Antonio Bello Quiroz
Muchas defensas instaura el Yo para protegerse de la Cosa, Das ding; por ejemplo, mediante el principio del placer se regula la satisfacción posible, manteniendo al sujeto a distancia de la Cosa. La Cosa es, en este sentido, el Bien Supremo: alcanzarlo implica transgredir el principio del placer y por tanto vivir la experiencia en el dolor y el sufrimiento, por lo que el Yo se erige como guardia frente a lo insoportable. De hecho el Yo no tiene otro trabajo que defenderse de lo que le causa displacer, y una de esas formas de defenderse resulta ser el apego a la belleza, a lo bello; se trata de un velo para ocultar el horror de la castración, por tanto, desde el psicoanálisis, en la visión de Jacques Lacan, desde una dimensión ética, la función de la belleza es subyugarnos con la “buena forma”, alejándonos de la falta esencial que nos constituye y de la que nada queremos saber.
Lacan, en el Seminario Libro 7, llamado justamente La ética, se refiere a la tragedia de Antígona para mostrar el resplandor siniestro de la belleza, un resplandor que enceguece, una iluminación que violenta. La belleza es entonces una defensa contra el “horror trágico”, como quiere Bataille. O Rilke, quien apunta que la belleza sea el inicio de lo terrible que todavía podemos soportar. Si la belleza opera como velo de lo irrepresentable no puede sino estar vinculada con la muerte.
Michel Tournier en El vuelo del vampiro nos recuerda la “cuádruple paradoja de lo bello” en Kant: a) lo bello es un placer desinteresado; b) lo bello es una necesidad subjetiva; c) lo bello es un universal sin objeto y; d) lo bello es una finalidad sin fin.
Lo sublime, por otro lado, es también un punto límite que nos conecta con lo inefable, con lo que nos rebasa, con aquello que escapa al lenguaje y nos coloca en el resplandor del más allá, nos pone frente a la muerte.
La sublimación es explicada por el psicoanálisis como las diferentes actividades que estarían motivadas, se dice, por un deseo que no apunta a una meta sexual: la creación artística o la investigación intelectual, por ejemplo. Actividades que extraerían su satisfacción del reconocimiento social; sin embargo, estas obras artísticas o científicas están impulsadas por energías que no pueden ser sino de carácter sexual. Lacan, por su parte, da su propia definición de la sublimación, y de lo sublime que consiste en: “elevar un objeto a la dignidad de la Cosa”.
Cuando se dice la Cosa no se hace referencia a un objeto que pueda ser nombrado o representado, es más bien elevarlo al lugar del objeto en tanto inalcanzable por ser innombrable, es lo indecible más allá de lo simbólico y que constituye el núcleo mismo de toda simbolización. Esta condición hace a lo sublime cercano a lo siniestro, lo demoniaco, lo que no puede ser simbolizado, lo real. Apunta a la verdad que no puede estar sino del lado de la muerte. Quizá sea la sencilla y contundente definición de lo sublime que hace Kant en su Crítica del juicio lo que nos acerque a la comprensión de este estado del ser: “Llamo sublime a lo que es absolutamente grande.”
La belleza, lo bello, nos muestra el resplandor de la Cosa, al mismo tiempo que se erige como una defensa; la sublimación, lo sublime, nos permite dar un rodeo a la Cosa que resulta así inaccesible; sin embargo, un objeto se puede poner en su lugar, pero no cualquier objeto puede alcanzar esta dimensión de ser elevado a la dignidad de la Cosa, no cualquiera; tendrá que reunir por lo menos tres características: ser inédito, ser novedoso y ser irrepetible.
Kafka escribía que “el arte vuela alrededor de la verdad con la decidida intención de no quemarse en ella”, y es justamente la creación artística lo que nos permite acercarnos a lo bello y lo sublime, y dentro de las creaciones artísticas Freud siempre destacó a la poesía.
En 1907 Freud escribía un breve trabajo que lleva como nombre Der dichter und das plantasieren, traducido como El poeta y los sueños diurnos o, también, El creador literario y el fantaseo, donde se pregunta de entrada sobre la frecuente curiosidad del profano por saber de dónde extrae sus temas el creador literario o el poeta para lograr conmovernos con sentimientos que no sabíamos que poseíamos; reconoce que el poeta mismo no lo sabe. Propone que busquemos en la actividad favorita del niño el origen de la creación artística. El niño tiene como actividad casi exclusiva e intensa el jugar; mediante el juego se conduce como el poeta creando su propio mundo, habitando su mundo. Habla del juego y más bien lo hace de lo lúdico, porque el niño (como el creador literario) se toma su actividad muy en serio y la hace el origen del fantasear, así lo que no procura placer en la realidad lo hace en la irrealidad del fantaseo.
Aun cuando la vida le exige que al crecer cese de jugar, el creador no renuncia a este placer ya que, como apunta Freud, “quienes conocen la vida anímica de los hombres saben muy bien que nada les es tan difícil como la renuncia a un placer que ha saboreado una vez”. El creador o el poeta no renuncia a jugar, como no renunciamos a nada que nos ha sido grato, sino que sustituye el jugar por el fantaseo o los sueños diurnos. Sin embargo, el adulto se avergüenza de sus fantasías en tanto que la realidad le reclama “trabajar” en algo productivo y útil. Es por ello que el hombre común oculta sus fantasías, no así el poeta o creador literario. Goethe en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister nos ilustra cómo los sueños de la infancia deben ceder ante las realidades de la madurez: Wilheim Meister sólo soñaba con el teatro; será cirujano.
El fantaseo es propio del hombre, genéricamente hablando, insatisfecho, los deseos insatisfechos (y no hay de otros) son la fuerza impulsora de las fantasías. Albert Camus señalaba que si el mundo fuera claro no existiría el arte, así cada creación artística, señala Freud, es una rectificación de la realidad. Pero si bien es cierto que mediante las fantasías la realidad insatisfecha se modifica generando así un escenario placentero (aun en el dolor), la multiplicación y exacerbación de las fantasías, como lo bello y lo sublime, tocaría lo abyecto, lo innombrable, lo siniestro, ahora con el rostro de las psicosis.
Pero más allá de la patología, Freud muestra interés en vincular la fantasía con los sueños. En los sueños se presenta la realización de un deseo, se muestra mediante mecanismos que les deforman y permiten así hacerlos accesibles al yo, es decir, si se transfiguran es en el mismo sentido en que se ocultan las fantasías, preservándonos así de lo que puede ser incómodo al Yo.








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