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Lo obsceno en el erotismo y la pornografía

· octubre 26, 2018

Antonio Bello Quiroz

Lo obsceno no podría ser nunca un acto libre,

sino un intermediario: un medio entre un Real

inaccesible y su imposible representación. Jacques Lacan

 

Lo obsceno, lo que se sale de la escena en la vida cotidiana es cada vez más visible. La vida cotidiana se ha vuelto (quizá siempre lo fue) incierta, líquida se ha dicho. Dos son las formas en que lo obsceno se evidencia: el erotismo y la pornografía. Podemos preguntarnos al respecto: ¿Cuáles serían las convergencias y las divergencias entre erotismo y pornografía?

Lo pornográfico, la pornografía es en principio un discurso. Este discurso, mediante sus enunciados, utiliza a la publicidad y los medios de comunicación para sostener la idea central de que todo puede mostrarse. No importa el cuidado de las formas cuando se trata de mostrar todo, sorteando incluso los límites que imponen el pudor y la vergüenza.

En el Seminario17, El reverso del psicoanálisis, Jacques Lacan, de alguna manera, al hacer una reescritura de El malestar en la cultura, nos suelta una frase que señala una época: “ya no hay vergüenza”, nos dice al pensar la relación del sujeto con su goce en la civilización que va de Freud a nuestros días, donde la mostración del cuerpo es un hecho tan corriente que ha dejado de escandalizar para, por lo contrario, hacer del cuerpo y la sexualidad una exaltación o exhibición extrema.

Por otro lado, del erotismo, de lo erótico, podríamos decir también, como nos indica Roland Barthes, en El árbol del crimen, que no se trata sino de un habla, por tanto un discurso también. Sin embargo, éste no está sustentado en lo que se muestra sino en lo que queda velado, en aquello que de la sexualidad es alusión: el erotismo se juega no en la mostración sino en el pre-ámbulo, en el entredicho, en los contextos. El erotismo entonces es un discurso, por tanto algo que se muestra, sí, pero de manera alusiva. En el erotismo se muestra no todo.

Encontramos hasta ahora dos puntos de convergencia, pero a la vez de divergencia entre estas dos categorías propias de lo humano: tanto en la pornografía como en el erotismo se trata de discursos y en ambos casos se muestra algo del cuerpo.

Desde luego que ante estos hallazgos se nos impone hurgar un poco más sobre los lindes entre estas dos categorías: el erotismo y la pornografía, que además atañen a las dos dimensiones que hacen a la vida propiamente humana: la sexualidad y la muerte. Dimensiones que, como enseña el psicoanálisis, se encuentran en constante convergencia y divergencia, es decir, en constante batalla; y esta batalla tiene un campo: el cuerpo.

De esa batalla entre sexualidad y muerte deviene el cuerpo erógeno, lo que resulta un shibboleth para el psicoanálisis. En estas dos dimensiones: la sexualidad y la muerte, el ser hablante resbala, siendo así que el cuerpo (que no se puede pensar sino en la relación con el Otro) deviene fuente productora de síntomas. El cuerpo erógeno es una noción fundamental para el psicoanálisis, su santo y seña, como se dice; este cuerpo erógeno determina la emergencia del inconsciente.

La cara que se pretende opuesta al erotismo es la pornografía. Encontramos diversas referencias que plantean que el erotismo y la pornografía son dos cosas diferentes; sin embargo, hay quienes sostienen una postura contraria. Se sabe, por ejemplo, que cuando Penrose le preguntó a Picasso qué pensaba de la distinción entre erotismo y pornografía, éste se limitó a decir: “Ah, por qué lo pregunta, ¿acaso hay alguna diferencia?”

Como ya señalé, la distinción entre erotismo y pornografía intenta justificarse teóricamente diciendo que el primero “sugiere” y la segunda “muestra”. El erotismo se hace ver como lo propio del amor en su vertiente elegante y sublime, mientras que la pornografía se asume ligada al comercio del sexo, de naturaleza sórdida e injustificable.

Sin embargo, vale la pena poner en cuestión estas posturas a la luz del psicoanálisis y destacar en el fenómeno la figura del tercero, del sujeto que está ahí para, con su mirada, determinar la escena pornográfica o quedar seducido por lo erótico.

Si tomásemos al cine como el lenguaje donde se podría contrastar lo pornográfico y lo erótico, encontramos que se dice, por ejemplo, que una película pornográfica está centrada en la mostración de escenas de sexo explícito, sin una trama, sin un lazo más allá de la escena misma entre los protagonistas, sin que el espectador reconozca una historia que le permita una lectura que apueste a un más allá de lo que se muestra; esta condición de hacer valer la escena por la escena misma le da ese carácter de fingimiento que se supone al coito que se observa. Dicho de otra manera, en lo pornográfico no hay nada más que lo que se ve.

Por otra parte, en su afán de hacer ver todo, el discurso pornográfico no hace más que demostrar el divorcio entre narración y acto para pretender una utópica unidad corporal; desconociendo de facto que, como enseña Lacan, no hay proporción sexual. Sin embargo, se pasa por alto el pequeño detalle de que para que haya pornografía hacen falta tres. Allí en esa habitación donde tenemos a los amantes en una relación casi epistémica debemos agregar la mirada del Otro.

La escena pornográfica, en su propuesta de “mostrarlo todo”, lo que pretende es negar la no relación sexual. Que no haya relación sexual no significa que las parejas no vayan a la cama; por el contrario, quizá sea justamente el encuentro con el otro sexo lo que haga constatar lo irrepresentable de la relación sexual.

Es con la participación del tercero en la superficie, el espectador o consumidor, que podemos constatar que la pornografía no cesa de escribir la relación sexual; dicho de otra manera, al no dejar de instalar aparatos de goce escópico no deja de mostrar, en realidad, la ausencia de la complementariedad sexual.

En la pornografía, incluso la que se juega en la publicidad, o en algunos programas televisivos sensacionalistas, se hace uso del cuerpo desprovisto de la envoltura de los semblantes, haciendo creer que eso es tener un cuerpo. Un cuerpo que no falla a la hora buena.

Esta convocatoria a mostrarlo todo de la pornografía entraña también un llamado a un ojo que lo vea todo; se reclama lo que se teme, un ojo omnipotente.

Por otro lado, una película erótica incluiría una trama; la escena sexual conlleva un malentendido, se organiza en el entredicho ubicable en el amor que se supone y que se juega en lo que se ve y lo que se dice entre los protagonistas. Así entonces, en el erotismo se jugaría el amor haciendo función de velo en tanto que viste al cuerpo como objeto.

En el erotismo el cuerpo es parcializado, fetichizado: quedaría sometido al fantasma. Dicho de otra manera, en el erotismo, el acceso al cuerpo del Otro quedaría cruzado por una interrogante. La vida cotidiana va quedando vacía de erotismo y llenándose de lo obsceno de la pornografía que nos reduce a simples espectadores.

 

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