Roberto Martínez Garcilazo
A Sergio Pitol. 85.
[“…apenas puede decir sí o no…”]
Léon siente horror de vender su pensamiento.
Se ha tomado en serio el cristianismo. Jeanne Bloy
Ego sum vita Io. 14:6
De lo único que me entero a través de sus cartas, es de la bancarrota de su razón. ¿De manera, mi querido amigo, que duda usted de la Iglesia porque hay en ella sacerdotes o fieles indignos, cuyo número, por otra parte, no puede usted calcular? Significa, en otros términos que duda usted de las matemáticas porque conoce a un profesor de álgebra o trescientos setenta y siete profesores de álgebra que son unos cerdos. Verdaderamente (permítame que se lo diga con el amor con que tantas veces se lo he dicho a De Groux) esto es demasiado idiota, demasiado resobado, demasiado digno de un viajante de comercio. Todo es perdonable, excusable, soportable, menos la mediocridad. Eso no; imposible. No conoce, según usted, “ningún sacerdote que hubiera podido merecer su obediencia”. ¿Por qué decirme eso a mí, mi querido amigo? Yo no soy un contertulio de café, ni un empleado de escritorio, ni un conserje, ni siquiera uno de esos profundos zapateros cuya sabiduría sorprende. Creo que usted no ha podido escribir esas palabras sin sentir un poco de vergüenza. Yo he conocido sacerdotes que eran hombres admirables; conozco asimismo algunos y conoceré otros, que no piensan sino en la gloria de Dios, en la salvación de las almas, en la evangelización de los pobres. Se ha caído tan bajo, que estas palabras se han tornado grotescas, pero no temo escribirlas… […] Las objeciones sentimentales no tienen ningún valor. ¿Es obligatorio, sí o no, obedecer a Dios y a la Iglesia? He ahí todo. Desde ese punto de vista elementalísimo, el sacerdote no es otra cosa que un instrumento sobrenatural, un generador de infinito, y se requiere ser un asno para ver otra cosa, pues todo ello transcurre y debe transcurrir en lo Absoluto. Desde hace más de treinta años oigo misas oficiadas por sacerdotes para mí desconocidos y me confieso con otros que ignoro si son santos o asesinos. ¿Por qué he de cometer la tontería de pretender averiguarlo? ¿Soy juez de ellos, acaso? Me basta saber que la Iglesia es divina, que no puede ser sino divina y que los Sacramentos administrados por un mal sacerdote tienen exactamente la misma eficacia que los administrados por un santo. […] ¡Es para llorar, mi querido amigo! Verme aquí, entre estos camellos, entregado a los tormentos y tener que escribirle (a usted, católico) estas cosas elementales que un herético culto no tiene el derecho de ignorar, es desolador. […] He aquí una observación muy simple y que debe, creo, impresionar a su espíritu, porque hay en ella algo de matemático. El mundo protestante que me rodea es incuestionablemente horrible, mediocre, carente, hasta donde puede serlo, del sentido de lo Absoluto. ¿Cuál es el carácter distintivo de ese mundo? La exclusión de lo sobrenatural, lo sobrenatural excluido del Cristianismo, vale decir, la idea más ilógica y más irracional que haya podido jamás entrar en el cerebro del hombre. Consecuencia de ello es el menosprecio en que se tiene al sacerdocio, al envilecimiento de la función de éste, fuera de lo cual no puede manifestarse lo sobrenatural. Sin el poder de consagrar, de unir y de absolver, el Cristianismo se desvanece para dar lugar a la inmundicia de Lutero y de Calvino, a un racionalismo abyecto, ciertamente inferior al ateísmo. El sacerdote católico tiene tal investidura, que si es indigno, más resplandece la sublimidad de su orden. He ahí un sacerdote criminal, pasible, si se quiere, de la más amplia condenación, y que tiene, sin embargo, el poder de transubstanciar… ¿Cómo no comprender esta Belleza infinita? Léon Bloy, “Carta a un matemático”, Mi diario, 6 de julio de 1899.
- La obra de Léon Bloy (1846-1917) tiene por fundamento la siguiente creencia: el sentido de la vida personal es la contemplación estética de la Creación. Su obra es una teología de la historia, una búsqueda de signos en los siglos y en los días de los hombres. Y una crítica al optimismo ramplón del progreso y a la frivolidad burguesa del culto al dinero.
- Friedrich Schiller (1759-1805), en “Cartas estéticas”, escribe: “Bien puede decirse que todo individuo lleva consigo, por su disposición y destino, un hombre puro e ideal, y que llegar a coincidir, a través de todas sus mudanzas, con la unidad inmutable de este último, constituye la empresa mayor de su existencia.” Luego, se sigue que la cuestión primordial de toda indagación filosófica es la del destino del hombre, entendido como unidad, como armonía consigo mismo. El hombre como unidad armoniosa es el tema de la meditación teológica de Léon Bloy.
- En México han sido pocos lo que han escrito sobre Bloy: Joaquín Cardoso S.J., Adolfo Castañón, Rafael Landerreche, Juan Álvarez Andrade, Bernardo Bátiz y Aurelio Garzón del Camino. Luego, no yerro si escribo que Bloy es un autor de anónimas y estrictas minorías. Para ilustrarlo, traigo hasta aquí las palabras del maestro Sergio Pitol con las que traza el retrato de Aurelio Garzón del Camino, del lector y traductor de Bloy: “Hice, en la Compañía General de Ediciones que creó Martín Luis Guzmán y Rafael Giménez Siles, amistad con Aurelio, un traductor infatigable que vertió al español la entera “Comedia Humana” de Balzac, todas las novelas de Zola, a Léon Bloy, y muchos otros libros franceses. Garzón era el director de correctores en la editorial. Al poco tiempo habíamos descubierto que coincidíamos en curiosidades literarias y que teníamos amistades comunes. Tal vez lo que fundamentalmente nos unía era nuestra devoción al humor y a la parodia, en la que él era un maestro. Aquel modesto gramático español refugiado en México me transmitió su pasión por el idioma, que él convertía casi en apostolado. Con frecuencia salíamos a comer en los varios paraísos gastronómicos que tenía detectados cerca de la editorial. Y en cada una de esas ocasiones asistí a una lección de literatura y gramática, enunciada con gracia y sin pedantería. De él aprendí que el mejor estímulo para un escritor procedía de la familiaridad con los momentos de mayor esplendor del idioma. Me explicaba, libro en mano, que el estilo de Alfonso Reyes era una destilación de los mejores segmentos de la lengua, desde el “Cantar de Mío Cid”, una de cuyas primeras versiones al castellano fue hecha precisamente por él, hasta el lenguaje vernáculo y cotidiano de nuestros días, pero en el tránsito pasaba por los fastos del Siglo de Oro, las cadencias del Modernismo, las audacias vanguardistas de los veinte y los treinta, hasta llegar a Borges. Sin mostrar de ninguna manera las costuras crear un estilo. Escribir —decía— no significaba copiar a los maestros, ni utilizar términos obsoletos como lo habían hecho algunos neocolonialistas mexicanos. El objetivo fundamental de la lectura era intuir el genio de la lengua, la posibilidad de modularla a discreción, de volver nueva una palabra mil veces repetida con sólo acomodarla en la posición adecuada en una frase.”
- El diario de Bloy está dividido en los siguientes libros:
El mendigo ingrato (1892-1896)
Mi diario (1896-1900)
Cuatro años de cautiverio (1900-1904)
El invendible (1904-1907)
El viejo de la montaña (1907-1910)
El peregrino del absoluto (1910-1912)
El umbral del apocalipsis (1912-1915)
El portal de los humildes (1915 -1917)
- “Mi diario”, es el segundo libro autobiográfico, el primero fue “El mendigo ingrato”. Título que, por cierto, podría verterse al español de mejor manera, como “El menesteroso malagradecido”. Según el anónimo redactor de la primera solapa de la edición publicada el 30 de septiembre de 1947 por la Editorial Mundo Moderno, de Buenos Aires, “Mi diario” es un riguroso compendio de desdichas. Estas palabras nos recuerdan al Job del Antiguo Testamento, con la salvedad de que Bloy no es paciente sino iracundo. La expresión “riguroso compendio de desdichas” tal vez sea del traductor José Mazzanti (1979-1954), un sacerdote católico italiano que fue fundador del Instituto de las Pequeñas Hermanas de Santa Teresita, una casa de caridad para huérfanos, pobres y enfermos. Y de él mismo, seguramente, también la selección de la poderosa sentencia de Bloy que a manera de epígrafe corona el libro: “El tiempo es un perro que sólo muerde a los pobres”.
- Léon Bloy es un apologeta cristiano, es un escritor que polemiza defendiendo la verdad de los dogmas del cristianismo. Descendiente de la tradición filosófica de los apologetas griegos, de los primeros siglos de la era cristiana, que polemizaron con los pensadores romanos, utilizando las formas académicas del tratado y el diálogo; y cultivando los recursos retóricos de la invectiva y la injuria. Su finalidad suprema es la conversión del interlocutor o lector (recordemos aquí las conversiones de Jacques Maritain y Ernst Jünger, operadas por la influencia de la obra de Bloy). La estrategia lógica de los apologetas es la síntesis de la cultura clásica greco-romana con la literatura bíblica, de manera especial con los Evangelios. En ese marco de enfrentamiento intelectual, Tácito, en “Annales” XV, se refiere a los cristianos como aquellos que “odian al género humano”. La explicación de su lapidaria expresión es simple: para Tácito, el género humano (Humani generis) son los romanos. Utilizando el mismo recurso centrista se ha acusado a Léon Bloy de misántropo. Es una proposición frágil. Es evidente que el apologeta francés sólo odia a los cretinos burgueses. De lo anterior podemos inferir que la obra de Bloy es una crítica moral a la ideología capitalista de la supremacía del dinero sobre la dignidad humana. Nota aparte merece su devoción intelectual a su esposa Juana y la admiración literaria a la beata Catalina de Emmerick.
- Recuperar y leer a un apologeta cristiano de raíz clásica, en este “tiempo posmoderno” de la sociedad consumista, cuyas características distintivas son el exceso de opciones, la sobrecarga informativa, y el llamado internet de las cosas (IoT: Internet of Things), parece un disparate. Sin embargo, este acto que bien podría ser tildado como reaccionario, conservador y anti-tecnológico significa la recuperación de la dimensión teológica del hombre y de su vocación trascendente. Y simultáneamente, la crítica al falso empoderamiento del individuo, a su falsa sabiduría y pretendido control del mundo.
- Léon Bloy es el anti-moderno, el hombre que tiene creencias religiosas, el pecador que desea lo Absoluto, el católico anti-clerical, el miserable irremediable, el enemigo de la moral burguesa, de la democracia, del progreso y de la ciencia, el marginal ilustrado, el de la abstrusa interpretación sagrada de la historia y el hombre, el que intenta el vencimiento de uno mismo y la Imitatio Christi, el hombre que cree que la biografía y la historia son variedades de la narración estética.
- Hoy el público alfabetizado está convencido de la obsolescencia de las creencias religiosas y del anacronismo de la sed de belleza y redención. Piensa que es ridícula la reivindicación de Cristo, en este siglo, en el que ni sus varias iglesias se atreven a practicar sus enseñanzas.
- De Bloy puedo decir lo mismo que Menéndez y Pelayo escribió en su momento sobre José Moreno Nieto y Villarejo: “El numen avasallador de su elocuencia […] defendió de la invasión materialista y atea el testimonio y la integridad de la conciencia humana, el libre albedrío, el valor ontológico y sustancial del derecho, la fuerza imperativa del criterio moral, la posibilidad y la realidad de la metafísica, lo ideal en el arte y en todas las intimidades, pompas y esplendores de la vida del espíritu, asentada sobre la roca inconmovible de las nociones primeras.”
- El perfil político de Bloy es el de un católico liberal que, pese a su talante crítico, no se aparta de la Iglesia. Su miseria económica y la falta de reconocimiento de su excepcional talento literario llevaron a Bloy a adoptar posiciones ultraconservadoras y a denunciar la conspiración de la mediocridad burguesa contra la belleza, la libertad y el heroísmo. Su individualismo idealista se opuso radicalmente al rudo despotismo de lo material y lo gregario.
- Para Bloy la vida del hombre es un capítulo más de las Santas Escrituras: la vida del hombre es parte de un texto cifrado por la Providencia.
- ¿Puede un hombre ilustrado contemporáneo ser un hombre de fe y vivir consagrado al estudio e inclinado ante lo absoluto y manifestación suprema que es la gracia?
- Escribe Bloy: “Entré en el mundillo literario como un elegido en desgracia que cae en un infierno de barro y oscuridad. Ante la vista de nuevos y repulsivos compañeros, la aversión brotaba en mí por todos los poros. ¡En tales circunstancias, mis intentos literarios, qué otra cosa podrían ser sino sollozos y plegarias!
- León Bloy es un paradigma de la literatura romántica en el que se acrisola la teología católica y la poesía del yo atormentado por el pecado.
- Léon Bloy ha creado un linaje: Pieter van der Meer es uno de sus descendientes: “Bloy, al que leo intensamente, me da a conocer el catolicismo en su divino y omnímodo poder, en su sublime unidad y me enseña lo que es amar a Dios sobre todas las cosas. Bloy me presentó a un sacerdote para hablar con él. El sacerdote me ha entregado el Catecismo y me ha aconsejado leer los capítulos referentes al Credo y a los Sacramentos, especialmente el relativo al bautismo, y me ha dicho: Usted debe orar, rezar el Padrenuestro y el Avemaría. Con estas oraciones debe usted llamar a la puerta de la Iglesia y Jesús se las abrirá. Si es usted de buena voluntad, Dios le ayudará, se lo aseguro. Y debe usted arrodillarse y hacer el signo de la cruz. Rezaré por usted. Después he ido a postrarme ante el Santísimo sacramento que, en el Sacré Coeur está expuesto durante todo el día y toda la noche. Hincado de hinojos, he puesto mi mirada en la hostia de nítidos contornos circulares, aureolada de luz, colocada en la custodia. Le he hablado a Jesús de mi zozobra espiritual y de mi miseria y le he pedido misericordia. ¡Dadme, oh Jesús, la fe, dadme el conocimiento y el amor para con Dios! ¡Quitadme la ceguera de mis ojos para que pueda distinguir con toda claridad! […] Ahora soy cristiano por toda la eternidad” [Pieter van der Meer, Nostalgia de Dios, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1955].
- Borges escribió: “Como los cabalistas, y como Swedenborg, Léon Bloy pensaba que el mundo es un libro y que cada criatura es un signo de la criptografía divina. […] Pensaba que el espacio astronómico no es otra cosa que un espejo de los abismos de las almas.” Palabra y profundidad incomprensible es el hombre.
- Bloy es el Cioran católico.









No Comments