Colette
Vampiro… Así se llamaba a una mujer, ya muerta, que conoció lo peor de su reputación hace treinta y cinco o cuarenta años. Amalia X…, mi vieja camarada, comediante de giras, me la ha descrito fea, pero “llevando el frac con muchísima elegancia”.
—De no ser así, no hubiera sido más que otro frac mal cortado —repliqué.
Según sus retratos, era morena, huesuda, lisa de boca, engalanada con una insolencia de modistilla disfrazada. Su activo consistía en unas jovencitas desoladas, una mujer que se suicidó bajo la ventana, matrimonios deshechos, rivalidades a veces sangrientas. Su umbral no era más que ofrendas floridas y sus desprecios pasaban por incomparables. ¡Y qué! ¿Tantas postulantes y tan pocas elegidas? No es el balance de una ogresa. Más bien el juego, bastante cruel, de una conocedora de los placeres del espíritu. Perjudicar absteniéndose casi del pecado no es hazaña de una mujer vulgar…
Una fotografía firmada con su nombre falso, Lucienne de…, nos la muestra con traje sastre, y correcta con trazas de mal gusto, es decir, de gusto femenino. La punta del pañuelo, saliendo del bolsillo del pecho, tiene dos dedos de más. Las puntas, el ancho de las solapas son discutibles, así como los zapatos. Se advierte que una imaginación femenina, cautiva bajo la frente descubierta del falso hombre, lamenta no haber podido gastar en chorreras, en cintas, en telas sedosas… Resulta extraño pensar que aquella mujer, que frustraba el hombre, tuvo más que una preocupación y un modelo: “el apuesto caballero”. Le era difícil abandonar su expresión de desafío; databa, lo mismo que su escritura agresiva, de la época de las impudentes. Amalia X…, aquella buena actriz de tournées que murió al principio de la guerra, me hablaba de ella como de una rival, por haber disputado a “la Lucienne” numerosas conquistas y la especialidad de la aventura peligrosa. Si había que creerla, Amalia no vacilaba en abandonar, por las noches, a un sultán ahíto, dormido, y se iba velada, a pie, por las calles de Constantinopla, hasta el cuarto del hotel donde velaba, esperándola, una dulce, una rubia y muy joven mujer…
—Y ¿sabes? —me confiaba la buena Amalia, barajando los naipes encima de una mesa de hierro, en un triste café de Tarbes o de Valenciennes—. En aquellos tiempos, Constantinopla, de noche, era menos segura que el bulevar de La Chapelle…
Un poco bigotuda, reumática, en el límite de sus fuerzas y vivaz, “giraba” todavía a más de sesenta años, y sabía relatar su pasado. “No me ha faltado nada —afirmaba—, ni la belleza, ni la dicha, ni la miseria, ni los hombres, ni las mujeres… ¡Lo que se puede llamar una vida!” Solamente con este recuerdo sus hermosas y grandes pupilas israelitas buscaban el techo.
—Pero si no hubiese habido entre tu amiga y tú, las calles negras, los peligros, las sombras, el viejo que dejabas, el peligro en fin, ¿hubieras acudido de tan buena gana?
Mi buena camarada se apartó un momento del Ahorcado, de las Copas, de las Espadas y del Esqueleto que le sonreía.
—Déjame en paz con tus preguntas. Soy una vieja y ya no resulta tan divertido. ¿Por qué quieres quitarme la ilusión de que he podido ser igual que un muchacho?
—¿Así es que cuando dejabas al viejo turco, tenías la idea de que dejabas de ser mujer?
—¡Claro que no! ¡Qué complicada eres! Nunca hay necesidad de dejar de ser mujer. En ningún caso. Incluso, ten presente esto: una pareja femenina puede durar mucho tiempo y ser dichosa: pero si se desliza en una de las dos mujeres, lo que yo llamo un hombre falso, entonces…
—¿La pareja es desgraciada?
—Desgraciada necesariamente, no, pero triste, sí.
—¡Ah! ¿Sí…? Explícamelo.
Amalia disponía cabalísticamente encima de la mesa su precioso juego de naipes, que olía a cartón grasiento, a cuero viejo y a la estearina de la rata de cloaca metida en un bolso fuera de edad.
—Verás, una mujer que sigue siendo mujer es un ser completo. No le falta nada, ni siquiera junto a su “amiga”. Pero si se le mete en la cabeza querer ser hombre, es grotesca. ¿Qué hay más ridículo y más triste que un hombre… simulado? Aquí sí que no podrás decir nada. ¿Tú crees que la vida de la Lucienne de X…, a partir del día en que adoptó el traje de hombre, no estuvo envenenada?
—¿Envenenada por qué?
—A partir de aquel día, si sus “amigas” olvidaron a veces que no era un hombre, ella, la imbécil, no cesó de pensarlo. Por eso, en medio de todos sus éxitos, nunca dejó de “fanfarronear”. La idea fija le quitaba el descanso, y la convicción, lo que es más grave. ¡Gracia, sí! Pero una gracia descontenta. Descontenta, no digo triste. Un poco de tristeza no perjudica nunca a una pareja de mujeres. La tristeza llena los vacíos. ¿Cuál es la mujer que no ha añorado una época de su vida en que estuvo triste?
“Eso llena los vacíos…” La frase es unisexual. Brota del retiro severo en que se confina una pasión femenina, situación voluptuosa, rigurosa investidura sin la cual una mujer, como aseguraba el duque de Morny, queda en estado de esbozo. Este doctor aficionado se explica lo suficiente, si tengo buena memoria, para que comprendamos que no hace solamente caso del “certificado superior” de la voluptuosidad. Parece estimar —el diamante se pule con otro diamante— que la mujer afina a la mujer, la deja apaciguada, suavizada; magullada es mejor. Morny ha debido de hablar como hombre competente, que recurrió a la mujer para una colaboración atrevida: “Te confío una maravilla incompleta… ¡Perfecciónala y devuélvemela!”
—Fue en aquel momento —prosiguió Amalia— cuando la Lucienne se puso a hacer esgrima. Se puso a adquirir gusto a todo lo que es malo en el amor: rupturas sin motivo, reconciliaciones condicionadas, separaciones y huidas innecesarias, escenas de lágrimas, qué sé yo… La idea fija. A Loulou, una bellísima rubia que tenía, la echó medio desnuda, de noche, al jardín para enseñarle a saber lo que ella quería, es decir, escoger entre ella, Lucienne, y el marido de Loulou… Antes de hacerse de día, Lucienne se asomó al balcón:
“—¿Has reflexionado? —preguntó.
”—Sí —contestó la otra, que resoplaba de frío.
”—¿Entonces…?
”—Entonces me voy con Héctor. He pensado que es capaz de hacer algo que tú no puedes hacer.
”—¡Oh, naturalmente! —dijo la Lucienne, con su expresión venenosa.
”—No —replicó Loulou—, no es lo que tú crees. Eso que piensas no me importa tanto. Voy a decírtelo. Cuando salimos las dos, cuando vamos al campo, al restaurante, cuando viajamos juntas, todo el mundo te toma por hombre, naturalmente. Pero a mí me humilla estar con un hombre que no puede hacer pipí contra una pared…” ¿Eh…? Lucienne lo esperaba todo menos eso. Le sentó tan mal que no volvió a ver a Loulou… ¿Por qué te ríes?
—Pues porque esa réplica es infantil.
Amalia fijó en mí sus grandes pupilas irritadas.
—¡Infantil! Pues, hijita, fue lo que de más desagradable pudo encontrar Loulou en el mundo.
—Pero ¿por qué? Lo encuentro pueril, y bastante cómico.
—¡Te repito que en el mundo! No son cosas que se explican… Son… matices… cosas que se sienten… Si no lo comprendes, me declaro incapaz de explicártelo. La verdad, me pregunto qué te interesa en asuntos de los que no entiendes nada. Déjame de una vez. Ya me has turbado bastante en mi “fatalidad”.
Bajó sus largas pestañas sobre sus marchitas mejillas, guardó silencio severamente y leyó su destino paseando sobre las cartas un índice gotoso…
¿Cuántas veces la he “turbado en su fatalidad”? Para oírla, me hacía la ingenua. Me gustaba buscar en su rostro, entre las tupidas cejas y el mentón romano, algún rasgo de la conquistadora que se lanzaba de noche por las callejuelas de Oriente, atravesaba, distanciaba veinte peligros y, sobre un cuerpo parecido al suyo, como amorosamente copiado al suyo, cerraba sus brazos… Sus brazos, última belleza, brillantes, de un blanco verde como el de las judías tunecinas, y robustos; brazos que habían soportado los confiados sueños de mujeres jóvenes y que habían brillado bajo las redes de las largas cabelleras…
—Oye, oye, Amalia… ¿Cómo te explicas que Loulou prefiriera volver con su marido?
—No tengo que explicarlo —dijo Amalia dignamente—. Además, no afirmo que volviera.
—¿Cómo era el marido?
—Estaba muy bien —dijo Amalia con una súbita y viva simpatía—. Un magnífico tipo rubio trigo, a fe, ¿sabes?, uno de esos grandes tranquilos… Y nada molesto para Loulou. En el fondo, con bastante gramática parda.
Levantó los ojos, contempló al rubio trigo en la lejanía del recuerdo y se le volvió hostil:
—Sí, con bastante gramática parda, muy paciente… ¡Una paciencia de ángel!
Muy paciente… “A ver si sabes perfeccionarla y devolvérmela…” Bien lo de perfeccionarla, pero ¿devolverla? Cuando rememoro mis conversaciones con Amalia pienso que la imprudencia masculina parece grande en estos casos. Invitada a volver al camino recto, ¿no será capaz la prenda preciosa de contestar al amante: “No, no vuelvo. Estoy mejor aquí que enfrente”?
—Lo importante para Loulou era vengarse con una frase terrible y herir a Lucienne, ¿comprendes?
—¡Herir a Lucienne! ¡Una frase terrible! Me haces reír… Hablas como una colegiala. ¡Qué niñerías…! El gran tranquilo debía de reírse aún más que yo… Esperaba su hora…
—¿Niñerías? ¡Grosera! ¿Cómo me hablas?
Me miraba de arriba abajo, le palpitaban las aletas de la nariz, y la irritación exageraba sus rasgos majestuosos, los pegaba a ese rostro de mal sacerdote que desluce a ciertas mujeres denunciando sus secretos errores. Ésta, pasados los sesenta años, se ponía frente al rival triunfante, y le discutía su ventaja con un mal humor que imitaba la “fanfarronería” crónica de Lucienne. Bien lo de perfeccionarla, pero ¿devolverla…?
Comparo con esa acritud la paz libertina del hombre que se resigna, espectador zumbón, y espera a la mujer que, durante algún tiempo, le huye: “Ya volveré a pescarte.” Tanta confianza y tanta soberbia merecen ser recompensadas. En realidad, lo son casi siempre.
—Amalia, ¿tú eras fiel?
—¿A quién? —preguntó sarcástica.
—A tu amiga.
Afectó un desdén repentino y cierta desenvoltura.
—¡Ah…! ¿A las mujeres…? Según.
—¿Según qué?
—Según la vida que llevábamos. Si nuestro género de trabajo no nos permitía vivir juntas, a mi amiga y a mí, yo no era fiel. Ella tampoco.
—¿Por qué?
Recuerdo que Amalia levantó una vez más con laxitud sus anchos hombros, sobrecargados, que un tremendo peso de senos echaba hacia adelante.
—Pues porque sí. ¿Qué quieres que te diga? Hay que haber pasado por eso. Yo he pasado… Pues porque, una mujer no es fiel a una mujer que no está delante.
No la atormenté más, pues estaba segura de que ella no franquearía nunca el “yo he pasado”, en el que se atrincheraba.
Me gustaba tocar los límites netos de su ignorancia y su sapiencia. Sobre dos géneros de amores, ella sabía todo cuanto puede retener la experiencia y un atrevimiento desprovisto de lirismo. Agotados su memoria y su buen humor regañón, yo la dejaba en el “Chien de Pique”, y sin ella iba más lejos…
——
El presente texto es un fragmento del libro del mismo nombre (Argos Vergara, Barcelona, 1982).









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