Luciano Canfora
Don Quijote se vio llevado a la acción por la continua y cada vez más absorbente lectura de libros. Tras las noches pasadas leyendo “de claro en claro” (noctes vigilare serenas, había dicho de sí mismo Lucrecio) y los días “de turbio en turbio”, le pareció “convenible y necesario” hacerse caballero andante, a fin de “ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio”. En cambio, el sabio antiguo, pero también el humanista, su émulo, lee para aumentar su sabiduría. No para actuar. Por eso don Quijote está “loco”, como muchas veces lo llama su autor, que lo vuelve “de loco a cuerdo” in articulo mortis. En la elección vital del “ingenioso hidalgo”, podemos ver quizá un poético antecedente de la tesis, aforísticamente expresada dos siglos después, según la cual “hasta ahora los filósofos se han limitado a interpretar el mundo; ahora lo importante es cambiarlo”. Ambas cosas deben mucho a un lema que se repite a menudo, incluso por quienes no lo entienden —“La verdad nos hará libres”—, donde el acento se pone en el hacer.
Con una amargura moderada por la ironía, Cervantes escribe en el prólogo que “engendró en una cárcel” a este “hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno”. No era una metáfora: era una cárcel real. En la cárcel fascista, Antonio Gramsci escribió algunas de las páginas más perdurables de la prosa italiana del siglo XX, las Cartas de la cárcel, y bosquejó el plan y meditó la sustancia de algunos libros, conocidos con el nombre genérico de Cuadernos de la cárcel, que han llevado luego a luchar por la libertad a generaciones enteras. Antiguo y múltiple es el nexo entre libro y libertad.
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Reproducido de Luciano Canfora, Libro y libertad, Ediciones Siruela, España, 2017.









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