Fernando Sánchez Clelo
—¡Detective, ayúdeme! ¡Alguien entró a mi casa!
Los gritos y ruidos a través del teléfono terminaron de despertar a Buck, hasta que escuchó en el auricular la llamada cortada. Aún estaba semidesnudo entre las sábanas. Encendió la lámpara del buró; las manecillas del despertador señalaban las 3:17 horas. Colgó el teléfono, apagó la luz y volvió a acostarse.
“Una broma jodida”, pensó. Se cubrió la cabeza con la almohada, pero su conciencia y su intuición no se relajaron. Se arrepintió de no haber dormido a fuerza de bebida.
Su instinto enlazó ideas: ella marcó a su departamento, por lo tanto tuvo que entregarle una tarjeta en algún momento, porque su número telefónico no aparece en el directorio. Era una voz joven, pensó en sus clientas posibles. Recreó en la mente la maraña de ruidos y golpes secos, recordó un burbujeo familiar. Escudriñó en la memoria. Se esforzó. Recordó el sonido: era una pecera. El detective arrojó con coraje la almohada al suponer quién sería la víctima, una rubia con cuerpo de cariátide griega: la señorita Daley. Se levantó para vestirse al instante. No era un buen presagio la hora, la llamada, los gritos, el escándalo y, ahora, la línea muerta.
Cuando Buck comenzaba un caso por el que nadie pagaría, era cuando más se odiaba. Con esta profesión sólo quería ganar dinero sin tener que obedecer a ningún jefe pero, sin darse cuenta, el trabajo se volvió una serie de decisiones éticas, mucho peor que tener a un capataz de oficina azotándole la espalda para redoblar el trabajo. A veces se detestaba cuando se sorprendía deseando dejar el mundo mejor de lo que lo encontró.
——
Relato del libro Un reflejo en la penumbra, Ficticia, México, 2016.









No Comments