Andrés Trapiello
Cervantes se arriesgó con un insignificante joven, el hijo del general Colonna, uno de los coligados contra el turco que mandó las fuerzas del Papa en la Naval. Ascanio Colonna, a quien Cervantes había conocido en Roma mientras sirvió al cardenal Acquaviva, vivía a la sazón y de manera provisional en Alcalá, y esa coyuntura, unida a su escaso trato con otros nobles, debió de decidirle a dedicarle su libro. Cómo de generoso fue este italiano, no lo sabemos, pero no lo sería mucho, porque Cervantes no volvió a mencionarle nunca más.
Dar a la estampa un libro en el siglo XVI no era empresa sencilla. Se precisaba, en primer lugar, obtener la merced de Su Majestad. Obtenida ésta había que obtener un privilegio, vigente, por lo general, durante diez años; después había que llevar el manuscrito a la aprobación civil, representada por un hombre de letras nombrado por el Consejo Real que hacía las veces de censor. A continuación, se solicitaba la licencia del vicario de la ciudad donde se pensaba imprimir, y luego se sometía a la aprobación o censura del mismo vicario o del religioso comisionado por éste. Resueltos todos estos trámites burocráticos, había que encontrar el librero o editor que comprase el privilegio y mandara imprimir la obra, y antes de poner a la venta el libro, se precisaba el testimonio de las erratas y la tasa o precio de venta al público de cada ejemplar, que debían figurar al frente. A todos estos trámites se solían sumar otros dos más: buscarle al libro el patronato de un aristócrata o una dignidad de la Iglesia, y adornarlo con los elogios de colegas y amigos.
Cuando todas estas gestiones estuvieron resueltas en el caso de La Galatea, se mandó componer la obra. Era en el verano de 1584.
Tampoco componer un libro era un asunto rápido, se hacía con tipos móviles y se imprimían, en las prensas, a mano, unos pocos pliegos sueltos, se distribuían los tipos en sus respectivos chibaletes, se volvían a componer otros cuantos pliegos, y así hasta acabar la obra.
A su autor, pese a la ilusión depositada en la empresa, La Galatea no le proporcionó, a corto plazo, ni fama ni dineros. Y a lo largo, menos aún. ¿De qué vivía entonces?
Muy mal debieron de probarle las cosas en España cuando decidió irse de aquí. Se conserva la instancia que Cervantes había dirigido al Consejo de Indias de Lisboa, solicitando para América el empleo que no conseguía encontrar en Madrid, pero la respuesta fue igualmente negativa. No será ésta la última vez, ni en pedir ni en recibir una negativa.
Mientras tanto en su familia las cosas seguían igual que siempre, o poco más o menos.
Su hermana Magdalena se había visto obligada a empeñar unas piezas de paño, y su hermano Rodrigo a seguir su carrera de las armas, y como soldado lo encontramos embarcándose para la campaña de las islas Azores, donde los partidarios del pretendiente al trono portugués, don Antonio, se habían hecho fuertes.
Las Azores se ganaron para la monarquía cristiana de Felipe II, y Madrid se dispuso a celebrarlo de la mejor manera que conocía, multiplicando las representaciones de teatro.
Cervantes se sumó, como escritor, a aquella fiesta, tal vez con la esperanza de que la escena lo sacara de pobre, aunque no sólo por esa razón: el teatro le apasionaba y muchos han visto en estas palabras de don Quijote la voz del propio Cervantes: “Desde muchacho fui aficionado a la carátula y en mi mocedad se me iban los ojos tras la farándula”.
En Madrid habían funcionado regularmente unos cuantos teatros o teatrillos, llamados también corralas, al aire libre, donde tenían lugar las representaciones.
El arte escénico, todavía en pañales, era muy rudimentario, los adelantos de tramoyas y efectos especiales eran modestos y los empresarios, a los que se llamaba autores, cambiaban sin cesar de repertorio, y adaptaban y mutilaban los textos sin miramientos. Los cómicos lo eran por poco dinero, un cuarto la entrada, o en su defecto “pedazo de pan, huevo y sardina, y todo género de zarandaja, que se echan en una talega”. Se representaban comedias y entremeses, se cantaba, se hacían incluso juegos de manos en escena, y se bailaba. No había todavía un canon de representación, ni leyes escénicas, y cada poeta escribía ateniéndose a unas muy libres preceptivas que recordaran a los clásicos.
Se vieron así en Madrid gran número de obras, y Cervantes, desde mediados de 1583, se dedicó de lleno a la vida de escritor teatral.
Esto le llevó a conocer a un gran número de autores y compañías de cómicos, que quedarían descritos en numerosas ocasiones y en diversas obras suyas, del Coloquio al Persiles, del Quijote a El licenciado Vidriera, del prólogo a sus Ocho comedias al Viaje del Parnaso.
Ya nos hemos referido a la admiración que sentía Cervantes por el teatro de Lope de Rueda, al que seguramente vio de muchacho representar en Sevilla y a cuyo enterramiento en Córdoba hubiera podido asistir, por encontrarse en esa ciudad. Y de la misma manera que se refirió al género pastoril de la novela, en un tono distante y humorístico, en el prólogo a sus comedias nos pinta en muy expresivos trazos el panorama teatral de aquel momento en el que Lope de Rueda se hizo célebre: “En el tiempo de este célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno. […] No había en aquel tiempo tramoya, ni desafíos de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que saliese o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima […]; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacían lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo…
En muy pocos años el espacio físico de los teatros fue cambiando, sin embargo.
Se representaba en patios o corrales, entre dos casas en las que se encontraban los graderíos laterales, sobre los cuales se levantaban, a modo de palcos, ventanas enrejadas y celosías. Hay dibujos de época en los que se ve bien todo esto. El espacio escénico contaba asimismo al fondo de una tribuna llamada cazuela y el patio propiamente, tomado casi siempre por los escandalosos mosqueteros; la cazuela la ocupaban las mujeres de condición modesta, y las gradas laterales y los aposentos que se levantaban sobre las gradas, la gente principal. El escenario también experimentó avances, sin llegar aún a las innovaciones técnicas del teatro italiano, que le permitiría unos rudimentarios efectos especiales.
En estos escenarios tuvieron lugar las representaciones del teatro del XVI, a donde la gente acudía más a oír el teatro que a verlo.
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Fragmento del libro Las vidas de Miguel de Cervantes – Una biografía distinta, editado en Planeta (Barcelona, 1993) y el Fondo de Cultura Económica en 2005.









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