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Le pain nu

· septiembre 11, 2020

Marco Julio Robles

 

Esa idea de saborear el regusto que los viajes dejan, a veces con mayor deleite que la experiencia misma de conocer una tierra ignota, me sigue pareciendo cierta. No recuerdo en dónde la leí o quién me la dijo, pero la frase que tengo grabada en la memoria decía más o menos así: “Quizá la belleza de los viajes está más en el placer de recordarlos que en los viajes mismos”. A menudo he deseado regresar a ciudades que me deslumbraron, Lisboa, por ejemplo, o Benarés… Pero la idea de volver entraña siempre el peligro de no experimentar con la misma intensidad lo que el recuerdo afirma que vivimos en aquellas tierras. Como lo que me sucedió en Tánger el año pasado.

Yo nunca había estado en África. Pedro, el amigo con el que haría ese viaje, afirmaba con insistencia que Tánger era una ciudad “literaria”. Paul Bowles, Jean Genet, Hemingway y tantos nombres insignes habían vivido noches de bohemia en sus calles estrechas, llenas de puestos callejeros, pequeños mercados y expendios de especias. Es cierto… La ciudad extendida al lado del mar tiene su encanto, un no sé qué que invita a la nostalgia, a la contemplación. Tal vez son los innumerables cafés en los que los hombres se sientan a tomar el fresco en la tarde, casi nunca frente a frente, sino codo a codo, en hilera, como si estuvieran en el cine; por supuesto, la gran atracción para ellos es la gente que camina por las calles. O quizá se debe a la mezcla de arquitecturas: los edificios altos, pintados de blanco, junto a las Medinas y los Zocos en los que se congrega la gente local y que tienen un aire de otra época, como si estuvieran suspendidas en un siglo anterior, a resguardo del tiempo.

Hoy recuerdo Tánger. De la mano de esos recuerdos, en los que de vez en cuando retumba la ciudad porque las Mezquitas llaman a la oración de la mañana o a de la tarde, aparece la imagen de Mohamed Choukri, el escritor que tenía reservadas para mí interesantes sorpresas. Allá, en la ciudad que tanto quiso Choukri, cometí muchos errores. Me refiero en especial al hecho de no fijarme en cómo se llamaba el restaurante; pero, sobre todo, a no preguntarle su nombre a ese vecino de la mesa nuestra que tanto me sorprendió.

Se trataba de un hombre de unos 50 años, quizá menos. Piel morena, rostro enjuto, complexión delgada y voz grave. A pesar de que eran cerca de las 12 de la noche, llevaba una gorra que no se quitó en ningún momento. Ahora, cuando trato de recordar cómo eran sus ojos o la forma que tenían sus labios, lo que aparece en mi mente es la gorra que trazaba sobre su cara una sombra que la volvía difusa. Según yo, la gorra era azul, aunque nunca me atrevería a afirmarlo sin temor a equivocarme; pues, en no pocas ocasiones, la memoria nos pone una zancadilla, reformula lo que sí pasó y teje puentes que nos alejan del sentido originario para erigir sobre esos rescoldos, recuerdos nuevos.

Contar de manera breve el recorrido que hice antes de esa noche de viernes en Tánger resulta preciso para que se comprenda el porqué de mi sorpresa ante lo que el hombre de la gorra azul me contó.

 

Y es que antes de empezar el viaje que teníamos planeado al interior de Marruecos, una noche, paseando por Tánger, vimos un restaurante pequeño, dos o tres mesas a lo máximo y un asador en la calle en la que se cocinaban brochetas de pollo o de pescado. Quise entrar en ese momento y probar algo de lo que estaban cocinando, pero íbamos cuesta arriba buscando el café Hafa, un lugar desde donde se mira el mar y en el que se reunían los escritores, artistas e intelectuales en los años sesenta. Le dije a Pedro que después del circuito que haríamos, al volver a Tánger, deseaba sentarme en alguna de esas pequeñas mesas, cerca, tal vez, del olor de las brochetas mientras se asaban. Ese día ya era tarde como para hacerlo y al siguiente dejaríamos Tánger para hacer un recorrido exprés por un buen número de ciudades: Rabat, Fez, Marrakech, Casablanca y el desierto del Sahara, entre algunas otras.

Una de las paradas obligadas para esos autobuses llenos de turistas extravagantes es Casablanca. Ahí es en donde verdaderamente inició el viaje para mí. En un puesto de periódicos, desplegados en el suelo, dispuestos sobre un plástico que creo que también era azul, no lo sé, ahora todo lo que recuerdo de ese viaje parece pintado de ese color. Había muchos libros a la venta, la mayoría en árabe, lengua de la que no entiendo absolutamente nada. Una pequeña sección estaba en castellano y otra, más abundante, en francés. Me aventuré a comprar un libro que se llamaba, Le pain nu, de Mohamed Choukri. El pan desnudo si se me permite una traducción literal al castellano.

Me llamó la atención lo que en la contraportada se decía. Autor de culto en las letras árabes, desmitificador de las tradiciones musulmanas, crítica feroz acerca de ciertas prácticas que se cometieron en contra de los árabes durante el protectorado español. Se trataba, pues, de una obra autobiográfica que a partir del árabe callejero describía realidades terribles y sórdidas. La prostitución masculina en Marruecos, los vicios que el mundo árabe intenta ocultar: alcohol, sexo fuera del matrimonio, robos, drogas, pillaje y abusos. El libro no me decepcionó, al contrario. Lo leí con fruición y voracidad mientras el autobús nos acercaba, cada día, a una ciudad nueva. La historia familiar de Choukri aparecía frente a mí y como telón de fondo estaban las carreteras sinuosas que conducen al desierto de Merzouga, las montañas del Rif o la cordillera del Atlas.

Después de siete largos días volvimos a Tánger. Regresamos un viernes por la mañana. En la tarde nuevamente los paseos por la ciudad, de nuevo el té de menta con hojas de hierbabuena. En la noche fuimos al restaurante que nunca dejó de ocupar un espacio en mi recuerdo, quería volver a él, sentarme a comer algo ahí. Las mesas eran pocas y estaban ocupadas en su totalidad. Sólo había una que debíamos compartir con un hombre, el mismo que yo afirmo que llevaba una gorra azul y que tal vez era amarilla o roja o negra.

Lo de siempre: ver qué hay, ordenar, y esperar que la comida llegue. Mientras, entretener el hambre con el pan y los aderezos. Estiré la mano para tomarlo de la cesta y el hombre, mirándome fijamente, me preguntó: ¿Le pain nu? Pensé de inmediato en Choukri, pero me pareció una coincidencia tan extravagante que me limité a esbozar una mueca de interrogación, y le dirigí a Pedro una mirada de inteligencia que quizá resultó en un gesto de turbación por parte mía. ¿Has leído ese libro de Mohamed Choukri?, fue la siguiente pregunta que me dirigió, sin que yo atinara a entender cómo ese hombre, en el restaurante que yo quería conocer desde ocho días atrás, me interrogaba sobre un libro que pude leer gracias al viaje que se atravesó entre el viernes anterior y esa noche. Incluso miré la mesa para cerciorarme que no llevaba el libro de Choukri, y así era, el libro estaba en la maleta, en el hotel. No había nada que delatara su presencia y, sin embargo, él lo sabía como si yo llevara en la cara la marca indeleble de ser uno de sus lectores y de haber recorrido estanquillos y librerías buscando más títulos suyos.

Le conté los detalles de mi búsqueda, de cómo había encontrado casi al azar Le pain nu, un libro que me costó tres euros apenas. Él llevaba videos de Choukri en su celular, no sólo lo conocía como escritor, sino que había sido alumno suyo. Además, ese hombre misterioso hablaba perfectamente español, un castellano salpicado por el acento propio de quien ha sido educado en otro idioma. Por él nos enteramos de algunos detalles de la vida del maestro, como él lo llamaba. Detalles tales como el hecho de que nunca se casó y vivía en una constante y cerrada soledad. Los alumnos se juntaban para limpiar su casa, pues él casi nunca tenía ánimo para hacerlo, razón por la cual vivía entre libros, ceniceros y basura. También nos habló sobre lo mucho que amó Choukri la ciudad de Larache. Nos contó que hasta los 20 años Choukri vivió como analfabeta, aprendió a escribir el árabe a una edad muy avanzada; luego se convirtió en un escritor reconocido aun cuando sus libros fueron prohibidos por el Estado Musulmán durante muchos años. También nos habló de los amigos entrañables que su maestro tuvo, sobre todo Jean Genet, que se fue de una Europa que lo carcomía y que quiso que lo enterraran en Larache, en un panteón que está a la orilla del mar.

La charla no se prolongó demasiado, aunque yo la recuerdo como si hubiera sido larga. No puedo escribir sobre el sabor de las brochetas ni el gusto que dejó en mí la sal del pan, porque el encuentro fue tan explosivo y extraordinario que no dejó espacio para otras sensaciones. De pronto, el hombre de la gorra azul dio por concluida la plática, pagó, se despidió y nos dejó solos, con esa extraña sensación de haber experimentado algo extraño, por decir lo menos; pero ahora que lo recuerdo, a casi un año de distancia, fue maravilloso y alucinante.

De vuelta en España, caminando al azar alrededor del Palao de la Música Catalana, vi una librería. Me llamó la atención un letrero: ofrecían que en la compra de un libro nuevo podías llevarte uno de segunda mano. Mi hambre de libros y mi falta de fortaleza ante las ofertas, me llevó hasta el portal en el que se exhibía el siguiente anuncio:

 

foto1

Nosotros volveríamos a México el sábado. El día que vi este letrero era jueves. Y el club de lectura sobre Choukri y, en específico, acerca de la obra suya que yo había leído, sería el viernes, es decir, al otro día. De más está describir la sorpresa que esto me causó. La siguiente noche la dedicamos a eso, a departir con un grupo de jóvenes lectores catalanes sobre la literatura africana, el protectorado español y las experiencias, cruentas a menudo, que Choukri describe en su literatura.

Desde Casablanca a Barcelona, pasando por Tánger, Mohamed Choukri estuvo, de una manera o de otra, presente en el viaje. Tenía que estar en mi biblioteca y demostrarme que tarde o temprano llegamos a los libros que nos revelan una parte de nosotros mismos, tal como decía Borges; pero, sobre todo, que los libros también nos persiguen a través de décadas, ciudades, mares o fronteras. Como Choukri, que se ha convertido en uno de mis perseguidores, y cuyos libros recomiendo por la pulcra franqueza con la que narra su vida sin artificios sentimentales ni victimismos odiosos.

 

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