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Los extravíos de la sexualidad

· octubre 6, 2017

 

Antonio Bello Quiroz

 

Antoine de Saint-Exupéry, sí, el autor de El principito, decía que el lenguaje es fuente de malentendidos. Parafraseando al famoso autor francés, podría decir que la sexualidad es fuente de malentendidos. Por esos laberintos quisiera extraviarme en esta ocasión y, quizá como un Virgilio, llevar a los lectores por el reconocimiento de sus propios extravíos. La sexualidad, por lo menos así lo reconoce el psicoanálisis, no se reduce a la genitalidad, se ubica en la articulación inconsciente del deseo, que es donde lo genital cobra sentido; es decir, la sexualidad en los seres humanos nada tiene que ver con un ilusorio orden natural sino que está articulada por un aparato simbólico preformado que instaura la ley en la sexualidad de los hablantes.

La sexualidad en lo humano tiene carácter simbólico, su lógica es mito-lógica. Freud nos enseña, para escándalo de la época, que la sexualidad estaba presente antes de la vida adulta, la maduración genésica y la copulación; muestra que está presente en la niñez y además tiene carácter de perversión polimorfa. Esto provocó un escándalo y propició que llamaran al inventor del psicoanálisis “pansexualista”. Sandor Ferenczi, discípulo brillante de Freud, era tajante y decía que “fue tarea de los psicoanalistas el rescatar los problemas de la sexualidad del gabinete ponzoñoso de la ciencia, en donde estuvieron encerrados desde siglos”. Pero no se trata un rescate que libere a la sexualidad de los goznes biológicos para encerrarla en ideologías normatizantes; tampoco de hacer de la sexualidad la causa material de todos los quebrantos anímicos, ni de hacer una revolución sexual que levante la censura y así garantizar un “orgasmo saludable” o una sexualidad plena de satisfacción. Se trata, en el desarrollo de la sexualidad desde el psicoanálisis, de hacer ver que no hay relación sexual. Si hay acto sexual éste será, en esencia, fallido, y esto porque entre los sexos, entre el hombre y la mujer, no hay armonía en tanto que la sexualidad, es decir, la vida amorosa, está organizada a partir de la insatisfacción pulsional y el lenguaje que es fuente de malentendidos.

El saldo del acto sexual es el de la irremediable separación de los cuerpos, el mito del andrógino buscando siempre a su partenaire se hace realidad en el encuentro siempre fallido. Lo presente en la sexualidad humana (en la vida amorosa) es siempre del orden del desencuentro, de la desgarradura con respecto del cuerpo del otro al que nos hemos pretendido fundir en el abrazo amoroso: la separación nos devuelve a nuestra condición de limitados, al miedo, a la soledad. En el acto sexual, incluso en el orgasmo, no se produce el anhelado reencuentro revelando así al goce como imposible en tanto que está sometido a la castración. En todo caso, cada uno goza solo, sólo en el cuerpo.

El psicoanalista francés Jacques Lacan no se contiene, señala como imbéciles a quienes pretenden una lectura de la sexualidad organizada bajo quien sabe qué orden natural o biológico, con carácter reproductivo; eso, dice, es como desconocer todo de todo con respecto a la sexualidad y la finalidad de sostener esto no puede ser sino de la mayor perversidad.

La castración ha sido siempre un concepto que genera ruido y no poca confusión. Desde luego, no se trata de ningún corte anatómico, ni de cercenar parte alguna, se trata de algo que falta para que haya relación sexual y es justamente el fundamento del orden sexual. Se trata de una operación significante que se encuentra en el núcleo de la constitución del sujeto: el orden simbólico transforma al órgano en el significante de la pérdida que se produce en el goce por la función de la ley que introduce una prohibición. Dicho de otra manera: el goce sexual se encuentra siempre limitado, y lo es de una manera estructural en tanto que depende del significante, esto es, no es posible gozar sino a partir de una prohibición que se llama castración, que resulta ser el pasaje necesario para sostener una posición ante la existencia y, también, una posición sexuada. Así entendida, la castración no limita sino que posibilita el goce sexual.

Sin embargo, y es en esto donde cae todo el peso del extravío de la sexualidad, es necesario distinguir tres tipos de goce: el goce del ser o goce del Otro, el goce fálico y el goce otro o goce femenino. Para los estudiosos del psicoanálisis resulta un trabajo nada sencillo distinguir epistémicamente estos tres tipos de goce sin perderse.

El goce del ser o goce del Otro aparece en Lacan como un corte operado por el lenguaje que tiene como finalidad abrirnos como sujetos a un nuevo goce, ahora sexual. El goce del ser organiza al sujeto y su existencia en relación con la cadena significante. Este goce sostiene al “yo soy”. Es, debido a este goce, que se puede sostener la pregunta: ¿Por qué hay ser y no nada? Este goce del ser está fuera de lo simbólico en una atribución imaginaria que se designa como goce del Otro que sólo reaparece en lo Real. Se trata de este goce improbable que en la psicosis se hace probable, es el goce que goza del sujeto en el delirio paranoico por ejemplo. Este goce del ser no es el goce sexual que aquí nos interesa.

Hay otro goce, este sí sexual: se trata del goce fálico que se encuentra ligado a la palabra y que es efecto de la castración. Es un goce que se encuentra en todo ser hablante, goce lenguajero que es producto de la separación entre el goce del ser y el goce sexual al que se accede por vía del significante y por ello es siempre un goce limitado. Para el hombre el goce es fálico (su acceso al goce Otro está limitado pero no bloqueado), lo que constituye su identidad sexual, limitada en el tiempo y en la erección. Se trata del goce del Uno. ¿Y la mujer?

Al goce femenino o goce Otro, Lacan lo llamó “goce suplementario”. Se trata de un goce que no tiene límites. Se trata de un goce que no va a centrarse en el falo sino en algo más allá de la función fálica, sin dejar de estar atravesada por ella. En las mujeres el goce se define por la lógica del no-toda. No toda sometida a la castración. Goce innombrable, el de la mujer, frente al cual cada una responderá de manera singular. Dicho de manera clara, hablando del goce sexual, la que goza es la mujer.

Así las cosas, es posible ver caer ese mito de la complementariedad de los goces, aunque resulta cierto que es necesario que haya dos goces para que cada uno se defina por no ser el Otro en un sistema significante. Esto explica el desencuentro permanente que hay entre los hombres y las mujeres: algo no anda entre los sexos.

Lo que nos hace a ambos, hombres y mujeres, lo que nos organiza sexual y existencialmente, es el falo, es lo que nos falta y permite los intercambios. El acto sexual es producto de la intersección de dos faltas. El falo es el objeto de la recíproca carencia que nos lleva al juego del cortejo y del amor, a la sexualidad y sus desgarres, siempre por caminos extraviados: el falo es lo que las mujeres buscan en el hombre, y, hay que decirlo con todas sus letras, también lo que los hombres buscan en las mujeres, para evitar la castración.

 

 

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