Antonio Bello Quiroz
El libro Las melancolías, goce de vida, goce de muerte (Abismos, México, 2016), de la psicoanalista Marcela Martinelli, es un minucioso recorrido por diversos saberes que se han ocupado de la melancolía, o mejor dicho, las melancolías a través de la historia. Esta pluralidad con la que Marcela se refiere a la melancolía es su primera aportación. No se trata aquí de la melancolía sino de las melancolías. Ésa es justamente la hipótesis que la autora plantea, conceptualizar a las melancolías como una posición subjetiva en plural, que abarque la tristeza en duración variable hasta la vivencia de dolor en estado puro que paraliza a quien lo padece.
Nos habla Marcela de las melancolías como una posición subjetiva y nos aclara que no son propias de la psicosis sino que se pueden presentar en cualquier estructura subjetiva.
Sabemos que los estados melancólicos han llamado insistentemente la atención de los estudiosos del alma; sin embargo, siguen siendo una afección difícil de clasificar. La autora nos acerca a las melancolías desde la filosofía, la medicina, el arte y el psicoanálisis, desde luego.
El libro está organizado como una partitura, como un concierto musical hecho de escritura en lugar de sonido, y eso es justamente lo que logra el trabajo de Marcela: irnos metiendo en ritmo melancólico. Mientras vamos recorriendo cada uno de sus acordes, nos lleva a un concierto ante el desconcierto que ha producido la melancolía.
Marcela delimita su oscuro objeto de estudio primero haciendo recortes cronológicos, historiografía, dividiendo en periodos su recorrido: la edad Antigua, fundamentalmente con los griegos, que tanta influencia tuvieron para la medicina y la filosofía. Después nos habla de la Edad Media, donde se tiene una propuesta moralizante a partir de la religión; aquí se plantea a la melancolía como una enfermedad de la que es preciso curarse. Continúa con el Renacimiento y su vuelta a los griegos; aquí la melancolía se presenta en algunos hombres excepcionales ligados a la creación. Analiza también la era moderna con la psiquiatría y, desde luego, el psicoanálisis.
Es un deleite seguir a Marcela en la exposición que realiza de un libro clásico para el estudio de la melancolía. Se trata de Anatomía de la melancolía del escritor inglés Robert Burton. Este clérigo parte de una pregunta que no pierde su vigencia: ¿quién está libre de melancolía? Él mismo se ubica como melancólico y se propone anatomizar su propia locura. Ante la pregunta sobre el origen de la melancolía, si es natural o adquirida, este autor que nos comenta Marcela se contesta que es un estado que va y viene, tiene lo mismo causas fisiológicas que sobrenaturales ocasionadas por ángeles, demonios y Dios. Por tanto, se encuentra en la disposición de todos los hombres: en algún momento todos experimentamos algún pasaje melancólico. Va a definir a la melancolía como “un tipo de locura sin fiebre, que tiene como compañeros comunes al temor y a la tristeza, sin ninguna razón aparente”. Propone Burton una serie de acciones como remedio a la melancolía. Son acciones, señala Marcela, encaminadas a la rectificación del cuerpo y la mente: recomienda el estudio y la lectura, pero no en exceso; para las mujeres aconseja tareas manuales: bordar, tejer, cocinar. Recomienda dormir bien, entre siete u ocho horas, y la música como la mejor medicina de la mente. Pero lo mejor que recomienda y que Marcela suscribe en su libro (y yo lo hago aquí) es, como dice Burton: “pero a mi juicio nada tan presente, nada tan poderoso, nada tan apropiado como una copa de una bebida fuerte, alegría, música y agradable compañía”. Es un deleite este recorrido tan detallado que hace Marcela, se los recomiendo mucho, también como un ejercicio si acaso cruzan por un periodo melancólico.
Una lectura distinta de esta pasión del alma se hace desde el psicoanálisis, que Marcela Martinelli nos presenta en la segunda parte del libro. De inicio, en su “Opus freudiano”, reconoce de entrada el terreno pantanoso en que se mueve esta pasión del alma, consagrada por Aristóteles a Saturno, el dios de la tristeza, en su Problema XXX. Se pregunta Marcela: ¿Qué convoca a un sujeto a describir su vivencia con los siguientes significantes? Tristeza abismal, oceánica ansiedad, miedo paralizante, negro manto de ignorancia, desarraigo interior que obsesiona. Freud estudia la melancolía en diversos momentos, no deja de dialogar con los griegos. Referencias a la melancolía en sus estudios se encuentran desde 1895 con el Manuscrito E y hasta 1933 con la Conferencia 31: la descomposición de la personalidad psíquica. Es decir, su interés por el tema cruza toda su obra. Freud, a diferencia de Lacan, escribe un texto consagrado a la melancolía, titulado justamente Duelo y melancolía.
Marcela nos menciona que el primer mecanismo psíquico de la melancolía que expone Freud se basa en la acumulación de tensión sexual psíquica debido a una gran añoranza por el amor en su forma psíquica.
El interés de Sigmund Freud por la melancolía lo lleva a pensarla como un “vaciamiento del yo”; se trata, dice en 1924, de una “neurosis narcisista”. Freud utiliza una metáfora para acercarnos a la melancolía: se refiere a ella como una herida abierta generadora de hemorragia libidinal interna, dejando un agujero en lo psíquico. Ya mucho antes, en las cartas a su amigo Fliess, mencionaba su interés por esa gran excitación psíquica propia del enfermo melancólico, que parece abrumarlo a tal punto que termina por cavar una especie de agujero en el psiquismo, por el que se derrama y se pierde sin cesar la energía sexual psíquica, en otras palabras, la libido. Coincidiendo con esta apreciación, es notable el estado de postración típico del enfermo melancólico y la inhibición generalizada que él indica. La expresión de “anestesia psíquica” parece ser acertada para calificar la apatía a la que parece resignado el aquejado de melancolía.
A diferencia del sujeto depresivo, el melancólico no intenta siquiera aliviar su sufrimiento, se ve sumido en el mutismo, como si estuviera marcado por una oscura fatalidad, o mejor aún, como si con nada pudiera cubrir la oscura fatalidad que condena a lo humano. Convencido de lo inevitable de su mal, ofrece un discurso que lo explica centrado en una lógica puramente formal, sin que se transparenten las representaciones o los afectos correspondientes. Este modo de razonamiento circular refuerza en el plano del discurso la imagen del agujero característica de la melancolía, como en remolino.
Marcela nos muestra en este opus freudiano la definición que se plantea el maestro vienés en 1915 en Duelo y melancolía precisamente: “La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja del sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y autodenigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo.”
Para retomar la afirmación freudiana, se ha acercado demasiado a esa verdad que enferma, que echa por tierra la falsa seguridad de la identidad al denunciar la naturaleza ilusoria del yo. El psicoanalista francés Jacques Lacan subraya la “identificación con la nada” de los melancólicos, que explicaría la forma frecuente de los suicidios melancólicos por defenestración.
El sujeto melancólico no se ha entregado jamás a la ilusión de la vida, por tanto, vive una realidad desvitalizada. Víctima de traiciones sucesivas, continúa viviendo bajo el golpe de una catástrofe, cuyos efectos de ruptura anticipa. Su vida y destino se juegan en una disyuntiva absoluta: el ideal o la muerte. Pero no podemos ver aquí un determinismo que haga ver a la melancolía sólo en su cara negativa, sino que justamente este retraimiento de la libido resulta ser el mayor motor para la creación; esta mirada lúcida, cruda, incluso ese desbordamiento de la imaginación, serán necesarias para la genialidad.
La disyuntiva para el melancólico siempre circula abierta, como si la herida de la vida nunca se cerrara, y, por tanto, se transforma en una invocación permanente de la muerte, un permanente asomarse al vacío. Quizá sea por ello que desde siempre se ha asociado el temperamento melancólico con la poesía, la filosofía y el arte.
Marcela Martinelli en el apartado que llama “Cadencia: Del vacío al agujero” nos hace una muy pertinente aclaración de términos entre vacío y agujero, y nos dice nuestra amiga: “la aportación que planteo es: en algunos sujetos (los podemos nombrar melancólicos) la vida se les impone como vaciada: de sentido, de placeres, de ganas, de deseo. Eso se muestra en los síntomas de tristeza, apatía, anhedonia, de una cierta parálisis ante el exterior expresada en un ensimismamiento de la persona”. Y desde este planteamiento va a sostener nuestra autora que si bien vacío y agujero están en estrecha relación, son diferentes. El vacío es espacio lleno de NADA. La vivencia de la angustia se expresa como un agujero. Lo audacia de Marcela es hacer un muy interesante recorrido por la física para pensar el concepto de vacío y los agujeros negros. Un recorrido que no haré aquí sino dejárselos para que le encajen el ojo al libro y se deleiten con los planteamientos de Marcela.
Sólo les dejo el antojo con palabras de Marcela: “A los melancólicos los atormenta la certeza de no poder morir y alcanzar el goce. Es una paradoja, se vive una agonía en vida. De ahí el título de este libro: Goce de vida/Goce de muerte. Un objetivo del psicoanálisis es pasar del vacío absoluto, al agujero y sus bordes.”
En fin, se trata de un libro completo, en el sentido de que desmonta en profundidad una afección tan lábil como es la melancolía. Hay teoría, hay viñetas clínicas, hay referencias literarias y cinematográficas. Un libro que sin duda disfrutarán.








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