infidelidades de su esposo, amado y odiado al mismo tiempo.

En la Odisea podemos conocer sobre una poderosa bruja llamada Circe, quien con ayuda de encantamientos, hechizos y el uso de hierbas convertía a los hombres en animales. Pero no sólo con los hombres aplicaba sus poderes, también lo hizo con Escila, a quien por celos convirtió en horrible monstruo debido a que era amada por Glauco, a quien la misma Circe amaba. Una sobrina de Circe, Medea, también por celos, mata a sus hijos para vengarse de la traición e infidelidad de su esposo, Jasón, quien decide abandonarla por Glauca, hija del rey Creonte.

Para consumar su venganza, Medea envía a Glauca un magnífico vestido como regalo de bodas; al ponerse tan hermosa prenda, el vestido, que había sido impregnado con sustancias mágicas, la convirtió en antorcha humana. Su padre, al abrazarla para quererla salvar, también terminó en llamas.

Los celos entonces —hay que decirlo— se ubican entre el amor y odio, operan como escudero de las relaciones humanas y son con frecuencia motor de trágicos desenlaces ante la frustración de alcanzar la anhelada complementariedad, por cierto tan vendida por los psicólogos.

En este sentido, la literatura, con Marcel Proust a la cabeza, muestra a los celos como la forma que adquiere la agonía de un amor que nunca será feliz, que siempre se verá amenazado por la inconstancia, con el peligro de muerte acechándolo permanentemente. Proust, en La tempestad sobre el mar, hace de la duda el territorio propio de los celos.

Amor y sufrimiento son, en Proust, el anverso y reverso de una misma realidad: la existencia del otro es motivo de dolor. El amor es verdaderamente una maldición a la que no es posible sustraerse.

Otro escritor francés, Roland Barthes, en Fragmentos de un discurso amoroso, al hablar del sufrimiento que acompaña a quien vive los celos, señala que “como celoso sufro cuatro veces: porque estoy celoso, porque me reprocho el estarlo, porque temo que mis celos hieran al otro, porque me dejo someter a una nadería: sufro por ser excluido, por ser agresivo, por ser loco y por ser ordinario”.

Sigmund Freud, sin duda el mayor estudioso de las profundidades de la vida anímica, se ocupa explícitamente de los celos en 1921, en un trabajo que titula justamente Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad, donde ubica a los celos, junto con la tristeza, como un estado afectivo considerado como normal. Cuando parece que faltan, más bien ocurre que han sido sometidos a una fuerte represión pero continúan operando poderosamente de manera inconsciente. Hace, a partir de esta tesis, una clasificación de los celos en: 1) celos concurrentes o normales; 2) celos proyectados; y 3) celos delirantes.

Los celos normales se componen esencialmente de la tristeza y el dolor por el objeto amoroso que se cree perdido, se vive una ofensa narcisista y sentimientos hostiles contra el rival preferido y vienen acompañados de una aportación más o menos grande de autocrítica que quiere hacer responsable al propio yo de la pérdida amorosa.

Por otro lado, los celos proyectados “nacen, tanto en el hombre como en la mujer, de las propias infidelidades del sujeto o del impulso a cometerlas; relegado, por la represión a lo inconsciente”. Se trata de la proyección del deseo intenso de infidelidad que habita en el celoso. Y por último, los celos delirantes “también nacen de tendencias infieles reprimidas; pero los objetos de las fantasías son de carácter homosexual […], como tentativa de defensa contra un poderoso impulso homosexual podrían ser descritos (en el hombre) por medio de la siguiente fórmula: No soy yo quien le ama, es ella.

 

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