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Limpiaparabrisas

· junio 9, 2018

Fabiola Morales Gasca

Te seguirá la ciudad. Las calles donde deambules

serán las mismas. En estos mismos barrios te harás viejo.

Y mudarás a gris en estas mismas casas.

Siempre vendrás a esta ciudad. A otros lugares —ni lo esperes—

La ciudad, Constantino Cavafis

 

Voy sobre Avenida Diagonal a menos de cuarenta kilómetros. El semáforo me da rojo. El autoestéreo descompuesto desde hace una semana hace más pesado el tráfico de la letal ciudad y las vueltas sobre mi dragón de cuatro ruedas me sofocan. Detengo mi hartazgo en eterna esquina, el sol cae como fina espada bloqueando las ideas.

Un joven tatuado se acerca al parabrisas con esponja y trapo en las manos. Sin moneda alguna para ofrecer, le digo resuelto ¡No, gracias! Palabras que parece no entender o importarle muy poco porque se abalanza con rapidez para cubrir de jabón el cristal.

Desgastadas mis energías para volver a decirle que no, hago de la lentitud del semáforo una historia que a cualquiera se antoja: Bajarme del automóvil y repetirle al muchacho ¡No! ¡Gracias pero no! Deseo ir aún más lejos, tomarlo con energía de sus brazos. Deseo botarle su esponja a mitad de la calle y mientras él reacciona, aflojarme la corbata, desabotonar la camisa de manga larga que desde la mañana me ahoga y otorgárselas de buena gana a él. Sí, a él. Con gusto tomará la camisa y se la colocará entusiasta. Mientras le doy las llaves de mi rojo tsuru, cubrirá sus tatuajes. Sonreirá y se apropiará de mi vida como de mi auto.

Acelerará para dirigirse a mi casa, lo estará esperando mi esposa y mis tres hijos al lado del pequeño perro que cada vez que llego ladra. Ella entonces le servirá la sopa de mala gana, no sin antes pedirle que se lave las manos y le cuente qué hizo todo el día. Tal vez no resulte tan interesante saber que ha lavado cuarenta parabrisas y ha ganado menos de treinta pesos a costa de tostarse bajo el refulgente sol. No le contará como yo los detalles amargos de estar encerrado más de nueve horas en una oficina. No contará lo humillante de ver a compañeros nuevos ascender de puesto, moneda fácil de cambio por tantas borracheras junto a los jefes de turno.

No, él no contará eso, sabrá en ese instante que limpiar parabrisas es mucho más fácil que arrastrarse por una quincena que se evapora fácil ante tanta deuda en las tarjetas de crédito. Ella preguntará entonces con una sonrisa fingida si quiere más sopa y tomará el plato para servir un insípido guisado. Las niñas se negarán a comer y jugarán toda la tarde frente a la pantalla plana un videojuego que no entiende. El bebé, en cambio, se paseará gateando en la alfombra sucia, llena de pelos. El limpiaparabrisas correrá al perro salchicha, quien al sospechar sobre su verdadera identidad se pasará tres o cuatro horas ladrando, exigiendo a su verdadero dueño.

Tras vacías horas, las niñas hastiadas de seguir aumentando niveles en el juego pedirán a gritos que se les ayude a hacer las tareas. El hombre tatuado intentará auxiliarlas a las nueve y media de la noche. Ellas le exigirán pinceles, pinturas y cartulinas justo a las diez. Él sabrá que todas las papelerías del rumbo están cerradas y se pasará otra media hora escuchando a la mujer haciendo reproches sobre aprovechar el tiempo en vez de jugar. Las niñas cansadas se irán a dormir y él se quedará a terminar la tarea de ciencias naturales a la una de la mañana. El bebé seguirá despierto y llorará hasta las tres. La mujer fingirá estar dormida ante el insistente llanto, mirará de reojo al limpiador con un secreto odio por no querer levantarse a cargar al niño; así que lo dejará llorar más. A él no le quedará más remedio que cargarlo durante un largo rato para después depositarlo en los brazos de la madre.

Escasas tres horas apenas si le alcanzarán al hombre para roncar e intentar recuperarse. A las seis de la mañana en punto sonará la alarma; tomará un poco de café y se preparará un pan con jamón. Dará un ligero beso en la mejilla de la mujer despeinada y con ojeras, mientras el perro le ladra. Desafiará al tráfico para llegar a tiempo al trabajo, checará tarjeta y se sentirá morir asfixiado como muchos otros en una oficina de banco. A la salida, regresará a casa y llegará al cruce de un bulevar y verá a los hombres que limpian parabrisas con recelo y hasta cierta envidia. La epifanía llega. No impuestos, no recargos, no molestos agentes de tránsito, no necesarias mordidas. No aumentos de gasolina, no entregar su vida a una vacua familia. Ni siquiera una ligera losa por cargar. Nada de responsabilidades. Sólo la calle y él. Sólo la calle y yo.

Ahora solos los dos, en un breve instante compartimos la lucha por el pan con el sudor de los cuerpos. El hombre del tatuaje me mira a los ojos, comprende mi angustia y dolor frente a la existencia. El semáforo ya se ha puesto en verde desde hace segundos, los automovilistas de atrás ya me recuerdan a mi madre. De mala manera ve las pocas monedas que le doy, pega al primer poste que se encuentra. Yo avanzo entre la crueldad de la ciudad a más de cuarenta.

 

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