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Las máscaras de la perversión

· febrero 18, 2017

 

Antonio Bello Quiroz.

 

La predisposición a la perversión no es algo

raro y especial, sino una parte de la

constitución llamada normal. Sigmund Freud

 

Uno de los abordajes más controversiales del psicoanálisis es el conocido como perversión. Mucha tinta ha corrido para poder deslindarlo de sus reacios ropajes morales e ideológicos. Para el psicoanálisis, la perversión es una estructura clínica, junto con la psicosis y la neurosis, pero la aprehensión de su lógica no es nada sencilla.

Sabemos que históricamente la noción de perversión ha sido vista y tratada de manera peyorativa, como desviación o aberración, siempre con relación a discursos normativos que promueven un ideal en las prácticas sexuales y de procreación. Todavía a principios del siglo XX toda conducta sexual placentera, que no tuviera como fin la reproducción, era fuertemente censurada. Lo que no implica que se encontrara harto difuminada en la sociedad, es decir, rechazada en el discurso pero practicada en la realidad.

La psiquiatría pronto le dio lugar a estas prácticas “aberrantes” clasificándolas cómo patologías mentales, generando con ello todo un léxico “científico”. Krafft-Ebing orienta la clasificación de las perversiones en cuatro categorías: 1) las anestesias o desaparición del instinto sexual; 2) la hiperestesia o acentuación anormal (ninfomanías o satiriasis); 3) la parestesia o manifestación perversa (no hay relación entre la satisfacción sexual con la finalidad de conservación de la especie); aquí podemos encontrar dos series: el grupo que abarca sadismo-fetichismo-masoquismo, y el grupo de la homosexualidad y sus variantes; 4) la paradoxia o manifestaciones intempestivas de la sexualidad.

Sigmund Freud, inventor del psicoanálisis, va a subvertir estas posiciones positivistas y normativas estableciendo desde 1905 sus Tres ensayos para una teoría sexual, donde sostiene por lo menos cuatro tesis o nociones básicas que no abandonará jamás: 1) la imposibilidad de relación directa, natural, entre el sujeto y el objeto de satisfacción; 2) el objeto es elegido de manera contingente, lo que derrumba la idea de complementariedad; 3) la existencia de la sexualidad en la infancia, lo que hace al niño un ser pleno, adelantándose casi 50 años, y 4) la condición de origen perversa de la sexualidad. Esta última cuestión ha servido para deleite de los detractores de Freud, a quien le acusan recurrentemente de “perverso polimorfo”.

Esta condición perversa inicial de la sexualidad es distinta a la estructura perversa o posición perversa, lo mismo que la neurosis y la psicosis. Se trata de distintas posiciones frente a la castración y reguladores de las relaciones con el Otro. En el origen la sexualidad es perversa en el sentido que toma otro sentido que la reproducción, las zonas erógenas se inauguran mucho antes de que el niño sea maduro genésicamente para la reproducción.

El psicoanalista francés Jacques Lacan va a reconocer plenamente los aportes de Freud, sin los cuales la visión de la sexualidad se queda en mera especulación ideológica o disección científica. Sin embargo, hace distinciones: por un lado señala que para el maestro vienés el paradigma de la perversión es el fetichismo, donde esencialmente se busca desmentir la castración de la madre, mientras que por su parte, y después de haber propuesto lo que reconoce como su único invento, el objeto a, para Lacan el sitio paradigmático de esta estructura es el masoquismo. Dos rasgos destaca Lacan con respecto a la estructura perversa: “la voluntad de poder” y la constante búsqueda de la división del partenaire o pareja. Es decir, de manera inexcusable colocará la angustia del lado del Otro.

Al fetichismo, desde 1905 Freud le atribuye ya un lugar en el estudio de las neurosis y las perversiones. El fetichismo opera en ambas estructuras, aunque es en la perversión donde adquiere condiciones singulares que le dan carácter de estructura clínica. De hecho, Freud plantea que la perversión es el negativo de la neurosis. Es decir, en el fantasma del neurótico opera un perverso.

En 1927, en su trabajo sobre El fetichismo Freud nos indica que se trata de un síntoma, y quizá un mensaje a ser traducido. Es decir, no siempre es un acto de perversión. El neurótico se identifica con su objeto amoroso por la vía del fetiche, sin que eso lo haga dependiente gozoso del objeto.

El fetiche opera como una máscara, sirve a la vez para afirmar y para denegar la castración. El perverso pone en suspensión, por la vía del acto, la relación triangular edípica. El triángulo edípico significa conflicto y en eso el sujeto vacila; el fetichismo es una salida ante ese conflicto, permite obturar la castración, no reconocerla.

Si de algo nos da cuenta el psicoanálisis es que la sexualidad, pensada en su radicalidad, se encuentra esencialmente modificada después de Freud. El sujeto humano, por el simple hecho de estar estructurado de manera inconsciente, en su condición sexuada, se encuentra desordenado de cualquier pretendido orden natural. Así, su sexualidad, después de Tres ensayos para una teoría sexual está articulada a la perversión, primero, y después (tras la represión) con el fantasma.

El fetiche bien puede ser una máscara en tanto que cubre la ausencia.

En el Seminario 5, Las formaciones del inconsciente, Lacan va a referirse a los callejones sin salida a los que conduce la fase fálica de Freud, que es justamente el momento regulador de la sexualidad. Así, de igual manera que la fobia (según nos ha dicho Lacan en el seminario IV) el fetiche es una defensa contra la angustia. El objeto fetiche protege al sujeto ante la angustia; la salida consiste en que se pasa de la angustia al miedo. El fetiche produce el ocultamiento de la castración, es decir, con la presencia del objeto fetiche se restituye el goce que debía quedar reprimido, tal como ocurre con las neurosis.

 

 

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