Antonio Bello Quiroz
Los pesares de mis celos retrospectivos procedían del mismo error
de óptica que en los demás hombres. Marcel Proust
Los celos son un tema que cruza toda la obra del escritor francés Marcel Proust. Para él los celos pertenecen a esa familia de dudas enfermizas que están en el corazón del amor, son lo más propio del amor y tienen la cualidad de hacernos más desconfiados y más crédulos al mismo tiempo. Los celos en Proust, mejor dicho, el uso que hace de los celos en prácticamente todos sus personajes masculinos no tiene como fin acercarse a la verdad, sino disfrazarla con el saber.
El celoso no es un amante del conocimiento sino de la suposición. Incluso podemos decir que cuando se interroga sobre la verdad de sus celos lo hace sólo para poder tener la respuesta que disipe sus dudas. El amante celoso realiza una investigación comparable a la de un erudito, busca sólo para desmentir (con su incesante búsqueda) lo que ya sabe.
Para Sigmund Freud, inventor del mayor dispositivo de exploración de la psique conocido hasta nuestros días, los celos responden a dos factores. Por un lado, la proyección de la propia infidelidad, sea o no reconocida; celos proyectivos les llama. Por otro lado, señala como factor generador una homosexualidad inconsciente que llevaría a los celos delirantes. Para el maestro vienés la génesis de los celos es edípica. La primera vivencia se remonta a la aparición de los primeros rivales de amor (los hermanitos, los pares) y al rival mayor (el padre), con quien hay que asumir perder al objeto amado, la madre. Así, los celos siempre tienen carácter restrospectivo.
Siguiendo los pasos de Freud, Lacan va más allá y nos muestra que los celos masculinos, además de ser resultado de la duplicidad del objeto de amor y de deseo en la mujer, apuntan al desdoblamiento de la mujer con respecto a su goce. Mientras que él la quiere toda para él, ella tiene un goce que va más allá de él, que no comparte con él. Los celos se activan y se sostienen no por otro hombre sino ante la “evidencia” de otro goce. Algo de esto podemos ver ilustrado en Albertine desaparecida de Marcel Proust.
Poco antes de morir, en noviembre de 1922, él emprende una revisión profunda de su texto (tiempo después fue editado bajo el título de La fugitiva); la muerte le sorprende y este trabajo intenso solamente fue publicado de manera póstuma en 1925. La novela es continuación de La prisionera, que es la parte anterior del conjunto de En busca del tiempo perdido.
Albertine desaparecida es un catálogo de las decepciones amorosas de su protagonista, con sus secuelas de celos e infidelidades. Sólo la literatura puede hacerle un lugar en la vida, es su tabla de salvación. Albertine Simonet muestra un amor intermitente, lleno de dudas y deseos de infidelidad. No hay límite para que el deseo de infidelidad se exprese, más aún, habite el recóndito espacio de ella, quien traiciona a su amado una y otra vez, incluso más allá de la vivencia, es decir, de manera fantaseada. Le llena de dudas, nos muestra de manera directa y descarnada el tiempo de la incertidumbre que es justamente el tiempo del amor. En realidad Proust nos deja ver aquí una ampliación de un tema que es eje de muchas de las novelas y que le nombra como “los faros giratorios de los celos”, que no es sino el fondo, el telón de fondo como se dice, de las relaciones sociales. Nos muestra la potencia agresiva y destructiva de la pasión amorosa, pero también de la homosexualidad, y de las acciones creativas, el tiempo, la enfermedad y la muerte. Éstos son los hilos con los que Proust teje un tiempo de silencios, de incubación de incertidumbre, de esa intranquilidad del que ama, esas dudas que son eternas. Al respecto escribe Proust en La tempestad sobre el mar: “no es preciso ser dos, basta estar solo en una habitación, pensando para que se produzcan nuevas traiciones de nuestra amada, aunque esté muerta”.
Un fantasma se repite una y otra vez en la obra de Proust, el fantasma de la infidelidad homosexual. Así lo expresa el protagonista de Albertine desaparecida cuando señala, por ejemplo, que cuando él pensaba en Albertine era pensar en lo que hacía, dónde lo hacía, lo que hacía con otras mujeres, lo que le interesa era saber del goce de Albertine, lo que gozaba con otras mujeres. Se trata del anhelo siempre presente de saberlo todo de la pareja, saber incluso aquello de lo que no se quiere saber. El protagonista revela el desgarre que se experimenta ente este saber que no puede ser dicho; el autor le hace decir, ante la partida de Albertine: “si bien en aquellos momentos lamentaba que no volvería a verla, esa pena llevaba la marca de mis celos”. Lo que lamentaba de los momentos en que la amaba era no poder decirle que lo sabía todo. Eso era tanto como apresurar su partida. ¿De qué sabía todo? No simplemente que ella le era infiel, más aún, sabía de la existencia de ese goce femenino al que sólo le era factible acceder por las vías del saber. El hombre celoso sabe de la existencia de ese otro goce, pero al mismo tiempo no sabe cómo se goza más allá del goce fálico. Sólo queda suponerlo.
Resulta muy interesante que el goce de Albertine sea expresado como un goce homosexual entre mujeres. El enigma que persigue el que cela es develar el misterio sobre cómo goza una mujer (entre mujeres); lo que incita al protagonista es saber cómo goza Albertine, lo que incita al celoso es saber cómo goza el otro. Se le supone al otro un goce desmedido del que se le ha despojado, un goce que vive la pareja o el rival y del que queda excluido. Por ello el celoso, interroga, quiere saberlo todo sobre el goce del otro; espía, quiere verlo todo sobre ese goce del que se supone excluido.
Para el aquejado de celos todo es un dato que constata la existencia de ese goce otro, así los celos se hacen un guión comprensible que se caracteriza por rechazar el inconsciente a partir de que los datos (aun los imaginarios) son tomados como índices de una verdad que puede probarse. La fuente del sufrimiento del que cela es una pasión dentro de las tres que son del ser. Lacan nos habla de tres pasiones del ser, las tres se coagulan en el celoso: el amor, el odio y la ignorancia. La cuestión no es amar, no es odiar incluso: es no saber sobre el goce del otro, qué hace con el rival que no hace con él mismo. Por eso el celoso se ve comprometido en sus afectos por una obstinada búsqueda de saber que embarga todo su ser. Al celoso lo mueve el afán de ver todo, de saber todo; sigue pistas, explora indicios pero, paradójicamente, parece que lo que busca es dejar velada la verdad de su búsqueda.








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