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Libros, libros, libros…

· febrero 25, 2016

Umberto Eco

Un catálogo de biblioteca, como he dicho antes, es un ejemplo de lista práctica porque los libros de una biblioteca son finitos en número. Una excepción, por supuesto, sería el catálogo de una biblioteca infinita.

¿Cuántos libros hay en la Biblioteca de Babel que Borges describe con tanta fantasía? Una de las propiedades de la biblioteca de Borges es que contiene libros que contienen todas las combinaciones posibles de veinticinco signos ortográficos, de modo que no podemos imaginar ninguna combinación de caracteres que la biblioteca no previera. En 1622, Paul Guldin, en Problema arithmeticum de rerum combinationibus, calculó cuántas palabras podrían haberse producido con las treinta y tres letras del alfabeto que estaba en uso en ese momento. Las combinó de dos en dos, de tres en tres, y así sucesivamente, hasta que llegó a palabras de veintitrés letras, sin tener en cuenta las repeticiones y sin preocuparse por si las palabras que podían generarse tenían sentido o eran ya pronunciables; y llegó al excesivo número de setenta mil miles de millones de miles de millones (escribirlas hubiera requerido más de un millón de miles de millones de miles de millones de letras). Si escribiéramos todas esas palabras en volúmenes de mil páginas cada uno, a cien líneas por página y sesenta caracteres por línea, necesitaríamos 257 millones de miles de millones de volúmenes. Y si quisiéramos ponerlos en una biblioteca equipada con espacios de almacenamiento cúbico capaces de albergar 32 millones de volúmenes, entonces necesitaríamos 8.052.122.350 de esas bibliotecas. Pero ¿qué reino podría contener todas esas edificaciones? Si calculamos la superficie disponible en todo el planeta, descubrimos que la Tierra podría acoger solamente 7.575.213.799 de ellas.

Muchos otros, desde Marin Mersenne a Gottfried Leibniz, han hecho cálculos de este tipo. El sueño de una biblioteca infinita anima a los escritores a intentar reunir ejemplos de una lista infinita de títulos, y el espécimen más convincente de una infinidad semejante es una lista de títulos inventados, no existentes, es decir, que es posible concebir una invención infinita. Es el tipo de aventura sensacional que puede darnos, por decir algo, la lista de los libros (falsos) de la Biblioteca de San Víctor, como los presenta Rabelais en Pantagruel: El por el amor de Dios de la salvación; La bragueta de la Ley; La babucha de los decretales; La granada del vicio; El fondo de la pista de la teología; El plumero del colgajo de la cola de zorro de los predicadores, compuesto por Turlupin; La bragueta del derecho; La pantufla de los decretos; La granada del vicio; El pelotón de la teología; El látigo de cola de zorro de los sacerdotes, compuesto por Turelupin; El saco de los valientes; Las hierbas de los obispos; Marmotretus de baboonis et apis, com comento Dorbellis; Decretum Uniuersitatis Parisiensis super gorgiasitate muliercularum ad placitum; La aparición de santa Gertrudis a una monja de Poissy; Ars honeste fortandi in societate per Marcum Corvinum; Quaestio subtilissima, utrum Chimaera in vacuo bonbinans possit comedere secundas intentiones; y así sucesivamente, hasta alcanzar unos ciento cincuenta títulos.

Pero podemos sentir el mismo vértigo de infinidad cuando encontramos listas de títulos de libros de verdad, como cuando Diógenes Laercio detalla todos los libros escritos por Teofrasto. El lector tiene dificultades en concebir una colección tan vasta, no sólo por su contenido, sino ya por el mero título de los libros: […]

Pensaba seguramente en ese tipo de listas cuando incluí en El nombre de la rosa una lista ininterrumpida de libros conservados en la biblioteca de la abadía. Y el hecho de que mencioné libros reales (que circulaban por aquel entonces en las colecciones de los monasterios) y no títulos inventados como los que cita Rabelais, no altera la impresión de oración, mantra o letanía que puede sugerir una lista de libros. El gusto por las listas de libros ha fascinado a muchos escritores, desde Cervantes a Huysmans y Calvino. Los bibliófilos leen los catálogos de librerías de viejo (que se supone que son sin duda listas prácticas) como retratos fascinantes de una tierra de Jauja, un reino del deseo, y obtienen de ellas tanto placer como el que obtiene un lector de Jules Verne al explorar las silenciosas profundidades de los océanos, donde encuentra fabulosos monstruos marinos.

Hoy en día, podemos realmente encontrar una lista infinita de títulos: la World Wide Web es la Madre de todas las Listas, infinita por definición porque está en evolución constante, red y laberinto al mismo tiempo. De todos los vértigos, el que nos promete es el más místico; es casi totalmente virtual, y nos ofrece realmente un catálogo de información que hace que nos sintamos ricos y omnipotentes. La única pega es que no sabemos cuáles de sus elementos se refieren al mundo real y cuáles no. Ya no hay distinción entre verdad y error.

¿Es posible, aun así, inventar nuevas listas si, cuando le pido a Google que me haga una búsqueda con la palabra clave “lista”, me da una lista de casi 2.200 millones de páginas?

Pero si una lista está destinada a sugerir infinitud, no puede ser escandalosamente larga. Ya me mareo bastante cuando reviso los títulos de sólo algunos de los libros que menciono en El nombre de la rosa: De pentagono Salomonis, Ars loquendi et intelligendi in lingua hebraica y De rebus metallicis, de Roger de Hereford; Algebra, de Al Kuwarizmi; Puniea, de Silius Italicus; Gesta francorum y De laudibus sanctae crucis, de Rabanus Maurus; Giordani de aetate mundi et hominis reservatis singulis litteris per singulos libros ab A usque ad Z, Quinti Sereni de medicamentis, Phaenomena, Liber Aesopi de natura animalium, Liber Aethici peronymi de cosmographia, Libri tres quos Arculphus episcopus Adammano escipiente de locis sanctis ultramarinis designavit conscribendo, Libellus Q. Iulii Hilarionis de origine mundi, Solini Polyhistor de situ orbis terrarum et mirabilibus, Almagesthus…

O la lista de novelas sobre Fantomas: Fantomas, Juve contra Fantomas, Fantomas se venga, Un ardid de Fantomas o El agente secreto, Un rey prisionero de Fantomas, El policía apache, En manos de Fantomas, La hija de Fantomas, El carruaje de Fantomas, La mano del muerto, La detención de Fantomas, El juez Fantomas, El uniforme de Fantomas, La muerte de Juve, Fantomas, rey del crimen, Fandor contra Fantomas, La hazaña del muerto, La boda de Fantomas, Los amores de Fantomas, El desafío de Fantomas, El tren perdido, Los amores de un príncipe, El bouquet trágico, El genio del crimen, Prisionero de Fantomas, El cadáver que habla, El hacedor de reinas, El ataúd vacío, Fantomas se escapa, El hotel del crimen, El criado de Fantomas y ¿Ha muerto Fantomas?

O el catálogo (parcial) de historias de Sherlock Holmes: “Un caso de identidad”, “Escándalo en Bohemia”, “La liga de los pelirrojos”, “El misterio del valle Boscombe”, “Las cinco semillas de naranja”, “El hombre del labio torcido”, “El carbunclo azul”, “La banda de lunares”, “El dedo pulgar del ingeniero”, “El aristócrata solterón”, “La aventura de la finca de Copper Beeches”, “Estrella de plata”, “El soldado de la piel decolorada”, “El hombre que trepaba”, “El cliente ilustre”, “La melena de león”, “La piedra de Mazarino”, “El fabricante de colores retirado”, “El vampiro de Sussex”, “Los tres gabletes”, “Los tres Garridebs”, “La inquilina del velo”, “La diadema de berilos”, “La caja de cartón”, “El detective moribundo”, “La casa deshabitada”, “El problema final”, “La corbeta Gloria Scott”, “El intérprete griego”, “El sabueso de los Baskerville”, “El ritual de los Musgrave”, “Un estudio en escarlata”, “El tratado naval”, “El constructor de Norwood”, “El problema del puente de Thor”, “El círculo rojo”, “Los hacendados de Reigate”, “El paciente interno”, “La segunda mancha”, “El signo de los cuatro”, “Los seis Napoleones”, “El ciclista solitario”, “El oficinista del corredor de bolsa”, “El valle del terror”… Amén.

Listas: un placer leerlas y escribirlas. Éstas son las confesiones de un joven escritor.

——

Reproducido de Confesiones de un joven novelista (Lumen, México, 2011).

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