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Las pasiones y el eterno amor

· agosto 16, 2016

 

Antonio Bello Quiroz

 

El amor y las pasiones no pueden sino estar ligados. El amor ha sido visto como una forma de enfermedad, que es una de las acepciones del latín passio, padecer. Una de las varias ocasiones en que el psicoanalista francés Jacques Lacan aborda la cuestión de la pasión, “las pasiones del ser”, es en su Seminario Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Ahí recurre al ejemplo que encontró en las Confesiones de San Agustín, quien relata que cuando vio a un niño que miraba a su hermanito en el seno de su madre, al ver el aparente estado de felicidad y satisfacción del otro niño, el rostro del primero se torna lívido, su mirada se enciende de odio y, concluye San Agustín: “ésta es la imagen de los celos y la envidia”, es decir, la idea de que el hermanito posea el objeto de la verdadera satisfacción. Así se constituye el deseo para el sujeto, a partir de la imagen que otro le da de lo que sería poseer el objeto verdadero, el que Lacan llama el objeto a. De esta forma, el deseo se constituye a partir de la imagen de otro que parece poseer el objeto verdadero.

La dimensión de lo que hace que afectos como la envidia sean una falta moral (entendida aquí en su carácter formal) se encuentra determinada por varias condiciones: primero, porque anuncian la presencia de ese objeto a, lo que hay que no se tiene, y en segundo lugar, porque es la causa del deseo. En la formalización de Lacan, el primer objeto cuya posesión nos causa envidia es el falo, bien sea para poder afirmar la propia virilidad, bien sea para organizar el goce.

Si tenemos en cuenta que el yo es una representación sostenida por el objeto a, es este objeto lo que provoca la envidia y, por tanto, se convierte en el soporte del ser, con lo que el ser no queda del lado del yo sino del objeto que lo soporta. Si el yo que se inviste ya no es únicamente la representación de este objeto, su semblante, como dice Lacan, entonces se vuelve para cada sujeto el ser mismo. Es ahí justamente donde se desencadena la pasión.

En una expresión clínica podemos observar esta manifestación en la erotomanía. Quien la vive está convencido de que, entre la imagen a la que se entrega y el sujeto que la padece, existe una correspondencia absoluta tal que se reconozca su propio ser en esa imagen ideal y ya no pueda soltarla. Le habla con complicidad, con familiaridad, como si se tratase de la verdad de sí misma. Lo que encuentra en la imagen, en el ideal, es su propio ser. Quien presenta erotomanía puede pasar del acoso amoroso a la amenaza y delirio persecutorio e incluso la muerte. Esto es la imagen más viva de la pasión.

Las pasiones del ser para Lacan son tres: el amor, el odio y la ignorancia. El amor es definido por Lacan como imposibilidad, según la fórmula: “dar lo que no se tiene a quien no es”. Los amantes pueden prometerse hacerse Uno, sin embargo, lo que se pone de manifiesto en cada vínculo amoroso es la imposibilidad, se impone la presencia de una no comunidad de goces. Al respecto de la vivencia de esta imposibilidad entre los sexos, Lacan dice que la mujer teje, hace trenzas, y el hombre hace círculos, es decir, se muerde la cola y no sabe nada del goce femenino; lo puede suponer, sospechar, pero no lo alcanza. El hombre no se resigna a no recubrir el goce femenino: para el hombre, el macho, nada adquiere categoría de imposible, lo que no puede hacer simplemente lo deja y con ello se preserva de la falla. La mujer, en cambio, no sabe cuál es su lugar en el goce.

De esta manera podemos ver dos posiciones en la constitución y manifestación del vínculo amoroso, dos medio decires que, por un lado, presentan y viven el amor que se presenta como eterno, y de cierta manera lo es en el sentido que Lacan señala con respecto al famoso aforismo sobre que no hay relación-proporción sexual: el amor es lo que no cesa de no inscribirse, tal como nos lo muestra en su Seminario 20, Aún:  “… definí la relación sexual como aquello que no cesa de no escribirse. Hay allí imposibilidad. Es, asimismo, que nada puede decirlo: no hay, en el decir, existencia de la relación sexual”.

Si afinamos la expresión podemos decir que se trata de que no podemos escribir la relación entre hombre y mujer. De allí el “no hay relación sexual”, lo que nada tiene que ver con los periodos de abstinencia del acto sexual, sino más bien con la imposibilidad de la complementariedad entre sujeto y objeto. Es ésta una enseñanza fundamental que ya Freud había dejado esbozada desde 1905 con sus Tres ensayos para una teoría sexual.

Pero hay otras dos modalidades lógicas que se articulan con “lo imposible”, y, por tanto, participan en la convocatoria a no cesar de inscribirle, tal como sigue diciendo Lacan en el mismo Seminario 20, Aún: “La contingencia la encarné en el cesa de no escribirse. Pues no hay allí más que encuentro, encuentro en la pareja, de los síntomas, de los afectos, de todo cuanto en cada quien marca la huella de su exilio, no como sujeto sino como hablante, de su exilio de la relación sexual.”

Se trata para el sujeto de un encuentro, con el carácter de una contingencia, donde aparece una vez más la ilusión de encuentro, que por tanto devendrá desencuentro, lo que le coloca en el exilio de la relación sexual, sólo para formular un nuevo encuentro marcado por la ilusión, ¿pero de qué?: “… ilusión de que algo no sólo se articula sino que se inscribe, se inscribe en el destino de cada uno, por lo cual, durante un tiempo, tiempo de suspensión, lo que sería la relación sexual encuentra en el ser que habla su huella y su vía de espejismo”.

En el encuentro amoroso se presenta un efecto de suspensión de la imposibilidad, encuentro dichoso donde momentáneamente se supera lo que no cesa de no escribirse, donde hay posibilidad de realizar la proporción sexual, de inscribirla, de acceder a lo imposible, aunque sea sólo al nivel de la ilusión; en este encuentro, en el encuentro amoroso, “el objeto es elevado a la dignidad de la Cosa”, según enseña Lacan. La suspensión se efectúa en tanto que se ha logrado un significante que detiene el deslizamiento de significado, un trazo, una imagen, un nombre, que ocupa el vacío que de otra manera se muestra como insoportable.

Pero si bien este encuentro, en la dimensión del registro imaginario, suspende momentáneamente el vacío, el dolor del ser, no resulta suficiente. Es por tanto necesario avanzar hacia la dimensión simbólica que supone la instalación del amor en el sujeto. Lacan lo sanciona así: “El desplazamiento de la negación, del cesa de no escribirse al no cesa de escribirse, de contingencia a necesidad, éste es el punto de suspensión del que se ata todo amor […] Todo amor, por no subsistir sino con el cesa de no escribirse, tiende a desplazar la negación al no cesa de escribirse, no cesa, no cesará.”

Después de lo dicho, más allá de los vaivenes, de los encuentros y desencuentros de la pareja, podemos formular con la claridad de la simpleza informada que el amor es eterno mientras dura.

 

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