Antonio Bello Quiroz
Dentro del ámbito del psicoanálisis es sin duda Melanie Klein quien más se esforzó en diferenciar la envidia de los celos. Fundamentalmente los celos tienen condición tripersonal, mientras que la fuerza de la envidia es bipersonal. Señala que quien es presa de la envida se encuentra con “el sentimiento enojado de que una persona posee y disfruta algo deseable, siendo el impulso envidioso quitarle ese algo o estropeárselo”. Aunque la envidia aparece como una fuerza destructiva, la señora Klein la va a distinguir de la agresión en tanto que la primera va a estar dirigida a los objetos buenos que el semejante posee. Quizá esto permita decir que los anclajes de la envida son libidinales, esto es: la envidia está vinculada a un deseo del objeto, ya sea, tener, ser o importarle al objeto, más que destruirlo. Es decir, se trata, en la envidia de un intento de identificación, donde se juega (nuevamente) la fantasía de hacerse-uno con el objeto o con quien posee el goce del objeto.
Desde la visión bíblica, la envida forma parte de los siete pecados capitales. La envidia es fuente de disenso y discordia: “Porque donde hay envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas” (Santiago 3:16). Claro, lo que salvaría a los mortales de la envidia proviene de la facultad para alegrarnos con un gozo genuino y ser empáticos con los demás que nos proporciona el Espíritu Santo, como se señala en Romanos 12:15: “Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran”.
En su etimología, la palabra envidia proviene del verbo invidere, lo que incluye el in (hacia el interior) y videre (ver). Así, la envidia implicaría echar una mirada al interior. Pero mayor potencia adquiere el vocablo si lo pensamos como “meter los ojos” o la mirada mucho más en algo. Por extensión, la envidia sería un “mirar con malos ojos”. Visto así, la envidia estaría relacionada con una mirada de hostilidad, una mirada con apetito voraz.
La envidia consistiría en buscar el mal del otro, o bien intentar apoderarse de lo que el otro tiene. Jacques Lacan, el psicoanalista francés que reitera una y otra vez la necesidad de tomar distancia con respecto a lo que llama “psicología general” (lo que incluye a la ciencia, la filosofía, las religiones y las ideologías), nos lleva más allá de esta posición y nos va a decir que la envida no se finca en una moción tendiente a causar daño a quien posee algo o tener lo que el otro tiene. Para Lacan, según Roberto Harari, “no se envidia a otro sujeto ni al objeto que presuntamente tiene, sino a un acople que se supone ideal entre el otro y aquello de lo cual parece gozar”. No se envidia, entonces, sino esa condición idealizada de goce. Y aquí hay que ser puntual y señalar que se envida esa idealización del vínculo de goce del otro con el objeto: se envidia el goce del otro y no el objeto. Y tampoco se envidia estar en la posición “total” del otro, sólo el lado positivo, maravilloso, gozoso de ese vínculo. No se envidiaría, por ejemplo, la angustia que tiene el otro ante la constante amenaza de perder ese objeto, su casa, su coche, su mujer, su pareja, su fama, etcétera.
Aristóteles en su Retórica señala que la envidia no puede sino presentarse sentida entre los iguales: “Llamo iguales a los que lo son en linaje, o en parentela, o en edad, en hábitos, en fama, en bienes de fortuna. También son envidiosos aquellos a quienes les falta poco para tenerlo todo —por eso los que realizan grandes cosas y son felices, son envidiosos”. Dos cosas son importantes del pasaje: la primera que salta es la idea de que sólo existe la envidia entre pares, no entre quienes están separados por condiciones abismales, como si esas condiciones fueran justamente una barrera natural contra la envidia, aunque quizá ese factor genere otros afectos, no la envidia. Lo que el otro tiene se ubica como inalcanzable. Freud nos regala un término para poder conjugar las ideas aquí expuestas sobre la envidia entre los iguales: narcisismo de las pequeñas diferencias, les llama. Antonio Machado nos lo dice en un poema: “La envidia de la virtud hizo a Caín criminal. / ¡Gloria a Caín! Hoy el vicio es lo que se envidia más”.
Freud ubica a la envida como elemento fundamental en el narcisismo de las pequeñas diferencias. El lado más oscuro de este sedimento lo podemos ver en las guerras genocidas, en las guerras entre etnias unidas por el lenguaje o por las tradiciones; podemos ver que entre las guerras más sangrientas están las guerras civiles, y entre los crímenes más cruentos contamos los crímenes pasionales o en la pareja o cercanía familiar. Se trata de hechos fácilmente concebibles como resultado de la lucha por las pequeñas diferencias, se trata de acciones destructivas con el fin de preservar la falta constitutiva.
Y si hay un ámbito donde los narcisismos de las pequeñas diferencias se despliegan con mayor potencia es la vida en pareja (con los pares, los que se suponen cercanos). Ahí radica el fracaso del amor que tiene como eje a la envidia: entre más cercanos, más potente el afecto. En algunas parejas lo insoportable se vive ante los logros del partenaire. La sensación de sufrimiento se torna insoportable ante el goce del otro. Eso, los triunfos o logros de la pareja, supone un goce que le excluye, un goce sin él o ella, lo que suscita que eso que “debiendo quedar oculto” salga a la luz (ésta es la definición que hace Freud de Lo Ominoso). Las respuestas son variopintas: van desde disfrazar la envidia con admiración, hasta el afán de adjudicarse como propios los logros del otro, minimizarlos o descalificar, con acciones de control e incluso con actitudes hostiles o de odio.








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