Antonio Bello Quiroz
Sigmund Freud escribe en 1915, poco después de iniciada la Primera Guerra Mundial, un texto que lleva por título De guerra y muerte, donde se muestra conmovido por los acontecimientos bélicos y dice: “La muerte propia no se puede concebir, tan pronto intentamos hacerlo podemos notar que en verdad sobrevivimos como observadores […] en el fondo, nadie cree en su propia muerte, o lo que viene a ser lo mismo, en el inconsciente cada uno está convencido de su inmortalidad.” Esta postura de inmortalidad en el inconsciente sería el motor que históricamente ha llevado a la creación de ficciones que la sostengan. Entre ellas encontramos la existencia, en diferentes épocas y lugares, de los mitos de “los muertos vivientes” o los “no muertos”.
Esto es, si Freud plantea que en el inconsciente la muerte no tiene cabida, en la vida real tendrían que construirse ficciones, leyendas, mitos que tienen como fundamento la inmortalidad o la posibilidad de no muerte. El vampiro, el zombie, el Yo, robot de Asimov, Frankestein, los Tulpas, el Golem, son algunas de las encarnaciones de los no muertos.
Esta coyuntura entre la vida y la muerte ha sido alimentada en todos los tiempos, siempre en la búsqueda de la armonía entre ambas instancias, siempre generando a la vez horror y fascinación, estos dos estados del ser que parecerían incompatibles pero resultan tan afines, por lo menos en el inconsciente. Eros y Tánatos coincidiendo por fin. Freud decía, al principio de su obra, que el Nirvana, ahí donde nada falta, sería el fin de los dos principios del acontecer psíquico, retorno al estado de reposo que se encontraría en el principio de la vida psíquica.
La muerte, la propia muerte, no se puede representar. Eso es lo que plantea Freud, lo cual no quiere decir que no pueda intentar representarse. La idea de representación (y su imposibilidad o negación) vinculada a la muerte, está relacionada con los afanes que mueven a los ritos y arte fúnebre: así lo vemos en los trabajos de preparación de los cuerpos y, más aún, en los sarcófagos o la efigie de madera o piedra que se hacen para intentar que el cadáver se haga “vivo” a los ojos de los observadores. Se trata de una investidura imaginaria.
Si consideramos que la muerte es una irrupción radical en la vida (eros), la ficción buscaría resarcir esta ruptura (trauma); busca la armonía, la reunión: eros y muerte danzando, eso es lo que está presente, sexualidad y muerte imbricados.
Inicio aquí una serie que abarcaría cuatro mitos sobre los no muertos, estos seres que de una u otra manera recrean esta ambición de hacer compatible la vida y la muerte. En el fondo se trata de dar lugar a pensar lo siniestro que se juega en cada una de estas presencias tan lejanas y a la vez tan familiares.
En 1919 Freud escribe Lo ominoso (Das Unheimliche), y nos dice que “Lo Ominoso es aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido de antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo”; y se pregunta: “¿cómo es posible que lo familiar devenga ominoso, terrorífico?” Como ocurre con la muerte que, siendo lo más cercano a todos los seres humanos, se nos muestra como lo más ajeno. Así ocurre con los autómatas o muñecos inanimados donde la distancia entre la vida y la muerte se ve rebasada. Quizá también esta imposibilidad de representarnos nuestra propia muerte ha alimentado la fantasía de ser dioses y tener potestad sobre la muerte. La mitología, la literatura, y la ciencia más tarde, permiten dar lugar a la fantasía de inmortalidad, la propia y la de las personas amadas, y también permite crear los monstruos más terribles y fascinantes.
El Golem es una novela de Gustav Meyrink que lleva como subtítulo Pesadilla en el Gueto de Praga. Borges menciona que es el primer libro que leyó en alemán, y le conmocionó. Pero, ¿qué es el Golem? Una leyenda, el Hyle, o la materia que aún no tenía una forma definida, según la tradición hebrea. Su creador es el rabino Judá Loew ben Bezalel, el “Maharal”. Según la leyenda, un grupo de estudiantes, o un rabino, interesados de la Cábala crean un monstruo de arcilla, con aspecto semejante al hombre, al que le dan vida grabando en la frente la palabra Emeth (Verdad). La criatura puede ser desactivada quitando la primera letra, dejándola bajo el poder del Meth (la muerte). Su creador, también conocido como Judá León, tiene el buen cuidado de eliminar la primera letra todos los sábados por la noche, es decir, dejarlo inerte. Hasta que en un momento comete un olvido y la creatura “cobra vida” y se rebela.
De esta historia podemos encontrar eco en otras igual de fascinantes y terribles, siniestras. Por ejemplo, Frankestein de Mary Shelley, donde también la creatura escapa al control de su creador, el Dr. Frankenstein. También existen, en este sentido, los tulpas tibetanos. Dentro del budismo tibetano un tulpa es un Vajrayana, es decir, “una entidad espiritual creada por el pensamiento”. Según Walter Evans, el tulpa se crea a través de la visualización clara, intensa y sostenida de un objeto o entidad; los yoguis o los lamas tibetanos pueden crear y deshacer tulpas a voluntad. En algunos casos los tulpas pueden adquirir vida propia, tendiendo siempre al mal, a corromperse, pero para que puedan operar requieren que se crea en ellos.
Si atendemos lo que dice Borges en los primeros versos de su poema “El Golem”: “Si (como afirma el griego en el Cratilo)/ el nombre es el arquetipo de la cosa/ en las letras de ‘rosa’ está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’. Y, hecho de consonantes y vocales, habrá un terrible Nombre,/ que la esencia cifre de Dios y que la omnipontencia guarde en letras y sílabas cabales”. El Golem encierra la verdad y la muerte. Está vivo como portador de la verdad, y muerto cuando su nombre cambia retirándole la primera letra y volverse muerte.
Este no-muerto, El Golem de Gustav Meyrink, es en algún sentido el alter ego, el doble de su autor, quien a principios de 1891 era un banquero de Praga, interesado en la navegación y el ascenso social, muchas veces por la vía de la conquista de jóvenes nobles. Al final de ese año sufre un colapso nervioso e intenta suicidarse. Su vida se vuelve una intensa búsqueda de sí mismo: fuma hachís, hace ayuno, yoga, se cuida de no dormir, bebe goma arábiga para tener visiones; las tiene muchas veces. La investigación esotérica lo salva para adentrarse, más tarde, al estudio de la Cábala, la filosofía hindú y el budismo; con eso y sus visiones alimenta su creación del Golem.
La novela llevaría en principio el nombre de El judío eterno. El autor lo pensó primero en una obra de teatro de marionetas, ese arte de mover figuras de forma humana pero sin vida, los títeres que eran una fascinación para el autor.
El Golem se rebela a morir, permanece en condición de Verdad (del deseo, diríamos) y así hace realidad lo que habría en el inconsciente de todo sujeto: representa la fascinación y el horror de lo familiar que deviene extraño, comparte las características de lo Ominoso o lo siniestro según enseña Freud.
Seguiremos en la próxima entrega con la fascinación en el mito del vampiro y en Frankestein, dos entrañables no muertos.








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