Miguel Samsa
Repetir todos los días una misma tarea hasta alcanzar, por esta vía, el conocimiento supremo de lo Uno fue la consigna de la Escuela Neoplatónica fundada por Crisóstomo de Nicosia hacia el año 230.
Crisóstomo, contemporáneo de Plotino y, como éste, discípulo de Amonio Saccas, siguió en lo esencial los planteamientos de la doctrina neoplatónica de las emanaciones y los empeños por conciliar los principios de la teoría platónica de las Ideas con los preceptos cristianos. Sin embargo, difirió en cuanto a los medios para llegar al conocimiento de lo Uno, pues rechazó a la intuición como un recurso certero y confiable. Para Crisóstomo, la razón humana entregada a la pura intuición, e incluso a los estados místicos, corre el riesgo de extraviarse y llegar a falsos conocimientos, por lo cual es necesario de un apoyo sensible a lo largo del proceso de conocimiento, de tal manera que así como las entidades materiales han surgido como emanaciones cada vez más imperfectas de lo Uno, quien aspire al conocimiento absoluto debe recorrer el camino inverso y para ello requerirá del proceso de perfeccionamiento y purificación de una tarea concreta, cuya repetición constante le abrirán la vía para alcanzar tal conocimiento de manera segura y sin falsas iluminaciones.
La escuela de Crisóstomo —que funcionó en Nicosia durante cerca de 200 años— se sujetaba a una disciplina estricta que combinaba la lectura y discusión de los textos platónicos y cristianos con gimnasia, música y la práctica de la cerámica y la metalurgia. Estas últimas tenían particular importancia en la formación de los discípulos, pues era a través del perfeccionamiento de las técnicas de estas labores artesanales como se pretendía alcanzar ese conocimiento que los otros neoplatónicos buscaban a través de la vida contemplativa.
Este carácter práctico influyó en el desdén que los filósofos de la época mostraron por la escuela de Crisóstomo que, al mismo tiempo, adquirió un gran prestigio como un centro artesanal de gran perfección: las piezas ahí trabajadas eran repetidas infinidad de veces por su creador hasta lograr el mayor refinamiento posible, pues para Crisóstomo y sus estudiantes, el trabajo manual consciente y repetitivo era una manera de alcanzar el estado espiritual y conceptual adecuado para entrar en comunión directa con la Divinidad.
Muestra de esta valoración de la escuela de Crisóstomo como centro artesanal es el hecho de que su existencia haya sido ignorada por los historiadores de la filosofía y, en cambio, haya llamado la atención de estudiosos centrados en las artes tecnológicas, como es el caso de Marina Vasilievich, quien dedica un capítulo de su Historia de la cerámica desde la antigüedad clásica hasta el Medioevo (Gallimard, 1995) y pone énfasis en el carácter místico atribuido a la producción de la escuela de Crisóstomo, cuyas piezas eran valoradas no sólo por su carácter estético y utilitario, sino que incluso se les llegaron a atribuir propiedades mágicas.
La producción bibliográfica de Crisóstomo y sus discípulos fue escasa. Además de algunos comentarios al corpus platónico, se redactaron manuales sobre alfarería y metalurgia basados en los principios filosóficos de la escuela.









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