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05 Una mujer especial_
Narrativa 0

Leah

· agosto 3, 2016

 

Pablo Manuel Rojas Aguilar

 

Un corazón dibujado en mi ventana luego de deslizar su dedo meñique sobre el vaho es el último gesto que guardo de Leah en mi memoria… Apenas ayer fue su entierro. Yo la llevaba entre mis brazos y, mientras más me acercaba a su féretro hecho de caoba y roble, el peso de ella se incrementaba hasta que fue imposible para mí solo guardarla. Con la esperanza torpe de que un milagro secreto ocurriera, di un último beso a sus labios muertos, esperando, acaso, que su boca respondiera a ese estímulo y que se revirtieran los estragos de aquella enfermedad tan vieja, tan gastada, que terminó por carcomer sus pulmones… No hubo respuesta alguna, pero sus labios, acaso sus labios, aún conservaban una pequeña chispa de calor…

*

Inició con una débil tos que, sin embargo, fue haciéndose más severa y, de tanto toser y toser, comenzó a desangrarse por la boca. Su piel palideció y se puso fría como el mármol; la suprema delgadez de sus mejillas acrecentaba el tamaño de sus ojos, de esos ojos que guardaban antiguos secretos; sólo sus labios eran coloridos en ese bello y fascinante rostro, los mismos labios que besaba, funestamente, por última vez…

*

Desde que se fue, no he tenido el valor de mover sus cosas; las he dejado en su lugar, donde sus frágiles manos las colocaron por última vez… Me niego a creer que se ha ido, a comprender que me ha dejado porque en las noches como ésta hundía mi nariz en su cuello para tranquilizarme; ahora, sólo me queda el filo de su ausencia cercenando mi corazón… Ella me amaba, yo lo sé; antes de dormir entrelazaba sus dedos entre los míos hasta entumecernos, hasta que mi cálida mano se soltaba sólo para acariciar su rostro. Ahora, esa misma mano se ha convertido en un puño que golpea, desesperado el gélido mausoleo donde ella yace y que separa su alma de la mía.

Como para evocarla, vierto en el aire su cansado nombre a modo de llamado mientras espero que el viento lo lleve hasta ella; pero su respuesta se demora y tal vez no llegará jamás. Entonces, la ansiedad me carcome y yo quisiera desprenderme de mí mismo, abandonar mi carne y mis acobardados huesos, desafiar la eternidad del hombre y así anular la desesperación de saberme solo en el espacio y en el tiempo, sin ella acompañándome entre las sombras despedazadas de la eternidad. Pero sólo hay vacío, un vacío más grande que su silencio.

*

Desperté de manera brusca mucho antes del alba y mis ojos se clavaron en el corazón que dejó Leah en mi ventana, el cual se notaba claramente y, mientras más lo observaba, más parecía que se remarcaba sobre el cristal. Salté de mi cama para mirar de cerca; no obstante, ya no hubo cambio alguno en él. ¡Debe ser un mensaje de Leah! ¡Por supuesto! Entonces, se encendió una luz en mi alma…

*

Me quedé mirando toda la tarde el dibujo, a pesar de que a la luz del día es casi invisible. Cuando cayó la noche, lo seguí mirando hasta caer rendido. Desperté en la madrugada, miré de reojo el cristal y el corazón parecía latir con cadencioso ritmo; empero, mi sueño era demasiado e inevitablemente me quedé dormido…

Desperté al medio día, bastante más débil de lo habitual, recordando retazos de un sueño roto donde Leah, calmosa, se quitaba la ropa segura de que nadie la miraba… Y yo volví a ver sus blancos senos, misteriosos, donde tantas veces hundí mi boca, y vi su vientre del color de la vainilla donde ardía su vasta sensualidad; pero mi alocado corazón quiso escapar del pecho y terminó por despertarme…

*

Mi vida se ha reducido a mirar la cristal y a dormir; ya casi no salgo de casa salvo para abastecerme de alimento y vino; paso las mañanas en mi biblioteca y me he olvidado casi de comer a pesar de lo hambriento que estoy. Sospecho que el dibujo que ella dejó en mi ventana, aquella fatídica tarde previa a su muerte, de alguna manera, nos une. Cada vez que lo miro con mayor claridad, yo puedo ver a Leah en mis sueños…

*

La he visto caminar desde la noche hacia a mí y he sentido, como nunca, la alucinante hoguera de su alma encendiendo mis infinitas ansias… Por lo que mi caricia comienza un recorrido desde su delgado cuello hasta descender violentamente a su cintura, para arrancar su desnudez magnífica, similar a una estatua cincelada en nieve… Entonces, mis ansias derriten su hielo hasta vaporizarla, hasta abastecernos y consumirnos el uno al otro, sin reposo, sin descanso, aunque no he podido besar otra vez susuculenta boca.

*

La debilidad ha invadido mi cuerpo, el cual parece secarse como las hojas en otoño y, a pesar de mi hambre, casi no puedo ingerir alimentos. Anoche dejé comida sobre la mesa y hoy no pude encontrarla en ningún lugar, ¿será posible que la haya comido y no lo recuerdo? No obstante, aún hay suficientes raciones.

*

Ignoro por qué motivo no me atrevo a salir, ni siquiera a cruzar el umbral de mi puerta; además, la mayor parte del día sólo puedo dormir y el resto del tiempo veo el cristal de mi ventana. Sólo la noche me brinda el valor de atravesar los muros de mi cárcel pero no puedo alejarme a gran distancia. Así que me detengo sobre las empedradas calles a observar los vastos cerros que solía escalar cuando era niño y las lejanas casas con precarias luces encendidas; lanzo pequeñas rocas hacia el despeñadero y miro de soslayo la elevada torre de la parroquia que ahora me provoca escalofríos; no me atrevo a acercarme a ella…

*

Los sueños con Leah no han cesado.

*

Cuando desperté, ya muy cerca del ocaso, fui a la cocina a buscar alimento sin hallar cosa alguna, salvo un poco de queso y vino. Traté de comer con desesperación porque el hambre me estaba carcomiendo, pero me fue imposible. Parece muy extraño que la comida desaparezca. ¿Acaso alguien ha entrado a casa para robar? Revisé a detalle cada habitación, mi biblioteca, el comedor, la cocina, los jardines, la bodega, sin notar alteración alguna; todas mis pertenencias y las de Leah seguían ahí, aunque estas últimas (no estoy muy seguro), en posiciones distintas, lo cual me alarmó un poco… Ya caída la noche, entrada la luna llena, fui al corral para ver si notaba algo raro y, con ineludible pánico, vi mis cabras muertas. ¡Pero cómo!, las escuchaba mugir entre sueños mientras dormía… Tuve que revisarlas con espanto, con desesperación y no encontré heridas en sus cuerpos, ni espuma que evidenciara un posible envenenamiento; sin embargo, a todas les escurría sangre por el hocico… Mientras contemplaba el hilarante espectáculo de putrefacción y muerte, mi instinto de supervivencia me abalanzó, como una bestia famélica, sobre aquellos cadáveres para devorar la sangre que les escurría, mezclada con saliva y tierra… y yo introduje mi lengua hasta sus gargantas para saciarme… Ese sabor, ese sabor me reparaba, me era exquisito y repugnante a la vez, como si mi animalidad pretendiera quebrantar mi intelecto… Después, no sé qué pasó…

*

Ya en la madrugada, el vaho de la ventana no ha dejado de vibrar; ahora parece iluminarse con una luz escarlata que me hipnotiza. Un golpe en el cristal y el crujir de unas ramas en la intemperie rompen el hechizo, sólo para dirigirme fuera de casa, sin embargo, no más allá de los límites de mis temores. Me detengo sobre la empedrada calle que se pierde entre los árboles, enrojecida por una gigantesca luna de sangre que palpita; el ascendente sonido de los insectos en la noche me aterra un poco, y el viento silba y se revuelve contra mi rostro, dificultando mi respiración. De repente, en el camino puede notarse la estrecha silueta de una mujer saliendo del bosque… Yo miraba con espanto la agreste figura que se acercaba hacia a mí; era una mujer delgada con oscuro cabello y pálida piel. A medida que se acercaba, la luz de la luna iluminaba su rostro, hasta dejar caer sobre su vestido un racimo de sangre… ¡Era Leah! ¡Mi muerta Leah!… Mi corazón se detuvo un momento… Entonces, la recién llegada me miró con opacos ojos y despegó sus labios sólo para decir: ¿Acaso no vas a recibirme?… Sus labios estaban cubiertos de sangre coagulada, lo cual resaltaba su intrigante rojo. No supe cómo reaccionar; en cambio, ella unió su boca apasionadamente a la mía y nuestras lenguas se entrelazaron… Jamás había recibido un beso como aquél. Acercó su cuerpo hacia el mío dispuesta a todo, encendida en amor. Una de sus rodillas fue subiendo hacia el centro de mis muslos hasta elevar mi sangre y ponerme rígido. Sus manos se deslizaron, ávidas, sobre mi camisa a fin de descubrir mi cuerpo, luego siguieron bajando hasta desatar mi cinturón y arrimar cualquier tela que le estorbara… En un arrebato, puso sus rodillas sobre las rocas y hundió mi virilidad en su garganta, incesante, hasta beberme con encendida devoción; me tumbó sobre el piso, se despojó de las ropas y cabalgó sobre mis húmedas caderas, en constante desplazamiento, una y otra vez, hasta que el clímax de su placer se desbordó en estruendosas vocalizaciones acompasadas y, cuando quise fundirme con ella en un abrazo, su cuerpo se convirtió en un caudal que se escurrió entre mis piernas como un río…

He borrado de mi memoria lo que ocurrió después, salvo que todo quedó en silencio.

*

No sé cuántas lunas han pasado sin que yo vuelva a mirarla, ni siquiera en mis sueños y mis infames instintos siguen torturándome. Sin embargo, sé que volverá, espero su llegada desde las penumbras de mi habitación, mirando a cada instante mi ventana, aletargado y débil; mi vida sigue aguardando por ella entre mis brazos: Ven a consumir mi alma hambrienta de deseo… ¡Ven!

Después de una prolongada espera, por fin llegó el momento: escucho el débil sonido de sus pasos acercándose a mí y siento colocar en mi hombro su blanca mano, su aterciopelada y gélida mano que beso con extrema devoción: La noche te acompaña, ¿ves qué pronto se ha extinguido la luz del cielo? Toma mi luz antes de que se vaya perdiendo en calor y mi universo se vaya haciendo invisible minuto a minuto, más liviano… Alguna vez no seré más que calor, calor equilibrado, inmóvil; ven a tomarme antes de que muera…

De pronto, siento un escalofrío, provocado menos por la angustia que por la curiosidad de saber qué es lo que me espera… Pero no me demoraré en saberlo.

¿Será posible que en la inefable eternidad me será dado permanecer con ella?

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