Antonio Bello Quiroz
Aún me persigue Alicia como un espectro… Lewis Carroll
El psicoanálisis siempre ha tenido vasos comunicantes con la literatura. La mitología ha sido una de las fuentes de inspiración en Freud desde los primeros momentos de su obra.
El psicoanálisis, lo mismo con Freud que con Jacques Lacan, ha realizado múltiples homenajes y reconocimiento a los escritores y poetas, además de mostrar disposición a dejarse enseñar por ellos. Desde que en 1900, con La interpretación de los sueños, el inventor del psicoanálisis utiliza un epígrafe de Virgilio en la Eneida: “Flectere si nequeo superos, Aqueronta movebo” y se traduce como “Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los de los infiernos.” Pero, para un hombre moderno, formado en la tradición de la ciencia positivista, como es Freud, ¿quiénes serían los dioses del cielo y quiénes los de los infiernos? Sin duda, los dioses de los cielos son la ciencia y sus métodos, donde no obtiene respuestas para vérselas con lo que está descubriendo en su experiencia clínica, el inconsciente y el tratamiento de las neurosis; acude entonces a los dioses del infierno: la mitología, la literatura y la obra de los poetas.
Tomemos sólo un ejemplo: varios son los conectores entre una obra literaria como Alicia y el país de las maravillas y el psicoanálisis; uno en principio es que ambos desarrollan un saber a partir de la experiencia producto del no saber: la clínica en el psicoanálisis es un encuentro con el inconsciente y la aventura del encuentro con lo inédito en Alicia, quien hace “una experiencia” del no saber al caer en la madriguera siguiendo al conejo blanco. El viaje de Alicia es un recorrido por el asombro, la contradicción, el sin-sentido y lo mismo ocurre con la experiencia en análisis.
Alicia y el país de las maravillas (publicada por primera vez en 1862) fue escrita por un hombre del siglo XIX llamado Charles Lutwidge Dogson, reverendo y matemático, quien adopta el seudónimo de Lewis Carrol. El seudónimo “Lewis Carroll” resulta de la traducción de sus dos primeros nombres: Charles Lutwidge, que en latín es “Carolus Lodovicus”, el cual invirtió para formar el anglicismo con el que firmaría sus obras literarias. Su obra prínceps es una de esas maravillosas creaciones que tocan lo profundo de la condición humana sin la influencia del psicoanálisis.
Se trata de un personaje, este Charles Lutwidge Dogson, que mantiene una muy cercana relación con Alicia Liddell y sus dos hermanas. Las visitaba con frecuencia llevando consigo un maletín lleno de juguetes y ellas quedaban fascinadas con las historias que nuestro personaje les contaba. Cumpliría así con toda la imagen que hoy se tiene del pederasta, lo cual no implica que lo fuera. Entre ellas había una preferida, justamente Alicia. El psicoanalista francés Jacques Lacan señala que él, Lewis Carroll, se hace su servidor; ella es el objeto que él dibuja. Es por ella que él se hace escritor, es por ella que él se convierte en Lewis Carroll. La escritura de ficción es la forma en que Lewis Carroll sublima una pasión amorosa, hace de este goce un tratamiento por la vía de la escritura.
La historia que conocemos es que Lewis paseaba con frecuencia con las niñas y en uno de estas excursiones las hermanas Liddell pidieron a Carroll que les contara una historia y nuestro escritor inventó la historia colocando a Alicia (su favorita) como la protagonista. Él inventó la historia y ella, Alicia, le pidió que escribiera la historia: Alicia y el país de las maravillas es entonces la respuesta a una demanda, y como bien sabemos, toda demanda es una demanda de amor. Lacan destaca la satisfacción (alegría) con la cual Lewis Carroll hace juegos con el lenguaje, cadenas asociativas e incluso neologismos, en donde se da un lugar en la historia, como el Dodo, tartamudo que el hablar repetía su nombre do-do (su alter ego) como Dogson. Freud señalaba que de la operación sublimatoria se obtiene una ganancia de placer.
De Alicia podemos destacar el lugar que Lewis Carroll le da a su pulsión: su curiosidad que no se agota, y sus deseos de aventura por un lado, pero también la pulsión ligada al cuerpo que la llevan a comer y beber que le alteran la percepción corporal.
En el último trayecto de la enseñanza de Lacan el lenguaje adquiere una nueva dimensión, se destaca el elemento anterior a cualquier ordenamiento formal, ese donde priva el ritmo. Lacan le da nombre, le llama la lalengua, así todo junto y se refiere al primer encuentro con el lenguaje donde se extraen los elementos primordiales: los sonidos del lenguaje que se imponen a su sentido. La homofonía es uno de sus ejemplos. Poner acento en este uso del lenguaje es lo que se hace en la experiencia clínica del psicoanálisis y es también lo que hace Lewis Carroll en Alicia. El autor lo dice explícitamente: la Duquesa le dice: “cuida del sentido y el sonido cuidará de sí mismo”. Muestra que el sonido, el ritmo podría decirse, funciona por sí mismo, es el goce del lenguaje sin que el sujeto intervenga imponiendo un sentido. El ritmo, tanto en el análisis como en Alicia, impone el sinsentido, el nonsense como se muestra en la experiencia analítica, eso que escapando a la lógica introduce un sentido inédito, incluso un contrasentido, que en sentido estricto no es sino otro sentido: caminar en sentido opuesto para aproximarse. La función a la que se apunta en el sinsentido es desarticular sentidos, como lo hace Carroll de manera extraordinaria. Un breve diálogo puede ilustrarnos:
“Cuando uso una palabra —dijo Humpty Dumpty, con algo de desprecio— significa lo que da la gana que signifique. Ni más, ni menos.
El problema —dijo Alicia— es el de si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
El problema —dijo Humpty Dumpty— es el de saber quién manda.
Eso es todo.”
En su seminario 23, dedicado a Joyce, Lacan nos muestra que el hablante, el hablante ser como le llama, goza del lenguaje con su cuerpo. Alicia juega con su cuerpo, sus dimensiones, sus extensiones, el misterio del ser se ciñe a la extrañeza del cuerpo.
En la experiencia en análisis se produce un encuentro que desencuentra, inicia con una interrogación sobre el ser, la relación con los otros y con el Otro hasta cuestionar la relación con el propio cuerpo. El cuerpo es algo extraño para cada uno, no tenemos con él sino una relación de desconocimiento, sólo lo conocemos parcialmente (resulta imposible tener una mirada completa del cuerpo, sin importar el dispositivo que utilicemos), el cuerpo es desconcertante, es Otro para cada uno que lo tenga. Porque nos es desconocido, cada uno tendrá que hacer un trabajo permanente de apropiación del cuerpo. Lacan inventa un término para mencionar esta condición y habla de lo éxtimo, es decir, la vivencia de sentir algo íntimo a la vez que completamente externo. El cuerpo extraño se vuelve cuerpo gozante por las vías del lenguaje, el goce de hablar.








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