Antonio Bello Quiroz
En el mundo posmoderno e individualista que nos ha tocado transitar, vemos que la especialización del saber ha producido “profesionales” con una formación intelectual absolutamente deficiente. Su cultura general, como se dice, es escasa y eso reduce su trabajo a la aplicación de una técnica. Quizás en varias disciplinas pudiera justificarse esta falta de interés por saberes que no correspondan estrictamente a su especialidad; sin embargo, esto no podría ocurrir en aquellas que se proponen trabajar con lo humano. No puede ser así, en especial, con la disciplina que fue inventada precisamente para hacer un viaje al infierno interior de quien se atreve a escucharse.
Sigmund Freud es un hombre de su tiempo, con una amplia cultura y con una formación muy sólida y rigurosa en la tradición científica de finales del siglo XIX. Pese a ello, el inventor del psicoanálisis no encuentra en el discurso de la ciencia elementos para explicar los enigmas de la vida anímica que le muestran los cuerpos sufrientes de sus histéricas. Los cuerpos de las mujeres hablan en sus síntomas, en sus convulsiones, sus parálisis y sus conversiones, dejando al científico Freud desarmado para poder escuchar los síntomas que emanan de su sexualidad negada. La ciencia no le ayuda para poder profundizar en lo que se juega en los síntomas histéricos, por lo que se ve llevado a buscar otros saberes que le auxilien.
Aunque su formación intelectual es vasta (antropología, biología, mitología, derecho, etc.), es en la literatura donde Freud buscará la chispa con la cual encender su linterna de curiosidad. El psicoanálisis tiene un origen fuertemente ligado a la literatura; incluso en algunos temas, como el amor, reconoce que el escritor, el poeta en particular, lleva la delantera. En La interpretación de los sueños, libro que es considerado como princeps del psicoanálisis, en el mismísimo epígrafe, Freud mismo hace un reconocimiento a este origen citando a Virgilio: “flectere si nequeo superas, Acheronta movebo”. Como no encuentra respuesta en los dioses celestiales, acudirá a los dioses infernales.
En realidad lo que lo seduce de Virgilio, así se lo comenta Freud a su amigo Fliess, es el viaje imaginario que emprende al interior del infierno personal. En este viaje lo primero que recomienda, en sentido contrario a lo que popularmente se dice (por ver los árboles se pierde el bosque), es no sólo ver el bosque sino detenerse en los árboles. En su recorrido, como el viaje a Ítaca de Kavafis, apuesta de inicio por lo singular, por los detalles, por las ocurrencias, que nos muestran las desgarraduras y bemoles de la vida interior. Así es como Freud concibe su obra toda, como si fuera un largo diálogo con la literatura y por otros saberes, constituyéndose en un viaje iniciático, con sus pruebas, sus dudas, sus vueltas en círculo, con sus obstáculos y miedos. Si alguna cualidad se reconoce en el inventor del psicoanálisis es su valentía intelectual: no se frena en su curiosidad, busca constantemente ir más allá que todos en la exploración del alma humana; no retrocede incluso ante el afecto potente que se produce en la relación con el enfermo. En este sentido, el verso de Virgilio citado arriba es una constatación, casi un lugar común del gesto de una voluntad que no cede ante ningún obstáculo.
En La interpretación de los sueños se lamenta incluso de no poder ir más directo en la interpretación, pero con ello marca un estilo de abordaje de lo humano. Nos permite reconocer la singularidad del psicoanálisis con respecto a otras disciplinas: su recorrido no es en línea recta, no es el afán del progreso con alguna finalidad pre-concebida (Jacques Lacan desmonta la ilusión del progreso, al decir: “cuando algo se gana otra cosa se pierde, por tanto es una ilusión”), el “avance” es topológico y se alcanza por los rodeos. Un ejemplo al respecto: mientras que todas las disciplinas terapéuticas buscan controlar o eliminar la angustia, el psicoanálisis desiste de esta finalidad y busca brindar un espacio donde la angustia sea escuchada. No sigue la vía que marca la ciencia positiva, reconoce que el deseo se ve sometido frecuentemente a desviaciones: quizás la neurosis sea la expresión misma del desconocimiento del objeto en el deseo, es decir, el neurótico es una interrogación permanente.
Las referencias literarias son frecuentes en Freud; no podría ser de otra manera. Incluso utiliza su amplio conocimiento literario para explorar las pasiones humanas. La literatura se ha visto con frecuencia como una posibilidad de viajar a otros mundos, en otros tiempos: eso mismo es el psicoanálisis. Freud lo mismo se refiere a Schiller o Goethe o Shakespeare: son los dioses del infierno a los que recurre para poder alumbrase en el oscuro y trágico mundo interior. En ellos encuentra lo que la ciencia no le pudo proporcionar. Sin embargo, si continuamos con la analogía con el viaje de Virgilio, el recorrido a las profundidades infernales encuentra un símil en Freud con el trabajo del arqueólogo: el trabajo clínico va descubriendo las “viejas ciudades” que viven en la actualidad de un sufrimiento. Roma misma es el paradigma de coexistencia de diversas superposiciones en el aparato psíquico. Así, como los vestigios de antiguas ciudades persisten en las actuales, nada de lo que se produjo una vez en la vida de un sujeto se ha perdido; de esta manera la infancia convive con la actualidad del sujeto. “Toda neurosis es neurosis infantil”, nos dice el maestro vienés.








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