Juan Daniel Flores
Los años
Don Cesáreo se ajusta el pantalón hasta el primer hoyito del cinturón. Estrena la camisa blanca que le regalaron en verano, “… que es que por ser día del abue. En mi época no existía eso, nada más éramos niños o grandes, eso de las clasificaciones me enreda mucho”.
Busca con prisa la corbata verde con rayas negras, se pone sus zapatos boleados y vuelve a mirarse al espejo por tercera vez, antes de salir como cada lunes a la Plaza de San Luis.
Cuatro décadas antes su vida era otra y a la vez igual: ordenaba los conos de hilo en grandes anaqueles en El Rosario. Revisaba que no hubiera faltantes, llevaba un control sistemático de la mercancía que llegaba al área de almacén, chacoteaba con los polis; recibir las pacas de los camiones era lo mejor, porque le permitía mirar el cielo al menos media hora. Iba y venía por los pasillos de la fábrica, a las nueve el tamal con torta y el champurrado junto a la Coyotera.
Los sábados se iba al Club de Leones, hoy estacionamiento y hotel.
Ahora, sentado en la porquería de transporte público poblano, como él le llama, va rumbo al centro de la ciudad, mira por la ventanilla del camión mientras brincotea involuntariamente. Pasando por la Cruz Roja recuerda que ahí lo llevaron más de una vez por congestión alcohólica.
“¿A quién se le ocurre mezclar cerveza, tequila, rompope, sidra y vino tinto en una sola noche de navidad?” Sonríe como si lo estuviera viviendo, es inevitable que suspire y siga con el verde del semáforo. Prende uno de sus Faros que por suerte aún encuentra en los Portales.
El boulevard, aunque parece el mismo, ya no lo es. Todos los autos buscan ganar, ser el mejor y el más lujoso, casi no hay árboles ni personas a pie y las casas están solas o se están cayendo, “… solas como y cayéndose como yo”.
“La última vez que me tropecé, fue con esa pinche piedra que dejaron los que repararon la calle. Ches malechos, siempre tardan en llegar, tardan en reparar y dejan ahí su tiradero. Fodongos, ¡maistros tenían que ser!”
“¡Ceséreo, qué bueno que llegaste, cabrón!”, le grita a lo lejos su amigo el Chalán, hombre aún corpulento de unos 72. El Don se sienta acomodando a la derecha de su cuerpo su bolsa de mezclilla de una sola asa que siempre lleva cruzada cada que sale a la calle.
“Los años no pasan”, ése es el nombre del grupo que formaron la Estopa, El Supervisor, el Chalán y el Chimuelo Don Cesáreo. Se reúnen cada lunes en San Luis. Las bancas de metal son sofás, el sol una lámpara, los arbustos son pacas. La mañana se pasa lenta. Las tortitas de Santa Clara, los borrachitos, los macarrones, los tamarindos y la coca de dos litros circulan como el tequila hace años.
Unas horas sin reloj. Los años en San Luis no pasan.
Don Elpidio
Aunque ya no está para conceder entrevistas, se dio un tiempo para creerle a la ilustrada modernidad y prestar una hora de su tiempo para responder:
“¿En sus palabras, qué es un sujeto social? ¿Cómo ve usted los procesos de exclusión de la modernidad?” Desafortunadamente no le alcanzó el entendimiento para saber lo que sabe el investigador, ni para salvar al sindicato.
Después de intentar platicar media hora con Don Adrián, el joven investigador de la Benemérita no aguanta más y se despide: “Muchas gracias, señor, me acaban de hablar de las oficinas del doctorado, debo ir a terminar una ponencia para concluir mi investigación. Lo siento”. Aborda apuradamente su último modelo y se va por la 11 sur.
Don Adrián suspira aliviado. Dar tiempo al tiempo es algo que está condenado a desaparecer, pero aún tiene sus resistencias en Mayorazgo.
Bebe su café mientras escucha el radio. Hay un silencio poroso en toda la casa, como el ruido que produce la sintonía de la amplitud modulada. Ya no hay niños, ni perro, ni discusiones de los hijos en la casa. Ya ni los pastores visitan la casa. Su casa enmudeció hace muchos años. Él se asoma por cada ventada como recuerdo. Se queda su mirada como gota de lluvia en el frío de los cristales.
Después del café es inevitable que escuche las campanadas del templo que está justo a espaldas de su casa. Toda su casa es una mansión. Por todos lados hay mansiones en la tierra. Sólo que ésta goza de un pozo pequeño en medio de su patio, masetas arriba y abajo y un árbol en medio de los recuerdos en que, alegrías, niños, esposa, perro y rupturas corrían a toda madre por el patio.
Hoy a Elpidio se lo traga la soledad y la humedad de su casa. Siempre huele a humedad.
El sol, la banqueta y la costumbre lo esperan.
Se va a sentar a un lado de la vieja Conasupo, debajo de la palmera, a metros de lo que ya no existe: el salón del sindicato.
Cuenta que justo ahí en una fiesta de los trabajadores se cayó uno de sus hijos de las escaleras. No pasó nada más, la fiesta siguió como si no pasara nada. Llanto, desmadre, música, fiesta y todo como si nada. El dolor y las caídas eran parte de la vida.
Frente a lo que fue el sindicato hay una clínica del seguro, la parada del metrobús y más allá el desastre, casas igual de viejas que él.
A Don Elpidio nunca le ha gustado su nombre y por eso escoge el de Adrián. Sus ojos, que alguna vez fueron más grandes y veloces, miran cada vez menos.
Antes por la calle los caballos de los mayorazgos, después los autos, más tarde los camiones, hoy el metrobús. La vida da muchas vueltas, los hijos se van mientras la ciudad se traga al campo, me decía.
“Todos siguen su vida. Vea como todo en la ciudad se traga uno a lo otro. Ayer, muy de ayer esto era un baldío de siembra; después bailábamos hasta el amanecer mientras nuestros hijos corrían entre nuestras piernas entre danzón y danzón. Hoy es una tienda de autos de lujo.”
Don Adrián cruza sus brazos frente al templo de Jesús Obrero mientras de su bolsa saca unos garapiñados. Se pregunta:
¿Qué vendrá después?
Él
En él se reúnen todas las generaciones. Habla del tiempo, la distancia y las preguntas de la vida que nadie le contesta. Come unas galletas marías del bolso que lleva cruzado por el pecho. Le gusta bajarse en la 14 poniente. Por el rumbo de la Merced.
“La 5 Norte no ha cambiado mucho. Sigue siendo una de las calles más sucias de la ciudad.”
No le queda de otra, la 2 estaba cerrada y la 5 de Mayo y la 3 están peor. Pasa a beberse dos tragos y la caminera en La Mina. Recuerda muy bien como si lo estuviera viendo, que ayer, hace apenas 50 años, vino a pedir trabajo a la anciana de enfrente.
“… la misma que contrataba por no más de tres pesos, gritaba y despedía a su antojo en todas sus mercerías. Le hacía honor al nombre de su empresa”.
Camina lento, más lento pero sin pausa. Se dirige como casi siempre al sur.
“La Victoria es un palacio venido a menos. No queda nada de su esplendor. Mucho menos del mercado. Ahora todo son tiendotas sin personalidad. ¿Con quién hablas aquí? ¿Dónde está el dueño? ¿Carritos de comida? Más bien carritos que venden a la gente mierda y semillas del cáncer. No crea que yo lo inventé, por Dios que no. Lo leí en el Selecciones, porque aquí donde me ve, alguna vez di clases y fui algo instruido.”
Bajamos por la 4 y vamos por la orilla de la 5. Le cuento que si subimos a lo que antes se llamó El Puerto de Veracruz podemos ver más y mejor.
“¡Ah! Más y mejor, ¡las dos palabras que le han puesto en la madre a todo!”
Aceptó. Nunca había subido al séptimo piso de ningún edificio a mirar una ciudad.
“Las ciudades son como los mercados. Hay de todo y para todos, hay que saber caminarlos, tiene uno que saber comprar, pero sobre todo hay que saber decir no.”
No lo dice, pero esta emocionado como un niño. No llora, pero quiere. Señala primero al oriente y después al norte y al sur poniente.
“Mira, se alcanza a ver la iglesia de Ocotlán, más allá del edificio de lo que fue Refacciones Puebla, el cerro de los militares también. De este lado se mira hasta la iglesia del Cielo, San Alejandro, el techo del Coliseo, la torre falsa de San Agustín y no sé si lo de hasta allá sea el Cerro del Zapoteco…”
Ya es tarde y debo irme. Él sabe que la noche está cayendo y que también se me acaba el tiempo.
Por cortesía intenta darme para el taxi. Yo le digo que no me gusta el taxi, me gusta caminar.
“Gracias por invitarme a platicar, joven”.
Mete su mano en su maleta cruzada al pecho “Toma estos dulces, no tengo otra cosa más.”
“Don, espero volver a verlo para más y mejor”.
“Mi estimado joven, no creo que haya más y mejor, eso ya fue, aunque sí puede haber algo más chingón, pero eso ya no depende de nosotros.”
…porque sólo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.









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