Antonio Bello Quiroz
Para mi querida cuñada Mariela
Desde que en 1933 Marie Bonaparte publicó sus estudios psicoanalíticos sobre la vida y la obra de Edgar Allan Poe, el psicoanálisis no ha dejado de ocuparse del escritor norteamericano nacido en Boston, Estados Unidos, el 19 de enero de 1809. Quizá la intervención más reconocida de un psicoanalista en la obra de Poe sea la realizada por Jacques Lacan durante el desarrollo del llamado “Seminario sobre La carta robada”. Seminario donde se revela que el automatismo de repetición, existente en todo humano, toma su principio no en una instancia metafísica sino en la insistencia de la cadena significante. El inconsciente, por otro lado, se reconoce en la repetición. Esta aportación de Lacan nos orienta hacia uno de los núcleos esenciales del psicoanálisis. Dicho de otra manera, el tratamiento que el psicoanalista hace de la obra del poeta nos permite ubicarnos con respecto a la esencia y vigencia del psicoanálisis. Lacan señala al respecto, casi al iniciar el seminario: “Como es sabido, es en la experiencia inaugurada por el psicoanálisis donde puede captarse por qué sesgo de lo imaginario viene a ejercerse, hasta lo más íntimo del organismo humano, ese asimiento de lo simbólico.”
Este automatismo de repetición señalado por Lacan se puede reconocer en la vida y, esencialmente, en la obra del poeta Poe. El maestro del cuento corto nos ilustra lo ominoso de la repetición, repetición casi mántrica, que podemos reconocer en ese nunca jamás que repite el cuervo. Quizá Edgar Allan Poe fascina porque nos revela, en su escritura, que nuestra vida está construida por cuentos cortos, es siempre parcial. Y algo más: quizá la obra de Poe fascina porque además nos muestra que, siempre en esa parcialidad, la vida es un cuento que mezcla lo inesperado, lo ominoso, con lo luminoso. Incluye la muerte, la tristeza, la melancolía, pero también el sueño y la palabra, el enigma. Nos lleva, por primera vez, montados en su escritura, a conocer el horror de la palabra. Edgar Allan Poe representa la nostalgia de lo romántico, sus narraciones nos dejan el trago amargo que mamó desde la infancia, la pérdida irrecuperable fue su lengua materna.
Podríamos decir que Poe es un escritor de culto para los psicoanalistas. Pero también es un escritor de quien se ha hecho y se hace culto (no sin justicia), en los círculos literarios y filosóficos. Grandes escritores como Borges, para quien la obra de Poe es de pesadilla, o el enorme lector de Poe que fue Julio Cortázar, o Baudelaire, quien lo traduce al francés, han colocado al escritor norteamericano en los mayores altares de la literatura. Esta condición la podemos radicar en diversos aspectos, pero sin duda uno relevante es la capacidad del escritor para adentrarnos a la subjetividad de sus personajes.
El lector de Poe se ve confrontado con el vacío en la medida en que sigue la lectura, como el sueño que deviene pesadilla. El escritor romántico conduce al lector hasta reconocer en “la melancolía el más legítimo de los tonos poéticos”, como él poeta mismo decía. Poe tiene a la muerte como su protagonista, así lo hace ver en cuentos emblemáticos como El gato negro, El péndulo o Los crímenes de la calle Morgue. Edgar Allan Poe sume al lector de sus narraciones o poemas en su propia sombra y pesadumbre, le hace reconocer a cada uno su íntimo núcleo melancólico. Se le considera, por este y otros atributos, como el maestro de la literatura fantástica y del horror. Quizá por ello se ha vuelto un autor de culto para quienes se identifican con el “lado oscuro” de la vida, para quienes, por ejemplo los grupos dark, se fascinan por los vínculos, los lindes, entre la belleza y la tristeza, entre el erotismo y el dolor, entre la existencia y la muerte. Autor de culto para licántropos y vampíricos.
Como ya señalaba, la repetición en la literatura de Poe juega un papel esencial. Es evidente en el “… y nada más” (… and nothing more) del narrador y el nombre del cuervo Nunca más. El narrador pregunta: “¿cuál es tu nombre señorial?” y el cuervo responde: Nunca más (Nevermore).
“Nunca más” es esa oscura ave que aparece en una noche de tinieblas y dolor. Resuena con ese “nunca más tendrás lo que has amado” que atormenta al amante. El cuervo entra por la ventana y se posa en el dintel de Palas, quien ligará su trágico destino con Atenea (deidad protectora del arte y de Atenas), quien le da muerte. El cuervo irrumpe mientras el poeta insomne llora la muerte de su amada Leonora. ¿Quién es su amada Leonora?
Las pérdidas mortales para Allan Poe llegaron a su vida muy temprano. Sólo un año después de su nacimiento murió su padre y tan sólo un año más tarde murió su madre por la tuberculosis. Ambos eran actores de teatro itinerantes. Esta temprana orfandad le llevó a ser adoptado por la familia Allan, quienes se trasladaron a vivir a Escocia e Inglaterra entre 1912 y 1920. Quizá en ese viaje adquirió algo del espíritu romántico. Sus intereses intelectuales lo acercan también a la cosmología, la criptografía y el mesmerismo; en otras palabras, lo acercan a la ciencia pero envuelta en el misterio de la razón, esa que llaman ciencia ficción.
Su primer amor aparece cuando el futuro escritor tenía sólo 16 años. Se trata de una vecina suya llamada Sarah, a quien tiene que dejar de ver cuándo Edgar se va a estudiar a la universidad en Virginia, estancia de estudios donde el joven Poe sólo permanecerá un año. El gusto por el alcohol lo encuentra en los dormitorios de la universidad. Tras varios fracasos laborales, en buena medida por su afición al alcohol, y con algunos eventuales éxitos literarios, Poe se casa en 1835 con su prima Virginia Eliza Clemm de tan sólo trece años. En 1842 su esposa enferma de tuberculosis, nuevamente la tuberculosis. Poe reencuentra refugio para sus aflicciones en el alcohol, nuevamente.
En 1845 Edgar Allan Poe publica el que sería su poema más famoso, El cuervo. Dos años después muere su esposa Virginia, nuevamente la tuberculosis que también se había llevado a su madre biológica, ésa la de la lengua materna perdida. ¿Quién es la Leonora de su poema? ¿Virginia? ¿Su madre? Entonces ¿de quién se hace el duelo que el poema narra?, ¿de quién es el duelo amoroso de Poe? Ante la muerte de su esposa, el ánimo de Poe decae por completo y su alcoholismo se agrava. ¿Duelo o melancolía?
El último poema que escribió Poe, en 1849, poco antes de su muerte, fue el hermosísimo “Annabel Lee”. Una doncella que vivió en un reino junto al mar. Con un solo pensamiento, amar y ser amada por el narrador aún niño. En ese reino del amor junto al mar, de pronto, “un golpe de viento del cielo, en la noche” dejó helada a la doncella. La muerte la provocan los ángeles envidiosos. El amor hace que le sea imposible dejar a su amada “y ni los ángeles allá arriba, en el cielo, ni los demonios bajo el mar, podrán nunca separar mi alma del alma de la hermosa Annabel Lee”; ella ahora vive en sus sueños, la ve en las estrellas acostado junto al mar, que es la tumba de ella, justo cuando se vuelve resonante, en las noches de marea. Se trata de un naufragio de amor. ¿Duelo o melancolía?
Tras varias acciones erráticas, Poe regresa a Richmond y se reencuentra con Sarah, su amor de juventud, con quien decide casarse el 17 de octubre de 1849. El matrimonio no llega a consumarse porque el 3 de octubre lo encuentran vagando por las calles de Baltimore, en estado delirante. Es trasladado al hospital, donde muere el 7 de octubre de 1849, con tan sólo 40 años de edad.








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